Foto: ACG

La definición de injerencia es clara: intervenir, influir o alterar la voluntad, las decisiones o el comportamiento de una persona, institución o nación, en política, la injerencia no siempre llega con tanques o espías, a veces llega con dinero, miedo, amenazas, propaganda o manipulación emocional, y México está discutiendo solamente una parte del problema.

El oficialismo decidió empujar una reforma para castigar la llamada “injerencia extranjera” en los procesos electorales, el argumento parece lógico: ningún gobierno extranjero debería intervenir en las decisiones internas del país, hasta ahí, nadie podría estar en desacuerdo, el problema comienza cuando la discusión parece construida únicamente alrededor de ciertos casos específicos.

El contexto no es casual, coincide con las presiones de Estados Unidos, las investigaciones, las designaciones y los señalamientos sobre funcionarios de Sinaloa, además del ruido político que empieza a crecer alrededor de Chihuahua y la gobernadora Maru Campos, en medio de versiones sobre investigaciones y presuntas operaciones de inteligencia relacionadas con agencias estadounidenses como la CIA, el mensaje político es evidente: construir un discurso de defensa soberana frente a cualquier señal de intervención externa, pero ahí aparece la gran contradicción nacional.

Porque si realmente queremos defender la voluntad popular, entonces la discusión no puede limitarse a la intervención extranjera, hay por lo menos otras dos injerencias mucho más profundas, más visibles y más destructivas para la democracia mexicana, y sobre esas el poder guarda una prudente comodidad.

La primera, es la injerencia del crimen organizado.

En muchas regiones del país ya no se vota en libertad plena, se vota bajo presión territorial, hay municipios donde los candidatos no pueden entrar sin permiso criminal, campañas financiadas por grupos ilícitos, operadores electorales intimidados y ciudadanos que saben perfectamente por quién “conviene” votar para no tener problemas, esa es quizá la forma más brutal de intervención política porque no necesita discursos ideológicos: utiliza el miedo.

Y lo más delicado es que el fenómeno dejó de ser excepcional, lo hemos visto en distintos procesos electorales, en distintos estados y bajo distintos partidos, la violencia política en México ya no es un accidente, es parte del ecosistema electoral, sin embargo, no existe la misma urgencia legislativa para combatir esa injerencia con la misma fuerza con la que hoy se habla de soberanía frente al extranjero.

Porque enfrentar realmente la infiltración criminal implicaría aceptar que el Estado mexicano perdió control territorial en amplias zonas del país, y esa admisión tiene un costo político enorme.

La segunda, es todavía más incómoda porque viene desde el propio poder: la injerencia del oficialismo mediante los programas sociales.

Los apoyos sociales son necesarios en un país con enormes desigualdades, el problema no es el programa, el problema es el uso político del miedo, millones de mexicanos han escuchado directa o indirectamente el mismo mensaje: “si gana otro partido, te quitarán el apoyo”.

Eso no es política social, eso es condicionamiento emocional del voto, cuando una persona depende de un programa para sobrevivir y se le hace creer que su estabilidad económica está atada a un partido, la libertad democrática se distorsiona, el voto deja de ser completamente libre, porque entra el temor de perder el sustento.

Y ahí está la enorme hipocresía nacional: se condena la intervención extranjera mientras se normaliza la presión criminal y se tolera la manipulación política de la pobreza.

La democracia no se contamina únicamente cuando interviene otro país, también se corrompe cuando interviene el miedo, cuando interviene el crimen y cuando interviene el poder usando la necesidad de la gente como mecanismo electoral.

Porque al final, todas tienen el mismo objetivo: mover la voluntad de alguien a través de algo, y esa, precisamente, es la definición más peligrosa de una injerencia.

“… La salida de Andrés Manuel López Beltrán no parece una retirada, parece el momento en que la presidenta comienza a tomar el control real de Morena…”

Es tiempo de los ciudadanos… ¡¡¡¡que no aceptamos ningún tipo de injerencia!!!!

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