Oigan, ¿y el informe?

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Historias del Tercer Mundo

Foto: Wendy Rufino

Sí, sí, ya los vimos marchando para autoaclamarse, gobernadores, corcholatas, funcionarios y acarreados, digo, gente feliz, feliz de estar con Obrador, pero ¿no se trataba de rendir un informe?

Hace apenas una semana veíamos un desfile en honor al término de la dictadura de Porfirio Díaz, hoy en cambio, las calles de la Ciudad de México fueron testigos de uno de los actos proselitistas más absurdos y más caros de la historia del país.

No bastó la fallida “revocación de mandato”, la fallida rifa del avión, ni las también fallidas consultas, el Presidente quiso probar fuerza una vez más, completamente emberrinchado por una manifestación en contra de uno de sus tantos caprichos, la reforma electoral.

Suena tragicómico, digno de un gobierno de ocurrencias, berrinches y venganzas, pero en el fondo el mensaje es alarmante. Una marcha desde el poder para aplaudir al propio poder, pensada para afianzar un régimen y menospreciar o minimizar a la oposición con el mensaje de “somos más fuertes”, “somos más” ¿Pues qué no la democracia era el gobierno de todos, o desde cuándo es el gobierno de la mayoría?

Una mayoría entre comillas, por cierto, pues no fue la mayoría de los mexicanos la que votó por AMLO, sino la mayoría de los que acudieron a votar. Esto es, participó el 63 por ciento del padrón, del cual el 53 por ciento eligió al actual presidente, lo que equivale a un poco más del 34 por ciento de los mexicanos en condiciones de votar (¿y de esos cuántos no se habrán arrepentido ya?).

El empleo de recursos públicos para este mitin político fue descarado, como descarado ha sido el proselitismo de los miembros del gabinete presidencial, que creen que ya iniciaron las precampañas, así como burdas sus justificaciones para inflingir la ley, porque no les importa inflingir la ley. “Y no me vengan con que la ley es la ley”, ha vociferado la caricatura de mandatario desde su mañanera.

No obstante, a las 14:00 horas, seis horas de haber emprendido la movilización, siete de que se repartieran las tortas y se pasara lista, la transmisión de la misma Presidencia de la República mostraba cómo no se había logrado llenar la explanada del Zócalo.

Imgen: captura de pantalla de la transmisión de la página de Facebook Gobierno de México.

Oigan, ¿y el informe?

Y entre el circo, los zanqueros, los mariachis, los gobernadores, los diputados, el director de cine progre que se quedó sin aire, los autobuses y demás actores que confluían a paso lento, en una caminata que opacó a las monarquías de la Edad Media, de las porras entre legisladores hacia sí mismos, de los saluos, de las selfis sin fin de los gobernadores y funcionarios, de los servidores de la nación, de los militares disfrazados de civiles, a todos se les olvidó que habían ido a escuchar un informe.

Siete horas habían pasado ya y nada de informe (que por cierto, por ley tendría que rendirse el primero de diciembre, pero pues “no me digan que la ley es la ley”). Cuando casi se cumplían ocho, arrancó, ¿pero qué iba a informar, otra vez su Tren Maya, sus Dos Bocas, su aeropuerto? El primer año dijo que el pueblo estaba “feliz, feliz”, el segundo lo rindió en solitario por el covid pero minimizó la pandemia y el tercero repitió el sonsonete de las grandes obras y aseguró que su aeropuerto era el mejor del mundo.

Sistemáticamente ha dejado de hablar de las mujeres y la lucha feminista, de los desaparecidos y sus familias, del crimen organizado y de los enfermos de cáncer a los que dejó sin tratamientos; pero no ha dejado de incluir alusiones religiosas y de repetir sus dogmas vacíos de “primero los pobres”, “transformación de las consciencias”, “austeridad republicana” pero a lo que más tiempo ha dedicado en sus informes este infame personaje es a hablar de los gobiernos que lo antecedieron.

Becas, apoyos, subsidios, pensiones, aportaciones y más dádivas, fue lo que se enlistó esta vez en primer lugar, otra de sus cartas fuertes.

Así como encabezó una antimarcha, también se preparaba para rendir un anti-informe más, una estructura sin fondo, un armatoste horrendo sin contenido, en cumplimiento a un Plan Nacional de Desarrollo en el que lo que menos se observa es un plan, donde también se repiten los dogmas huecos y donde lo que menos importa es el desarrollo.

La autora es doctorante en Desarrollo Regional, maestra en Políticas Públicas

y licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UMSNH.

Ha publicado cuento y poesía y se ha desempeñado como periodista.