Foto: El Mundo

Akelarre

Detrás de las pantallas y en la cobardía del anonimato también nos bombardean francotiradores de odio, denostación y prejuicios.

Estamos bajo fuego constante; por decir verdades, nos llueven calumnias.

Estamos bajo la vigilancia del Estado, pero no para protegernos, sino para medirnos. Muchas activistas hemos sido minimizadas, vituperadas, vigiladas, pero no acalladas.

“El legítimo derecho a aspirar”, dicen muchos políticos, sí, pero parece que sólo se refieren a ellos mismos porque, cuando asoman nombres de mujeres con perfiles fuertes, inmediatamente llegan los “peros”, los tremendos calificativos, la palabra de cuatro letras, esa todopoderosa que con sólo mencionarla disminuye, arrastra y destruye prestigios, sin necesidad de apoyar prueba alguna, ninguna calidad moral requerida ni cabida para la duda. “Es una puta” puede decir cualquiera de la mujer que sea, sin empacho ni defensa.

Llegan los comentarios, “ella no porque…” y se podrían llenar presas y cascadas negras con tantas palabras, con esas sentencias, historias no comprobadas pero contadas, con esos silencios de mirada maliciosa, con las opiniones, los rumores, con el desprecio de personas que no conozcan más que el nombre de una y ya sean capaces de arrastrarlo por el suelo.

En diversos estudios pero específicamente uno hecho por la Universidad de Chile en Latinoamérica 2018, se ha comprobado que las mujeres que participan en la vida pública, son doblemente violentadas en los medios digitales, que los hombres del mismo ámbito.

Dicho estudio arroja una terrorífica lista de palabras que son las más usadas al referirse a las mujeres políticas o funcionarias. Lea usted bien, esas palabras tienen siempre que ver con el prestigio de la mujer, su inteligencia, su apariencia y último lugar, su familia. Después probablemente con su desempeño profesional, pero en mucho menor medida.

Asimismo el mayor obstáculo para la participación política de las mujeres, es precisamente el miedo a que sea cuestionada su vida personal, prestigio y ser atacadas en la propia imagen.

Estamos bajo fuego, las palabras matan, lo digital es real, el arrabal de las palabras que se arrojan sin medida en los medios y las redes, en ataques orquestados u orgánicos, empeora detrás de las pantallas al amparo del anonimato.

Se recrudecen cuando alguno inicia el rumor y se riega como pólvora de destrucción masiva.

Esos ataques, siempre destinados a silenciarnos, a “aplacarnos”, a evidenciar las consecuencias que se esperan para las mujeres que busquen el poder público, consecuencias incluso mortales.

En México en días pasados fue cobardemente asesinada en Cuernavaca, Morelos, la diputada Gabriela Marín, dejando huérfano a un pequeño de 4 meses. A plena luz del día, sin temor a consecuencias, los matones a sueldo sólo huyeron.

En 2018, México tuvo las campañas más sangrientas de su historia, varias candidatas se retiraron de la competencia, algunas perdieron la vida a manos de asesinos que siguen libres.

Sin éxito, pues la voz de las mujeres seguirá retumbando la tierra y hasta los oídos que fingen sordera recibirán el mensaje contundente; ¡no vamos a retroceder! En los derechos ganados e irrenunciables, en el impostergable camino hacia la dignidad y la libertad. Las mujeres seguiremos adelante aunque nos llamen brujas, putas, incapaces, ambiciosas, arribistas, locas. Serán entonces esas mismas palabras las que ahoguen sus gargantas cuando deban aplaudirnos.

Deja un comentario