Morelia, Michoacán
La Iglesia Católica arrancó este domingo 10 de julio y hasta el 31 del mismo mes la Jornada de Oración por la Paz, dedicada a las víctimas mortales de la violencia en México, en especial los sacerdotes y evangelizadores, así como a quienes enfrentan hoy los estragos de este flagelo.
Y en la Catedral, con una celebración eucarística presidida por el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, las actividades comienzan para pedir a Dios su misericordia para quienes han muerto por causa de la criminalidad y la violencia, pero también para quienes estos hechos han llevado a guardar enojo, dolor y deseo de venganza.
En la homilía, Carlos Garfias destacó el interés por los sacerdotes, los apóstoles y los misioneros laicos que han perecido en el cumplimiento de su labor de evangelización, como fuera el caso de los sacerdotes jesuitas, encontrados inertes en la sierra tarahumara, Javier Campos y Joaquín Mora.
Recordó la parábola del buen samaritano como el ejemplo de vida que Dios presenta a la población ahora, para ser agentes de cambio y de restitución para quienes sufren como resultado de la criminalidad y la violencia.

Garfias Merlos mencionó que, lejos de albergar sentimientos adversos, los fieles están llamados a compartir la compasión, el acompañamiento y el apoyo a quien sufre y se duele.
Invitó a los devotos congregados en la Catedral de Morelia a “poner en manos de Cristo el dolor y el sufrimiento” y unirse en un esfuerzo por impulsar la paz.
La Iglesia Católica en México ha perdido entre 1990 y 2022 un total de 57 sacerdotes y un cardenal por causa de la criminalidad y la violencia, de los cuales siete corresponden al sexenio encabezado por el presidente Andrés Manuel López Obrador.
Asimismo, al menos dos sacerdotes continúan, tras una década, como desaparecidos.

La Jornada de Oración por la Paz nace como una iniciativa de la Iglesia Católica en el país, que da seguimiento a los trabajos de mediación y promoción de la paz desarrollados por las arquidiócesis pero que luego del homicidio de dos sacerdotes jesuitas se enfocan en pedir a Dios por el consuelo para las víctimas.
Debido a que considera que el problema de la agresión deriva de la deshumanización, la Iglesia Católica nacional extiende estas oraciones hacia los victimarios, a fin de que cesen la comisión de delitos y se incorporen a los esfuerzos de pacificación.
Además, se prevé la participación de otras iglesias y credos, en una acción común para llamar a la construcción de la paz.







