Huyen de Coalcomán entre el estallido de las balas, atrás dejan hogar, sueños y patrimonio

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Morelia, Michoacán

No había tiempo para nada. Como pudieron, agarraron un cambio de ropa, algún dinero que tenían ahorrado y medio cerraron sus casas. De sus sembradíos ni se acordaron y a los animales los soltaron para que no se murieran de hambre. Los grupos del crimen organizado ya los acechaban, no se tenía otra opción más que huir sin importar el rumbo, dejar a la deriva lo que hasta ese momento había sido su vida.

La guerra entre cárteles ha alcanzado a Coalcomán de Vázquez Pallares y no ofrece tregua a nadie. A treinta kilómetros a la redonda del pueblo, las comunidades comienzan a ser lugares fantasmas como consecuencia de las balas. En Maravatilla, Puerto de las Cruces, Ticuilucan, Los Olivos, Los Laureles, El Aguacate y Las Parotas, ya solamente sobrevive el silencio y la zozobra.

“Aquí en el pueblo estamos tratando de ser solidarios con ellos, a algunos les hemos dado despensas, otras personas buscan darles hospedaje, un trabajo de lo que se pueda. Coalcomán es un lugar muy solidario y se les ha recibido con mucho gusto”, relata el párroco del municipio, Jorge Luis Martínez, quien admite, con temor y al mismo tiempo valentía, que es la primera ocasión que interviene en problemáticas de seguridad.

De los casi 400 desplazados, un porcentaje solicitó asilo en los refugios de Estados Unidos, otros emigraron al estado de Colima y el resto intenta hallarse un espacio en algún punto de Michoacán, donde se respire aunque sea un poco de seguridad para sus familias.

Los pobladores relatan que los enfrentamientos entre los bandos criminales son cosa de diario. Cada grupo ha montado su barricada, fijaron una especie de frontera y dieron paso a fracturar la carretera que conecta a Coalcomán con Tepalcatepec. A fuerza armas, granadas y drones han dejado claro el mensaje:

“¡Aquí estamos!”.

La rivalidad por la plaza se expande y ha dejado daños colaterales, como es la interrupción de tres servicios de comunicación: los caminos que se encuentran destrozados, el internet que funciona por ratos y la línea telefónica que se satura hasta colapsar.

Las autoridades no responden. Si hay algún lugar “seguro”, es la cabecera de Coalcomán. Ahí sí existen rondines de los militares, la Policía Michoacán y Municipal; pero es insuficiente. A unos 15 kilómetros del pueblo, la disputa a balazos se agudiza y no hay nadie que intervenga porque los argumentos son siempre los mismos: se requieren órdenes de los superiores y se trata de delitos federales.

El párroco ha intentado tener comunicación con las autoridades a través de videoconferencias. “Espero que podamos iniciar otro proceso porque la situación está terrible”, expresa el sacerdote y admite que el panorama es de hartazgo, con un pueblo que percibe que los elementos de seguridad no están cumpliendo con su deber.

La muerte de una mujer a causa de una bala perdida es un ejemplo de lo anterior. El padre Jorge Luis Martínez y sus colegas no pudieron siquiera asistir a ofrecer la misa de despedida, mientras que a los familiares les prohibieron velar el cuerpo. No hubo rezos ni lágrimas. En medio del dolor, tuvo que ser enterrada casi de forma inmediata.

“Nos han robado la paz. Hasta hace poco, el pueblo vivía en relativa tranquilidad, la prosperidad se veía reflejada en todas partes. El trabajo fluía y todos podíamos transitar con libertad”, se lee en una carta enviada por el párroco.

Ayer fue Aguililla, hoy Coalcomán y no se sabe a qué otro municipio le alcanzará la ola de violencia. Ante la desesperación, el padre Jorge Luis Martínez cierra el mensaje con un grito:

“¡AUXILIO!”.

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