Fotos: Juan Antonio Magallán

Morelia, Michoacán

En el tranquilo rincón de Zurumútaro, una tenencia de Pátzcuaro, la tradición de la Noche de Muertos cobra vida en su cementerio. Desde tempranas horas, el lugar se tiñe del color de miles de flores de cempasúchil, creando un manto dorado que contrasta con el azul profundo del cielo michoacano.

Las familias, con rostros llenos de expectación y corazones cargados de recuerdos, se congregan alrededor de las tumbas de sus seres queridos.

En este sagrado espacio, las caguamas se destapan y los cantos y risas se entrelazan con el aroma embriagador de las ofrendas florales.

La Noche de Muertos ha llegado a Zurumútaro, y con ella, la promesa de un encuentro efímero pero lleno de significado con aquellos que han partido.

Por decenas, las familias llegan cargadas con ramos de flores frescas y brillantes. Con manos temblorosas, colocan cada pétalo con delicadeza, como si estuvieran tejiendo un vínculo invisible con los ausentes.

El respeto a los muertos es palpable en el aire.

Cada gesto, cada palabra pronunciada en voz baja, es un tributo a la memoria de aquellos que, aunque ausentes físicamente, siguen vivos en los corazones de quienes los amaron.

Poco después del mediodía, el panteón se va llenando gradualmente, como si las almas fueran atrayendo a sus seres queridos hacia este punto de encuentro entre el mundo de los vivos y el reino de los muertos.

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