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Por años, en Michoacán el proceso de ingreso a las escuelas normales estuvo secuestrado. Se resolvía, no mediante la aplicación de un examen que midiera las aptitudes y habilidades de quienes aspiran a estar frente a grupo impartiendo el conocimiento. No. Prevalecía el método de la presión, el agandalle y hasta la venta de lugares.

Ingresaban, no los más aptos, sino los que se enlistaban en el movimiento normalista para participar en marchas, plantones, bloqueos de vías ferroviarias y hasta la quema de vehículos de reparto, cada vez que salía la convocatoria emitida por la autoridad educativa.

Fiel semillero de la CNTE –la madre de todas las organizaciones proclives a la manifestación y el caos-, el movimiento estudiantil se afianzó en las últimas dos décadas como un poderoso instrumento que doblaba a los gobiernos en turno y vencía los cerrojos para que las puertas de las escuelas normales se abrieran a todos los aspirantes.

No había el menor mecanismo de evaluación para filtrar el acceso. En su lógica, provenir de una condición de pobreza era más que suficiente para ser admitido y obtener, al final de la carrera, una plaza automática como maestro en el sector educativo estatal.

Eso sí, el aspirante debía enrolarse en cada manifestación, protesta y ataques contra las fuerzas policiales que se opusieran en el camino. Para ello, se les adiestra en la fabricación de bombas caseras –molotov, les llaman– y en tácticas estratégicas para interceptar vehículos pesados y atravesarlos en las carreteras o avenidas. Esa era su prueba mayor para, ya egresados, pasar de nivel y convertirse en maestro de choque en las filas centistas.

Cientos de jóvenes han llegado a parar en Barandilla. Algunos han sido procesados por diversos delitos, aunque al final siempre logran su liberación bajo esa llave que les ha abierto todas las puertas: la del amago, la de la desestabilización.

Por eso, hasta el último minuto se fincó un muro de escepticismo cuando nos decían que esta vez el proceso para definir el ingreso de los aspirantes sería diferente, apegado a la norma y mediante el examen de Ceneval, como sucede con el grueso de las carreras universitarias.

El gobierno estatal no escapaba a esa preocupación. De ahí, la decisión de amurallar la prueba con elementos de la Guardia Nacional y Policía Estatal que fueron desplegados el pasado domingo en las sedes donde se recibió a más de 2 mil 600 estudiantes que, por primera vez en la historia del estado, se sometieron a un examen para pelear, desde la arena del conocimiento, un espacio en las Normales.

Sólo hubo mil 80 lugares disponibles. Quienes no quedaron tendrán que esperar al siguiente año para volverlo a intentar, o bien, buscar alternativas en algún otro programa académico de los 17 tecnológicos, siete universidades y otras opciones de la red de instituciones de educación superior que hay en la entidad.

No es descartable, dada la genética magisterial, ver brotar un movimiento que presione para que se admita a los aspirantes rechazados, algo que tiene en alerta al cuarto de guerra de la Secretaría de Educación en el Estado. En alerta y determinados, al menos es lo que nos dicen, a defender hasta con el uso de fuerzas federales, la trinchera arrebatada a la CNTE y a su semillero.

Cintillo

En el naufragio que lleva al PRD hacia un peligroso acantilado, el regreso de Silvano Aureoles podría ser su única y última carta para mantenerse con vida de cara a la contienda del 2024. Claro, habrá que ver qué ruta toman los Cárdenas.

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