Foto: Adán García

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Yo lo vi, nadie me lo contó. Aquella granada que explotó entre la multitud congregada en la plaza Ocampo, en el centro de Morelia, mató de forma inmediata a cinco civiles inocentes, hombres y mujeres que habían asistido a los festejos del Grito de Independencia, y dejado heridos a más de 100, varios de ellos con extremidades mutiladas.

Eran las 23:01 horas, un 15 de septiembre del 2008.

La onda expansiva se encontró también al frágil cuerpo de Ángel Uriel, de sólo 14 años. Las esquirlas penetraron en sus piernas, abdomen y testículos, dejándolo herido de muerte.

Aún en su agonía, el pequeño no pedía, exigía a los paramédicos que no se distrajeran tratando de parar, en medio del caos y de esa escena propia de una guerra, las hemorragias que emanaban de sus heridas. “¡Estoy bien!, atiendan por favor a mi mamá, a mi abuelita, a mi hermana”, suplicaba.

Ángel no sabía que su abuelita ya había fallecido. El estallido le causó una herida mortal en la cabeza, y a su mamá la dejó malherida. Una de las esquirlas ingresó por el cuello, rozando la yugular y, según el testimonio que ella misma me ha dado, ahí sigue. Vive con ese trozo de acero encapsulado en su cuerpo.

La hermanita de Ángel también sobrevivió. Tenía sólo un año y, milagrosamente, salió del ataque terrorista sin un rasguño. Sólo había unas cuantas manchas de sangre en su ropa cuando capturé aquella foto de civiles cargándola en brazos, que Reforma decidió llevar en portada para retratar el terror de esa noche. Para desnudar la crueldad que gobierna a los criminales, a esos que hoy el presidente compadece por ser también “seres humanos con derechos”.

Nunca vi a colegas romperse como esa noche ante la dantesca escena teñida de sangre y cuerpos regados en un perímetro de más de 25 metros. Algunos no lograron reponerse. El horror los paralizó.

El pequeño Ángel todavía peleó por su vida algunos días en un hospital. Se sobrepuso a dos infartos, pero el tercero fue fulminante, según me narró su padre.

Una segunda granada estalló minutos después, a cuatro calles de distancia. Esa explosión mató a otras dos personas, entre ellas una mujer que protegió con su cuerpo el de su hijo en brazos.

Han pasado 14 años y la herida sigue abierta. No hay homenajes ni apoyos que alivien la pérdida ni el dolor de las víctimas. Y como sucede en estos casos, ni lo habrá. Aprendimos a vivir con eso y con la tranquilidad robada. Tomada por asalto.

A ese episodio se refirió esta semana el exgobernador y ex líder del Senado, Genovevo Figueroa, un día antes de recibir la condecoración al Mérito Turístico Michoacano, que le entregó el Congreso del Estado por las marcas y productos que, como secretario de Turismo en aquella década, creó y consolidó para Michoacán.

Le atribuye a los granadazos y a otros hechos violentos, en buena medida, la muerte que sufrió el turismo en Michoacán en los años siguientes, al grado de recuperar, hasta el 2019, los niveles de afluencia que teníamos como entidad antes del artero y cobarde atentado, del cual no hay, a la fecha, un solo detenido. Ni sicarios, ni autoridades pagaron por ello.

Y es que sí. Aparte de apagar la vida de ocho inocentes, aquellas detonaciones mataron a Michoacán entero en muchos aspectos. La resurrección, 14 años después, apenas está en proceso.

Cintillo

Hablando de preseas, ¿qué dirán hoy los diputados que premiaron a los normalistas con la presea al Mérito Docente, tras la quema, al estilo del crimen organizado, de más de una decena de vehículos y bloqueos en las últimas semanas? Es sólo una duda.

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