Priistas de aquí y de allá apuntaron en su calendario el domingo 6 de mayo: sería el de la resurrección de José Antonio Meade. Y con su candidato presidencial reviviría el priismo todo. Así lo decían, sólo ellos saben si en verdad lo creyeron.
Pero no hay varita mágica, ni decreto ni mantra que por lo visto les valga en el tricolor. La campaña de Meade no prendió, ni prende… ni prenderá. Tampoco hay milagros.
El ex secretario de Hacienda no fue el candidato que necesitaban, tampoco el deseado, aceptan ahora, a 10 días del ‘domingo que no fue de resurrección” y sí, en cambio, de la efímera euforia, patología del síndrome de la negación.
¿Esperan algo del debate del próximo domingo 20? Sólo que termine para recibir la señal que esperan en todos los estados: ir a trabajar con las bases para evitar que la caída de Meade arrastre las candidaturas locales y campañas al Senado y Cámara de Diputados.
Saben los priistas que ahí está su futuro, por lo que no quieren caerse del piso base del 20 por ciento de la votación nacional, hacia donde los está llevando la fallida campaña de Meade; irán al rescate, pues, de su voto duro y a jalar el mayor porcentaje de sufragios anti López Obrador, que no dejan ser muchos en el país.
Hacía ya va ahora dirigido el optimismo priísta: mantenerse como la segunda fuerza política en el Congreso de la Unión, con un buen margen de presión y de negociación con el futuro presidente de la República.
Confían en que no será difícil el deslinde de lo local respecto de campaña de Meade: su no militancia ayudará, hasta para la cicatrización de la herida.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







