Nuestro lugar es la casa, o eso es lo que nos contaron

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Akelarre

El nacimiento de la opresión.

PARTE UNO

¿Será el poder privado poder verdadero? ¿De dónde viene la posición secundaria de las mujeres en la civilización que conocemos, en la que se nos ha convencido de que el poder privado, casero, interno, es el que nos corresponde?

Ante las pruebas del tiempo y si definimos “poder” como la capacidad de hacer, de influir y coaccionar para que los demás hagan en favor de nuestra causa, tendríamos qué profundizar.

Me he propuesto hacer de este ejercicio de la mano de geniales textos que me han iluminado la visión. Simone de Beauvoir ya desvelaba en “el segundo sexo” las alegorías que pudieron dar sentido o legitimidad a la histórica subordinación, cosificación y explotación (sin mucha resistencia) de las mujeres en el mundo.

Lo que dio origen a esa alteridad disfuncional primigenia que convenció a las mujeres de abstenerse de su propio poder o cederlo al hombre, asumiendo un papel secundario y en algunos casos hasta el final de la cadena de mando más oprimida que el obrero, es la mujer del obrero.

Ella cuestionó a los pensadores de su tiempo antes de escribir la obra que sería referente de las mujeres de su tiempo, bandera de la segunda ola e ícono de mitad del siglo pasado en la filosofía existencial feminista.

Si no fueron las armas de los hombres en la edad de bronce, ni la fuerza física, ni la agricultura; (no, porque tener el control de la tierra debió darles a las mujeres posición de mando y poder sobre los que salían a cazar y cuyas vidas corrían más riesgo). ¿Entonces qué fue? ¿Cómo fue que convencieron a las mujeres o se convencieron colectivamente de que su lugar era en las tareas de servicio, cuidado y sumisión detrás de los hombres?

No existe un factor científicamente comprobado que se pueda considerar como natural, genético, atribuible a las mujeres, ni puede medirse tal cosa como el “instinto materno”, “sensibilidad para el cuidado”, “docilidad para la servidumbre”, porque esas atribuciones son instaladas, aprendidas e inculcadas en la construcción de género. Esa compleja serie de normativas sociales que nos atraviesan desde el momento mismo de la gestación; lo que escuchamos, sentimos, mamamos y después de nacer, vivimos, vemos y aprendemos de todo el entorno.

Nota para próximo ejercicio literario:
“La madre es la que educa”, ¿acaso es solo la madre la que educa? O educa todo el entorno sociocultural en el que crecimos, incluidas las ausencias, los mandatos y los medios.

Si la mujer no nace, sino que llega a ser mujer en las condiciones que son socialmente aceptadas y esperadas y con las características que se habían considerado “naturalmente” asignadas a nuestro sexo, sería entonces posible decir que se nos ha convencido, desde nacimiento, que nuestro sometimiento es natural y voluntario, un sacrificio en favor de una gran causa que es mantener la familia como célula primordial, más allá, las convencieron que podía ser incluso benéfico y cómodo, pues al desplazar nuestra necesidad de trascendencia personal a una colectiva o al proyecto del hombre, ganamos protección, aceptación y éxito social a través de terceros que son más importantes que nuestra propia voluntad.

Voluntad femenina, esa amenaza que debe ser domada, adormecida, controlada para evitar los desastres míticos que en toda la historia de la humanidad han traído las malas mujeres, como la desobediente Eva, seductora Cleopatra, venenosa Isabel, pecadora Lilith, las brujas herejes de la Edad Media, las incestuosas diosas griegas, entre un sinfín de relatos que dibujaron la idea de que la hembra, como animal, carece de sentido y probablemente de alma, que como la naturaleza, es caprichosa, peligrosa, como la luna cambiante, inestable, volátil. En la hembra no se puede confiar.

El vestido de novia blanco que simboliza pureza, el que nos salva de una vida de pecado y significa que no hemos hecho uso indebido de nuestro cuerpo que nos fue “prestado” con el único y claro objetivo de procrear, bajo el manto del matrimonio, hijas e hijos para el señor que ha puesto en nosotras la legitimidad bajo el título “señora de” validadas así en el único rol social más elevado para una mujer; “esposa y madre”.

El cuerpo no es nuestro, eso queda claro, porque a quienes se atrevieron en cualquier momento de la historia a apropiarse de su cuerpo y usarlo para sí mismas, se les castigó de manera ejemplar para el aprendizaje y escarmiento de todas las demás. Ese cuerpo de por sí, alienado.

La italiana Silvia Federici lleva más de 30 años estudiando los acontecimientos históricos que dieron lugar a la explotación social y económica de las mujeres. En su libro “Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria” (Traficantes de sueños, 2010), fija su análisis en la violenta transición del feudalismo al capitalismo, donde se forjó a fuego la división sexual del trabajo y donde las cenizas de las hogueras cubrieron de ignorancia y falsedades un capítulo esencial de la Historia. 

La caza de brujas, así como la trata de esclavos y la Conquista de América, fueron un elemento imprescindible para instaurar el sistema capitalista moderno, ya que cambió de una manera decisiva las relaciones sociales y los fundamentos de la reproducción social, empezando por las relaciones entre mujeres y hombres y mujeres y Estado.

En primer lugar, la caza de brujas ¡fue un genocidio!, ¿cómo pudieron lograr que no se levantase la gente en armas?, la destrucción de la tenencia comunal de la tierra; el empobrecimiento masivo, la inanición y la creación en la población de un proletariado sin tierra, empezando por las mujeres más mayores que, al no poseer una tierra qué cultivar, dependían de una ayuda estatal para subsistir.

También se amplió el control del Estado sobre el cuerpo de las mujeres, al criminalizar el control que estas ejercían sobre su capacidad reproductiva y su sexualidad (las parteras y las ancianas fueron las primeras sospechosas).

El resultado de la caza de brujas en Europa fue un nuevo modelo de feminidad y una nueva concepción de la posición social de las mujeres, que devaluó su trabajo, su estatus y las colocó en una posición subordinada a los hombres. Este es el principal requisito para la reorganización del trabajo reproductivo que exige el sistema capitalista y patriarcal.

Entonces ¡nada es coincidencia! No fue un convencimiento cultural ni una supremacía física, tampoco definitivamente una condición natural, la jerarquía y la opresión multidimensional sobre las mujeres tiene un origen y un interés sistémico y económico.

Es importante recordar que, a lo largo de la Edad Media, la Iglesia también estuvo implicada en la lucha para erradicar la práctica del matrimonio de los sacerdotes, que lo veían como una amenaza para la conservación de su patrimonio. En cualquier caso, el ataque de la Iglesia sobre la sexualidad siempre ha sido un ataque a las mujeres. La Iglesia teme a las mujeres y ha tratado de humillarnos de todas las maneras posibles, retratándonos como el pecado original y la causa de la perversión en los hombres, nos obliga a esconder nuestros cuerpos como si estuvieran contaminados. Mientras tanto, se ha tratado de usurpar el poder de las mujeres, presentando al clero como dadores de vida e incluso adoptando la falda como vestimenta.

Esperen la segunda parte.

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