Morelia, Michoacán.-—Mira, él —señala una chica, con una nieve de fresa en la mano, a uno de los tantos que caminan por la alfombra roja.
—Sí, él —responde su acompañante, asintiendo. —¿Cómo es que se llama?
—No tengo idea.
Son poco menos de las 19:00 horas, y al Cinépolis de Plaza Morelia y ya comenzaron a llegar los primeros nombres. De un lado, algunos curiosos que desde el restorán Wings se encontraron de bruces con el evento salen ahora a observar. Del otro, varios periodistas intentan descifrar para qué sirven realmente los colores de las acreditaciones.
—Ahí viene otro.
—Lo veo. ¿Cómo es que se llama?
Un arco de vallas vigilado por policías cierra de lado a lado el ingreso.
—¿Dónde está la entrada al evento, joven? –pregunta una señora rubia platino enjoyada hasta el cuello.
—Siento decirle que no sé, señora —dice el policía—. ¿Qué dice su pase?
—No sé —responde la señora enjoyada, molesta por alguna causa que solamente ella es capaz de comprender—. Por qué iba yo a mirar mi pase.
Una camioneta se posa casi al frente y se abre una puerta desde donde desciende Lázaro Cárdenas Batel. Los morelianos permanece fríos.
—¿A qué hora llegan los artistas?
La temperatura exterior ya descendió y las delgadas telas naturales cubren poco los cuerpos. Dos chicas de tacones altos, escote elegante y espalda descubierta tienen un poco de frío. Sus cuerpos reclaman, ellas no: un detalle tan nimio como la baja temperatura no debe intervenir en esta, la noche más esperada por muchos.
Desde el estacionamiento se puede ver: abundan los peinados caros, las ropas de diseñador o las que lo parecen, las caras de circunstancias, como si lo que aconteciera en esos pocos metros cuadrados que fuera de suma importancia. Otros como Carlos Cuarón y Damián Alcázar, mexicanos de nacimiento y ciudadanos del mundo por adopción, con mucho más recorrido, se lo toman con más calma.
—Siempre es importante regresar al origen —dice Alcázar—. Y más si se valora todo el esfuerzo que se ha hecho para llegar aquí.
Memo Aponte, el joven doblador que ha prestado su voz para más de doscientas películas, es uno de los más elegantes de la noche. Se ve eufórico.
—Qué guapo es —dice una chica entre el público—. Lástima que no sea conocido…
Por la alfombra camina Fidel Calderón Torreblanca. La masa, hasta hace poco eufórica, se vuelve indiferente.
—Nunca faltan —dice una señora al parecer bien enterada de la política actual—. Pero cuando hay que legislar, ahí sí que no se aparecen…
Por la alfombra desfilan varios actores de doblaje y técnicos que casi nadie conoce. Al no tener la presión de las cámaras y los autógrafos, son quienes más se divierten. De seguro los más famosos los envidiarán.
—¿Quiénes son esos y por qué están aquí? —dice la misma señora de las ideas políticas.
El Buki es, como de costumbre, el más aplaudido. Se trata de un paisano. Se ve relajado y contento. Junto a él desfilan otras cuarto personas. Uno de ellos, por el parecido, parece su hermano. O su doble.
—¡Hermoso! —grita una señora justo en un momento de silencio. Todos se ríen. El Buky también.
Gael García, con su paso menudo, llega para saludar. Debe ser, junto con Solís, de los más aplaudidos de la noche.
—Coco —dice, en referencia a la última película de la factoría Pixar-Disney— muestra que los humanos somos todos de la misma raza.
La concurrencia lo aplaude a rabiar.
El arzobispo Carlos Garfias llega con un coqueto camisón de manga corta debajo del crucifijo. Casi junto a él, Alejandro Ramírez luce impecable como siempre.
—Este Festival va a dar mucho que hablar— asegura.
El gobernador Silvano Aureoles pisa la alfombra. Las carreras de los reporteros se multiplican. El gobernador, consciente, se detiene para las fotografías. Lanza bromas, saluda de abrazos. Está comodo.
—¡Felicidades a todos los que hacen posible este festival por apoyar el talento mexicano y por poner en alto a Morelia! —dirá, en su cuenta de twitter, minutos más tarde el gobernador. Pero eso será más tarde, porque ahora el está sobre la alfombra y posa para los reporteros gráficos y todo el mundo se pelea para obtener el mejor ángulo.
Alfonso Martínez y su esposa lucen radiantes. Morelia ya no es lo que era, dice. Morelia ha vuelto a ser un lugar de paz y de armonía. A varios metros, este y muchos otros reporteros tratan de acercarse para escucharlo. Tarea inútil.
A la hora de las entrevistas los más solícitos son Gael, El Buky, Cuarón. Desde el estacionamiento, desde donde el publico se agolpa para verlos, apenas se ven. Pero se nota que atienden a la prensa, y eso siempre cae bien. La señora de ideas políticas lanza una última sentencia.
—Si todos los que entraron obraran tan bonitos como se ven, este país sería otra cosa.
Son casi las 20:30 en Morelia. Los reporteros comienzan a invadir las áreas laterales, detrás de la alfombra, para ver hasta dónde pueden entrar. El ingreso es limitado: la tarjeta verde solo autoriza el paso hasta ahí. Algunos reclaman. Los morelianos de a pie, que ya quedaron a varios metros, aun no se van: quieren ser parte de la magia aunque sea un poco más. En el interior, en la sala 7, se oyen aplausos: la ceremonia está por empezar. Pero ese ya es terreno de unos pocos elegidos. Periodistas y público, lentamente, comienzan a retirarse. Por hoy habrá que ir a buscar la magia en otra parte.





















