Mujeres, hijos y trabajo: un problema machista

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EL OJO AVIZOR

Sólo en una sociedad tan profundamente machista como la nuestra el patriarcado vive convencido de que el mayor valor de una mujer es su “virtud” de poder ser madre, y ni sospechan el flaco favor que les hacen cuando se lo celebran con tanta pompa y honores, a cambio de cargarlas con todas las responsabilidades que en realidad son de pareja, familiares y sociales.

Y esta es una historia de todos los días para las mujeres mexicanas, para las madres y esposas que trabajan tanto como sus parejas para sostener el hogar, pero que tienen que cargar por completo con el cuidado y atención a las necesidades físicas, mentales y emocionales de los pequeños seres que ambos decidieron traer al mundo, pero aún más para las madres solteras, que tienen que hacer suyas todas estas responsabilidades además de la manutención por completo de sus vidas y de la propia, en medio de un sistema social excluyente y especialmente diseñado para omitir su realidad, aunque sea la de más de 3 millones y medio de mexicanas.

Para los que conocemos personalmente los retos que esto implica para estas familias “no tradicionales”, es claro que estas mujeres tienen toda la cuesta arriba para salir adelante y asegurar el bienestar de sí mismas y de los suyos. En mi caso, si bien no es en carne propia, es como si lo fuera, al haber sido hijo de una madre soltera que por una desgracia familiar tuvo que pasar de ama de casa a profesional de un día para otro, desde abajo, y hoy en día los últimos siete gobernadores de Michoacán pueden hablar personalmente de su responsabilidad y capacidades, y de si alguna vez su condición de madre fue “pretexto” para menoscabar la excelencia de su trabajo.

Pero lo cierto es que en su vida laboral todas las madres solteras en México tienen que enfrentarse a una avalancha de prejuicios, dinámicas e incluso instituciones sociales que se convierten en un reto adicional a su forma de vida, vida que, por cierto, la sociedad patriarcal asume como “consecuencia de sus propios actos” y no de los de aquel cobarde sujeto que, en la gran mayoría de estos casos, se largó a consentir sus propias comodidades, separando sus intereses de lo que debía ser su familia, y abandonó sus más importantes responsabilidades desde cualquier punto de vista ético o moral.

Para sólo dar un vistazo a este serio conflicto, a esta enfermedad social que se extiende por gran parte de las empresas, gobiernos y organizaciones en general en nuestro país, podemos diferenciar su presencia en las tres dimensiones de la interacción social:

El problema personal

En igualdad de capacidades y atributos, para la contratación o el ascenso siempre se elige al hombre. Y a la mujer suele hacérsele la “concesión” mientras que sea soltera. Y una vez dentro del empleo, las evaluaciones de desempeño suelen tener un apestoso tufo de inferioridad y condescendencia sobre ellas, ya que buena parte de los jefes, o jefas, sienten que les hicieron un “favor” al contratarlas o al “permitirles” llevar los hijos pequeños al trabajo, fuera de los horarios escolares, u hoy en día a cualquier hora, con la suspensión escolar oficial de clases presenciales en todo el país desde hace ya casi un año por la pandemia.

De la permanente presencia del acoso y violencia sexual de todo tipo no hablaremos aquí, porque si bien es igual de omnipresente y de mayor gravedad, no es el tema que nos ocupa, pero lo cierto es que la violencia de género toma formas mucho más “sutiles” (al menos al ojo y al oído acostumbrados a las dinámicas patriarcales) pero no por ello menos limitantes e injustas.

Aquí hablamos de la perniciosa idea generalmente aceptada de que el hecho de que las mujeres asuman todos los roles tradicionalmente maternales en sus familias (los cuales también tendrían que estar repartidos) es un impedimento para cumplir en su trabajo con la misma (o más) excelencia y responsabilidad de como lo haría cualquier hombre, al grado que se hace natural el que hay que “comprenderlas” y “hacerles concesiones” ante su discapacidad materna. Así, se convierten en el eslabón más débil de cualquier equipo y, por tanto, el primero en ser cortado; suelen ser el chivo expiatorio y las culpables de cualquier error procedimental, sin importar quién tenga la responsabilidad sobre las funciones o las cargas de trabajo, y, especialmente, son vistas con muy mala cara a la hora de tener que enfrentarse a los problemas familiares naturales a todas las personas y a todas las familias, por el simple hecho de que en nuestra sociedad lo “natural” es que los padres (varones, los “papás”) sean completamente ausentes e irresponsables de la vida familiar.

El problema organizacional

A lo largo de mi experiencia laboral he conocido empresarios, dueños, directores y jefes que abiertamente hablan de su rechazo a tener mujeres madres, y especialmente madres solteras, al frente de posiciones de responsabilidad, ya que conciben que “es natural” que la prioridad principal para cada una de ellas sea atender a los hijos, por lo que ante cualquier contingencia suponen que ellas pondrán a los pequeños (o ya más grandecitos) por encima de sus obligaciones de trabajo.

Y suponen bien, pero en lo que se equivocan diametralmente es en que esto sea una conducta privativa de las mujeres. Este asunto se llama conservación de la especie, un mecanismo instintivo de supervivencia colectiva que la naturaleza ha insertado en los genes humanos. Pero no de “las mujeres”, sino de todos los seres humanos. El hecho de que los varones mexicanos estén expuestos desde sus primeros años de consciencia a un sistema simbólico que va reprimiendo tanto su paternidad como su femineidad es otra cosa, pero no es nada nuevo para los que ya tenemos algunos años en esta vida la existencia de una gran epidemia de padres arrepentidos por sus ausencias, especialmente a los 50 años o más, con hijos ya mayores de edad, donde el daño es irreparable, a pesar de siempre haber sido el “sostén” de la familia, aunque solamente al nivel más material.

En realidad, todas las organizaciones humanas deben de ser funcionales a las necesidades e intereses de las personas que las conforman, y no sólo de los socios capitalistas que esperan una ganancia. Esto es algo en que los países humanamente desarrollados (ojo: no “ricos”, sino desarrollados, por lo que debemos sacar a Estados Unidos y otros que viven bajo su modelo capitalista neoliberal inmediatamente de esta lista) entendieron hace décadas, y por eso los entornos laborales cuentan con guarderías, permisos de maternidad y paternidad, días al mes libres para ausentarse para asistir a eventos escolares de los hijos, asistencia médica familiar de todo tipo y una larga lista de prestaciones que se brindan no a las madres, sino a todas y todos los trabajadores y sus familias, sin importar su tipo.

Y es que esta no es una cuestión “del gobierno”: son las propias empresas las que necesitan recursos humanos comprometidos y libres de compatibilizar su vida laboral con el resto de sus necesidades y responsabilidades, lo que incrementa la productividad, disminuye la rotación del empleo y, especialmente, aumenta la creatividad y compromiso de cada trabajador, lo que es un factor esencial en la competencia global para diferenciar los productos y servicios y obtener el valor agregado que apuntale el crecimiento.

El problema social

Existe una dinámica sistémica en la que parece imposible superar la idea de que “la mujer nació para estar en la casa”, pues ciertamente alguien tiene que asumir los vitales roles que permiten sobrevivir a la familia.

Las madres ya tienen un lugar en las oficinas, en las fábricas, en las dependencias de gobierno, pero no solamente a nivel institucional estos lugares están fuertemente condicionados con reglas y procedimientos incompatibles con sus vidas, sino que es el propio sistema simbólico normativo conductual estructural, es decir la manera en que todos entendemos e interpretamos la realidad, es el que reproduce y justifica estas prácticas y dinámicas con total naturalidad.

Una vez más, hay que entender que al llegar a este punto esto no es sólo una limitante sistemática y castrante para las madres, sino para todas las mujeres y los hombres, ya que un papá soltero, por poner un caso ejemplar, tiene que enfrentarse a monumentales dificultades para estar cerca de sus hijos y cumplir con las necesidades más básicas implícitas en los roles maternos que asumió, ya que todos los espacios, reglamentos y dinámicas laborales están específicamente diseñados para no permitirle hacerlo, asumiendo que “no es lo que le toca”, y el día en que pida un permiso para ir a la escuela de su pequeño, o pequeña, a ver el número musical que le preparó por el Día del Padre no solamente saldrá de la oficina del jefe con un rotundo “no” y una seria reprimenda, sino que será mal visto por la mayoría de sus compañeros y su progreso laboral se verá dañado de por vida en esa organización.

Y si al ejemplo citado le cambiamos el hecho de que el amoroso padre sí tenga una esposa, entonces sumado a todo lo anterior se convertirá en la burla de todos sus compañeros y compañeras, pues de “mandilón” o “pisado” no lo bajarán.

Como todo ejemplo, el anterior es subjetivo y criticable, pero el reto es para ti, estimado lector, para reconocer y distinguir todos los casos en los que es nuestra sociedad la que genera una sistemática castración de la familia: de padres, madres hijas e hijos, todo por una enfermiza fijación sobre los roles de género que es completamente disfuncional a las personas y a la vida social de hoy.

#LasCosasComoSon

Los niños y jóvenes no son hijos de las mujeres, son hijos de todos. Y punto. La sociedad humana no puede tener otro fin más importante que hacerlos más felices y mejores que sus antecesores, y ya no en un sentido filosófico, sino eminentemente biológico y natural.

Mientras la sociedad mexicana siga reproduciendo modelos que destruyen a la familia desde adentro, que excluyen y discriminan sistemáticamente a las mujeres del trabajo, y a los hombres del hogar, estaremos heredando una violencia esencial entre nosotros, que nos seguirá contaminando desde el ámbito más individual, hasta el más colectivo e incluso social, deconstruyendo la paz.


El autor es politólogo; maestro y candidato a doctor en Políticas Públicas, y consejero estatal de Construcción de la Paz y Reconciliación.

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