Política y Politiquería

Las ocho ciudades más violentas del mundo están en México, ese es el resultado más evidente de la estrategia “abrazos no balazos”, que no es más que la concesión del territorio nacional a grupos de la delincuencia organizada.

La ausencia del gobierno en materia de seguridad es más que evidente, pues sólo se remiten a lamentar los hechos, lamentar las muertes, culpar al pasado y sermonear al país diciendo que la única forma de salir de esta crisis es con valores.

La semana pasada el presidente rechazó que el crimen organizado domine el territorio, y reconoció que hay estados como Sinaloa donde han bajado homicidios porque domina un solo cartel -como el del Pacífico- a diferencia de Michoacán donde hay enfrentamientos por la disputa de 10 grupos criminales.

Mientras el presidente rechaza, culpa y acusa a sus antecesores, las tragedias se repiten una y otra vez en el país, tragedias que no casualidades, son el resultado de una ausencia del Gobierno, de falta de una estrategia que garantice la paz y tranquilidad de quienes aquí vivimos.

Esta semana en un intento por auxiliar a un hombre, dos sacerdotes jesuitas fueron asesinados en el municipio de Urique, Chihuahua, al interior de un templo de la comunidad de Cerocahui, por personas armadas.

Las tragedias, no solo se cuentan en los estados azotados por la violencia, están presentes en todo el país, en cada rincón. Ayer fue Chihuahua, mañana puede ser Michoacán, Nayarit, o cualquier estado y la respuesta del presidente es esperar a que los criminales se pongan de acuerdo a ver quién gana y quién se queda con el territorio.

Este martes, desde Palacio Nacional, el presidente dijo que no cambiaría la estrategia, que la culpa es del ex presidente Felipe Calderón, pero las cifras dicen que su sexenio está siendo el más violento de la toda la historia reciente.

Sí, quizás con el ex presidente Calderón era peligroso ser narco, pero con López Obrador es peligroso ser mujer, periodista, niño, niña y hasta sacerdote.

Al Tiempo.

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