Foto: UANL

Hace algunos años, enfermé terriblemente derivado de una larga defensa ante el ataque artero de un generador de violencia que intentaba hacerse pasar por un “pseudo intelectual orgánico” que suponía prevenir la violencia feminicida. Enfrentarlo por casi dos años tuvo consecuencias en las que mi cuerpo no resistió más y perdí la vista del ojo derecho por desprendimiento de retina, lo cual fue brutal para mí, pero este hecho congregó la más sincera y honesta agrupación de queridas amigas que me cuidaron y me protegieron. Y no, esto último no es sólo una frase de esas que parecen consignas que se gritan muchas veces sin entender si quiera el significado que tiene para muchas mujeres que han sido violentadas con la fuerza del Estado.

Todo esto me recordó inmediatamente a lo que la escritora feminista afroamericana, Audre Lorde, decía: “Cuidarme a mí misma no es autoindulgencia, es autopreservación, y eso es un acto de guerra política”. El feminismo, además de salvar vidas, defiende la escucha al cuerpo y el limitar su explotación, no forzarlo hasta que “ya no aguante”. Tarde muy tarde, pero lo entendí, porque cuando una enfrenta la misoginia y la más brutal expresión del patriarcado que, como sistema opera para deslegitimar y denostar a las mujeres, que en este caso representan al Estado-Nación, resulta verdaderamente brutal.

Por ello, las palabras de la Presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, me llenaron de emoción y agradecimiento. Aunque confieso tener serias discrepancias y diferencias en la política pública que ha caracterizado su gobierno hacia las mujeres, esto no deja de ser inspirador al haber dicho en su segundo informe de gobierno que: “Haber convertido el amor en política pública, y la política pública en derechos que le pertenecen al pueblo de México”. Y es que pocas veces hablamos de las emociones que caracterizan a la política. Hoy en día vivimos expectantes de que el odio y el repudio segregacional-clasista no siga avanzando como ha pasado en nuestro continente, por decir lo menos.

Comprender este planteamiento más allá de la retórica política me recordó a la filósofa Martha Nussbaum quien sostiene que los derechos y las leyes abstractas son frágiles si no están respaldados por “emociones políticas”, como la compasión y el amor cívico. Es decir, sin empatía colectiva, la ciudadanía no apoya voluntariamente la redistribución de riqueza. Mientras que también para la filósofa Bell Hooks:

“El amor es abordado como una práctica política activa que se opone al dominio, el racismo y la marginación”. Mientras que los derechos con enfoque interseccional “exigen que las políticas públicas no sólo garanticen libertades negativas (evitar el daño), sino acciones afirmativas que reparen históricamente a grupos vulnerados mediante un compromiso ético de dignidad compartida”.

Es decir, posicionar el amor como acto profundo dentro del marco de lo político, es que se oponga a la reproducción de formas de opresión, discriminación y violencia. Y nada tiene que ver con la asociación reduccionista, simplista y tergiversada de la “gran madre” o de aquella asociada a un ejercicio de maternidad expandida, no, no es así. El amor es una propuesta política que reivindica el amor político que actúa como barrera contra el “asco proyectivo”, un mecanismo emocional manipulado históricamente para deshumanizar a minorías y justificar la privación de sus derechos.

El amor radical como práctica de liberación, para Bell Hooks, se trata de que “el amor no es un sentimiento pasivo o romántico, sino la elección consciente de nutrir la libertad y el crecimiento propio y ajeno mediante la acción”.

Luego entonces, despatriarcalizar el amor, desujetar el amor de la idea corporal y sexual implica emancipar el gozo y el afecto de la regulación estatal, patriarcal y mercantil para convertirlos en una potencia política contrahegemónica. Esta articulación desplaza la sexualidad del ámbito estrictamente privado o reproductivo y la sitúa como un espacio de soberanía, autoconocimiento y resistencia colectiva.

Por lo tanto, siempre estaré agradecida con todas esas amigas que me cuidaron y protegieron, porque su acto no solo fue muestra de generosidad sino de la comprensión de que el amor es una defensa política, que en ese momento era reconocer el feminicidio social, cultural y jurídicamente, como así lo había propuesto anteriormente Gaby Molina, cuando fue diputada por allá del 2009. Una posición política no sólo congruente, sino ética, honesta y valiente, como muy pocas mujeres, en comparación con quienes buscan actualmente el favor de su apoyo para ocupar la coordinación por la defensa de la soberanía y la cuarta transformación de Morena en Michoacán.


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