Emocionarte

En la actualidad la juventud rechaza los principios que les pretenden inculcar los adultos, quienes a su vez también parecieran haberse olvidado que practicaron esa misma rebeldía ante sus padres en algún momento de sus vidas.

¿Recuerdas aquella vieja canción? “¿No sé cómo se atreven a vestirse de esa forma y salir así… En mis tiempos todo era decente…”

Pareciera que, la brecha generacional que existe entre los padres y los hijos dificulta no solo la comunicación, sino también la convivencia como tal. Algo importante a considerar según el psicólogo gestaltista Jorge Bucay es “la certeza”, en la sociedad anteriormente había cierta seguridad de lo que podía o no pasar según las enseñanzas que los padres daban a los hijos, y si analizamos un par de ejemplos al respecto nos podríamos encontrar con lo siguiente:

Piensa sobre que enseñaban los padres a sus hijos en la antigüedad (la caza, la pesca, hacer ropas con pieles de animales, refugios etc.); sin embargo, si esas hubiesen sido las únicas enseñanzas dadas a los hijos a través del tiempo y no tuvieran que haber aprendido cosas nuevas, la historia no sería como la conocemos en la actualidad.

Anteriormente como padre se tenía la convicción de que tu hijo tendría posibilidad de sobrevivir con las enseñanzas básicas mencionadas, pero hoy en día no es lo mismo y a nivel contextual esa certidumbre desapareció, además de que junto con ello las enseñanzas se han tenido que modificar, realizando también un ajuste en los valores y su solidez, lo cual ha tenido como consecuencia una sociedad diferente, en la cual la distorsión cognitiva genera “el conflicto eterno” entre padres e hijos que, aunque aparentemente siempre ha estado, ahora con la tecnología, con los nuevos estilos de crianza y las exigencias sociales, se ha rigidizado.

Haciendo referencia a un artículo publicado en ésta misma página: “Turning Red [la película] y la infancia herida”, en el cual se menciona que, dentro del sistema familiar todo lleva un orden, el cual Bert Hellinger plantea como: Los órdenes del amor, el cual inicia con la pertenencia que cada miembro tiene a un sistema, para poder pasar a la jerarquía y los lugares ocupados dentro de la familia, y por último obtener el equilibrio entre dar y recibir.

Podemos entender que, hablando específicamente de la jerarquía, todos hemos sido hijos, pero no todos somos o seremos padres, lamentablemente ambas partes solo se viven desde su experiencia (la cual es válida) y al llegar a consulta psicológica el padre o la madre llegan con la preocupación del ¿Por qué sus hijos tienen tal o cual comportamiento? Y los hijos llegan a sesión con la gran incógnita del ¿Por qué sus padres no logran entenderlos? Pareciera ser que, el papel de padres e hijos es llevar la contra uno del otro sin logran entenderse entre sí, con la premisa de “Cambia tu lo que yo no puedo cambiar”.

Lo anterior, es solo la punta del iceberg de una gran parte que no se ve, porque al mismo tiempo el hijo quiere sentirse perteneciente e incluido en su familia y muchas de las veces es el progenitor el que lo excluye por no cumplir con las expectativas impuestas, eso sin tomar en cuenta que en ocasiones el hijo vive una deuda impagable con los padres por aquel reclamo constante de “yo te di la vida” y la vida es no pagadera, por lo que el mensaje que se manda al hijo es el de una deuda eterna.

Uno de los errores más comunes en los padres es que, proyectan en los hijos las expectativas de vida, las frustraciones, las etapas de la infancia o la adolescencia sin resolver, los “hubiera” y las necesidades insatisfechas, esperando inconscientemente que hijos se conviertan en una extensión de ellos mismos. Sin embargo, esto lejos de ser sano y benéfico para los hijos, suele ser perjudicial, Martha Alicia Chávez en su libro “Tú hijo, tu espejo”, hace referencia a la importancia de la introspección y da pauta a las siguientes preguntas:

¿Por qué me molesta tanto la actitud de mi hijo?
¿Me preocupa que las personas piensen que soy buen padre o buena madre?
¿Mi hijo se parece tanto a mi en lo que más me desagrada?
¿Le tengo envidia por que el si puede y yo no?
¿Quiero que el haga o cambie algo que yo no puedo cambiar?

Los cuestionamientos anteriores tienen respuestas diferentes para cada persona, hay un introyecto muy marcado en los padres que no se ha podido dejar de lado y eso es lo que ha impedido el fluir en la relación entre padres e hijos, el pensamiento arraigado de que “se educa con autoridad”, es una tendencia que deja de lado la parte amorosa, porque con autoridad se adiestra, con autoridad se obedece, pero con autoridad no hay aprendizaje, porque si la persona esta obedeciendo no hay autonomía, una persona que obedece siempre necesitará de un alguien superior que le este mandando y educar significa mucho más que obedecer.

Educar significa dar a los hijos las herramientas para que sean capaces de construir su propio camino; sin embargo, el mundo se ha acostumbrado al condicionamiento en donde si no haces A mas B, no hay C, lo cual enseña a los hijos que la autoridad impone, ordena y amenaza, mientras que la paternidad guía, enseña y motiva.

Por último, retomando el tema del presente artículo “Cómo te ves, me vi. Como me ves, te veras”, es importante entender como padre y como hijo, que nadie escarmienta en cabeza ajena y que hay vivencias que nos tocan única y exclusivamente vivir a nosotros mismos para poder crecer y evolucionar; sin embargo, eso no significa que no debemos ser empáticos con los otros, siempre desde el respeto y el acompañamiento, para que el otro elija de manera libre y responsable.

“El amor es la decisión de trabajar activamente por la libertad de la otra persona para que ésta pueda elegir qué hacer con su vida, aunque no te incluya en ella”.

Jorge Bucay

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