Emocionarte

“Nadie nace sumiso, esto se aprende”.
Walter Riso.

Vivimos en una cultura llena de introyectos, con ellos los mandatos internos y ajenos de lo que “debemos” o “tenemos” que hacer, pensar o actuar, lo cual a lo largo de la vida lejos de favorecer al desarrollo humano, evita su fluir, genera la frustración y se termina como marioneta humana.

Fritz Perls define el concepto de introyección de la siguiente manera: “La introyección es el mecanismo neurótico mediante el cual incorporamos dentro de nosotros patrones, actitudes, modos de actuar y pensar que no son auténticamente nuestros”.

De manera sana y funcional, la introyección es la ventana al aprendizaje, pues es de este modo como aprendemos todo tipo de conocimientos. Ahora bien, en el proceso de desarrollo la persona debe aprender a discernir entre lo que le resulta favorable del ambiente y tomarlo para sí mismo, de todo aquello que le es perjudicial o que simplemente no le interesa tomar.

Así pues, Perls refiere que un introyecto es todo aquello que la persona ha tragado de fuera hacia dentro, sin masticar y en muchas ocasiones sin digerir de forma explícita o implícita del sistema familiar, el entorno social o educativo en el que la persona crece.

Algunas introyecciones nos enseñan a convivir en sociedad y aprendemos con ellas a comportarnos de forma respetuosa y nos ayudan a mantener buenas relaciones; sin embargo, cuando este modo de relación lleva a los “debo” y los “tengo”, es cuando la distorsión aparece, ejemplo: Un niño al ser pequeño pierde su pelota y llega llorando con su padre, el cual desvalida la emoción de su hijo y le dice (con el afán de generarle un nuevo conocimiento) “los niños no lloran”, este niño al pasar los años aprendió que no tiene derecho a llorar y guarda su emoción reprimiendo su llanto, pues es algo que no “debe” o no “tiene” que hacer.

Cuando se es infante, se recibe del entorno todo tipo de normas y conceptos sobre lo que está bien y lo que no, cómo hay que actuar, comportarse o relacionarse con los demás, etc., todo eso se convierten en creencias limitantes tales como:

• “Los hombres no lloran”
• “Enojarse es malo”
• “Debes casarte y tener hijos”
• “No te puedes fiar de nadie”
• “La vida es sufrimiento”
• “La pareja es para toda la vida”
• “Primero son los demás y luego tú”
• “Tienes que seguir la tradición familiar y ser… (cualquier profesión)”
• “Las mujeres deben de estar en su casa”
• “Decir que No es falta de educación”

Cuando se comienza con la obediencia de estos introyectos, cuando se agacha la cabeza y la persona se convierte en sumisa, en lugar de defender los derechos básicos se genera una incapacidad de autodefensa y se vuelve nulo el marcar límites. A lo anterior, Walter Riso le llama “Inasertividad” y la gente que no es capaz de ser asertivo termina haciendo cosas que no quiere hacer, se convierte en esclavo por no haber aprendido a decir NO.

El derecho a decir NO analiza el concepto de la asertividad, sus beneficios, sus límites y las razones por las que tenemos miedo a decir no, como la culpa anticipada y el temor a herir a los demás. Por el contrario, la asertividad y el decir No, es un derecho y un acto de autocuidado, puesto que es responsabilidad personal cuidar la propia integridad física y emocional, así como aprender a decir lo que se piensa, lo que se siente y lo que se necesita sin sentirse culpable.

En conclusión: No diga “Sí” cuando quiera decir “No”. Es importante buscar acompañamiento terapéutico para poder generar herramientas que ayuden a fortalecer la autoestima, así como el manejo de emociones y crear una filosofía asertiva para la vida cotidiana.


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