Lázaro Cárdenas, Michoacán/Asaid Castro
El humo de leña se escapa entre las rendijas del tejado, mientras Candelaria Rivera, prepara tortillas a mano sobre un comal amplio. Afuera, el mar golpea las piedras de la costa de Lázaro Cárdenas, y el calor se queda suspendido entre la arena y la enramada de Playa del Amor. Dentro de la cocina, el olor a pescado pargo zarandeado y carbón encendido se mezcla con la humedad que llega desde el Pacífico.
Candelaria tiene ojos claros, azules turquesa, viste una playera gris y una falda de flores moradas, y una voz tranquila que apenas se levanta entre el ruido de la maquina de tortillas. Se mueve a prisa bajo la sombra del tejado mientras acomoda tortillas, y revisa el horno de piedra donde la comida se prepara todavía con leña. Al rededor de ella descansan franelas, un manojo amplio de plátanos y un pescado a punto de estar.
Tiene cerca de tres años trabajando en la Enramada Playa del Amor. Dice que antes ya sabía cocinar, pero que terminó de perfeccionarlo cuando llegó al restaurante y le ayudaron a pulir distintos platillos costeños, aunque todo lo aprendió de su madre.
Desde entonces repite la misma rutina frente al mar: camarones al ajo, a la diabla, a la mantequilla, pescado zarandeado y tortillas hechas a mano mientras los visitantes esperan bajo las palapas.

La cocina que aprendió de su mamá
“Mi mamá me enseñó”, dice mientras le echa leña a la lumbre. Su madre tiene 70 años y pasó gran parte de su vida cocinando en casa. Candelaria creció entre ollas calientes, comida sencilla y recetas aprendidas más por costumbre que por instrucciones. Ahora esa enseñanza sigue viva frente a la playa.
El fuego nunca se apaga del todo en la cocina. Hay carbón encendido desde temprano y el horno de piedra mantiene el calor durante horas. La cocinera se mueve de un lado a otro limpiándose las manos mientras llena un tascal. Dice que preparar comida del mar no es tan difícil cuando se tiene buen producto y práctica.
Tiene tres hijas de 28, 26 y 23 años. Cuando hay demasiada gente en la playa, ellas también llegan a ayudarle. Cocinan, sirven platos y atienden mesas bajo el mismo tejado de palma donde Candelaria pasa gran parte del día. Entre todas sostienen el movimiento de la enramada mientras afuera siguen llegando visitantes cubiertos de arena y sal.

Comer frente al Pacífico
La Playa del Amor ha comenzado a recibir más visitantes desde que el acceso por tierra se volvió más sencillo. Antes muchas personas llegaban únicamente en lancha; ahora el trayecto también puede hacerse por carretera. Aun así, el lugar conserva ese ambiente aislado donde solo hay una enramada y un sitio para acampar por 120 pesos.
Dice Candelaria que la cocina costeña se mantiene sencilla: ajo, limón, chile, mantequilla y producto recién salido del agua. Ademas del sin fin de frutas que utilizan. Dice que no hay demasiados secretos, solo tiempo para preparar la comida y fuego.
Candelaria continúa cocinando mientras el sol cae sobre la arena. El humo sube lentamente hasta perderse entre las maderas del tejado. Afuera el mar sigue golpeando la costa; adentro, la cocinera sostiene el ritmo de la cocina con las manos marcadas por el calor, la leña y la sal del Pacífico.













