Un hilito de sangre llamado Eusebio
Por Alejandro Báez
Cuando entró al salón de clases me sorprendió lo bajito de su estatura y su sonrisa enmarcada en una barba café. Éramos una docena o quizá una quincena de estudiantes de Comunicación que cursábamos la materia de Literatura y Comunicación (o algo así) con Guillermo Arriaga Jordán, quien por esos años estaba empezando a escribir el guion de Amores Perros, y nos había pedido que leyéramos la novela Un hilito de sangre ya que el autor vendría a platicar con nosotros sobre su ópera prima, primer lugar del Concurso Literario Agustín Yáñez en 1991.
Y allí estábamos, en un salón de clases de la Universidad Iberoamericana, en marzo de 1992, viendo entrar a Eusebio Ruvalcaba Castillo, con quien coincidí solo en tres o cuatro ocasiones, pero desde ese primer momento nos unió una amistad que se traducía en cartas, correos electrónicos, mensajes de Facebook de vez en vez, para saludarnos o simplemente para departir, a la distancia, un vaso de ron.
De todos los alumnos de la clase de Arriaga Jordán, solo dos leímos el libro de Eusebio Ruvalcaba: David Grinberg y yo. Así que durante dos horas, la sesión que era para todos, se convirtió en un conversatorio personal entre los tres.
La plática fue extraordinaria, amena, divertida. “Jóvenes —nos dijo—: fajen, no estudien”. Pero también crítica. En algún momento, durante la conversación sobre lo que implicó leer, para nosotros, y escribir, para él, Un hilito de sangre, recuerdo que le reclamé sobre el nombre del personaje central:
—Que durante los primeros capítulos, el personaje sea simplemente L era genial —le dije—. L no es nadie y por lo tanto somos todos. Yo era L; pero en el capítulo 13 se revela que L es León y eso no me gustó. Me marcó distancia con el personaje.
Eusebio se quedó callado un momento, alisándose la barba.
—Creo que tienes razón. Era un homenaje al protagónico de la película León, interpretado por Jean Reno pero creo que es verdad que pierde su magia el personaje.
Al terminar la sesión, le pedí que me autografiara la novela. Aún conservo con enorme cariño su rúbrica estampada en la primera página de Un hilito de sangre: “Para Alfredo, porque hay en él un lector agudo y hombre cabal”.
Allí no solo se firmó un libro: se selló una amistad.
Unos dos o tres años después, lo volví a ver. Para entonces, no me perdía cada semana su columna Érika, que salía en El Financiero; además de haber degustado otros libros de él, como Música de cortesanos, ¿Nunca te amarraron las manos de chiquito? y Jueves santo. Nuestro encuentro fue en la presentación de algún libro inocuo en la Casa de la Cultura Reyes Heroles. Nos saludamos afectuosos y al cabo de unos minutos de iniciada la presentación, me dijo:
—Esto está de güeva, ¿no crees? Vámonos mejor por un trago.
Y me fui con él, más tres o cuatro tertulianos, a la Guadalupana, la cantina más emblemática de Coyoacán y como para qué contar: vasos, rones y risas; abrazos de amistad eterna aquella noche se departieron con la misma velocidad con la que bebíamos.
Eusebio acaparaba la conversación y nos tenía doblados de la risa a todos. De vez en cuando una pregunta a alguno y era el pretexto para desternillarse por las anécdotas que hilvanaba al aire.
Le conté que estaba escribiendo una investigación sobre Jorge Ibargüengoitia para poder titularme de la licenciatura. “¿Sabes cuáles fueron las últimas palabras de Jorge —me preguntó— antes de morir?” Obviamente lo negué, no solo porque no las sabía y no sabía si había referencia de ella, pero se antojaba a otra historia.
—Cuando se dio cuenta de que el avión se iba a estrellar en el aeropuerto de Barajas, todos estaban histéricos. Ibargüengoitia, como buen guanajuatense, fue hasta el lugar de Martha Traba, para reconfortarla. “Martha, nos va a llevar la chingada pero podemos morir juntos y felices —decía Eusebio que dijo Jorge Ibargüengoitia—: ¿te puedo agarrar las chichis antes de estrellarnos?”
La carcajada llenó el local como la música la obra narrativa, poética y ensayística de Eusebio Ruvalcaba. Un hombre que vivió como escribió: con intensidad, con pasión y con honestidad. Simple, pues escapaba de los reflectores, pero tenía un séquito enorme de seguidores de todas las edades, especialmente adolescentes, quienes veían en él a un cómplice que les guiñaba el ojo ante la travesura y la aventura.
Años más tarde, a mediados de la primera década de este siglo, mientras vivía en Bahías de Huatulco, lo contacté para que fuera a dar una plática al grupo de señoras nice con quienes tenía un taller de lectura. El acuerdo era simple: le mandábamos boletos de avión, hospedaje, viáticos y dos días en la playa con tal de que nos hablara de su proceso creativo
No pudo acompañarnos aduciendo compromisos de trabajo y de libros, pero nos mandó una carta de tres párrafos titulada ALGUNAS PALABRAS SOBRE UN HILITO DE SANGRE en donde sintetizó el todo lo que tenía que decirnos:
¿Cómo surgió esta novela? ¿Cómo surge toda novela verdadera? Creo que por una razón inevitable: la necesidad de contar.
En efecto, atrás de cada historia hay un motivo poderoso y el cual no es posible soslayar. Desde fuera, cualquiera pensaría que, más importante que la historia, es la pasión del escritor; pues no, porque cantidad de veces el escritor se sienta a escribir impedido por causas extraliterarias: que su novela devenga en película, que obtenga tal o cual premio, que venda 100 mil ejemplares. Todas esas razones son anodinas, y no constituyen más que estorbos si de escribir se trata (aunque, insisto, el resultado puede ser sorprendente; acaso aquella novela termine siendo una obra maestra, pero ese no es el punto ahora).
Así las cosas, escribí Un hilito de sangre porque yo quería mantener en una suerte de suspenso narrativo a mis hijos, Alonso y Flor. Adolescentes en aquel momento, su madre y yo nos estábamos divorciando; yo desayunaba con ellos los domingo, y me propuse contares una historia que los mantuviese entretenidos y nada más. No había otra intención. Jamás había escrito una novela, y, puesto ante el papel, me di cuenta que aquel chavito de 13 años podía hacerlos reír. Acometí entonces su escritura. La historia fue saliendo y brincando y remontando el vuelo por sí misma. Brotó de mis manos como sale la cabeza de una gaviota cuando la hunde en el mar para buscar alimento: empapada de vida, al punto de que todos seguimos su vuelo sin quitarle los ojos de encima. Porque la vida nos atrae.
Eusebio Ruvalcaba
Jamás regresé a la ciudad de México. Nunca más lo vi. El intercambio epistolar disminuyó al grado de casi desaparecer. Quizá en los cumpleaños unas líneas. Ahora me entero que Eusebio Ruvalcaba Castillo, mi amigo, mi lectura obligada, uno de mis referentes literarios, el escritor, el profesor, el bebedor de ron, el contador de cuentos y el narrador de vidas, falleció a los 66 años de edad.
Estoy, como muchos, triste. Como dice mi amigo Antonio Monter Rodríguez, y que sirva de epitafio:
Y sí, estoy llorando Eusebio, te moriste Ruvalcaba, adiós gurú. De mil vasos fuiste, gracias por enfrentarme a la página en blanco para tramitar con mis tripas y el ron, este maltrecho escritor que soy.
Estos son tan solo mis recuerdos.







