Desaparecidos: un duelo inconcluso y ambiguo

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Emocionarte

“Sin duda a veces hay que hablar en nombre de los náufragos.

Hablar en su nombre, en su silencio, para devolverles la palabra”.
Jorge Semprúm.

Una separación repentina e inesperada de alguien a quien se ama puede dar lugar a diferentes emociones no resueltas, tomando en cuenta que no hay un cuerpo a quien llorar, esto conduce a las familias a sumergirse en la frustración y negación ante la falta de información que tienen para la resolución del duelo.

Cuando una persona que muere por enfermedad o incluso de muerte súbita (accidentes), la familia tiende a iniciar un proceso de duelo.

Si bien, no para todos se vive de una manera similar, existen diversos teóricos como Elizabeth Kübler Ross que menciona que, para poder sanar un duelo, se debe transitar por cinco fases: negación, ira, pacto/negociación, depresión y aceptación.

Sin embargo, cuando una persona simplemente desaparece y no se encuentran evidencias de que este viva o muerta, es difícil para los familiares poder vivir el proceso y aunado al dolor “normal” por la pérdida, se presenta también la duda y la falta de certeza de lo ocurrido.

Por lo anterior, es difícil que los familiares que están viviendo la incertidumbre de la búsqueda admitan ayuda para la resolución de su duelo y por el contrario se sumergen en la esperanza, además de aparecer emociones como: el dolor que produce la ausencia, el miedo a lo que le pudo pasar al ser querido y el cansancio físico/emocional al permanecer en la situación.

Asimismo, es importante aceptar que la desaparición es la destrucción del proyecto de vida no solo del desaparecido, también lo es para quienes lo rodeaban. Aunado a ello, el papel tan importante que juegan las “Autoridades correspondientes”, quienes la mayoría de las veces no dan información, no encuentran culpables, generan movimientos clandestinos que en ocasiones para los familiares y allegados sólo generan confusión.

Palabras de un familiar de una persona desaparecida hace 3 años en Morelia Michoacán: “Las autoridades no nos dan información, el policía investigador que asignaron nos pregunta a nosotros que es lo que hemos hecho y en dónde hemos buscado, eso es lo que pone en sus reportes, aunque él nunca nos acompaña”.

Por lo anterior, se puede entender que las posibilidades de intervención surgen desde las propias experiencias de vida de familiares de las víctimas, y el proceso de curación tal vez no culmine si no se encuentra a la persona viva o muerta; sin embargo, se continúa con la esperanza de la posible recuperación pues la desaparición como tal pretende fundar un mecanismo de control o miedo social y dejar que pase, es dejar que el delincuente cumpla su objetivo.

Además, este tipo de situaciones trágicas hacen sentir a las familias que se está en un mundo aparte en donde el dolor familiar es único, lo cual lamentablemente no es así, toda vez que existen personas que comparten la misma desgracia.

Lidia Arista de “política expansión”, en su artículo ‘los desaparecidos, la otra pandemia que azota a México’, menciona que: “En el país 90,148 personas están en calidad de desaparecidas o no localizadas y en tres sexenios, ocurrieron el 81% de las desapariciones de las registradas entre el 15 de marzo de 1964 al 2 de agosto de 2021”.

Estás no sólo representan cifras, son familiares, son vidas destruidas y sueños rotos.

Ahora bien, Oswaldo Lorea, refiere que: “los ritos funerarios son aparentemente sobre los muertos. Pero su importancia radica en los roles que desempeñan para los vivos (les permiten llorar, buscar consuelo, enfrentar la realidad de la muerte y encontrar la fuerza para seguir adelante). Son actos profundamente humanos, por lo que verse privado de ellos puede resultar devastador y deshumanizador”.

Desde la psicología, el duelo por personas desaparecidas se inicia, pero queda suspendido y la familia tiene un duelo ambiguo en el cual se tiene un trasfondo más complicado y doloroso. Las esferas alteradas en los familiares que han experimentado este tipo de perdida son: la física, emocional, cognitiva, conductual, social y espiritual.

En consecuencia, ante el hecho no humanizado que viven los familiares, no se puede llevar acabo el cruce de las etapas de un duelo “normal” como en los casos mencionados al inicio, por tal motivo en pérdidas por desaparición, el duelo suspendido o inconcluso presenta etapas diferentes las cuales se divide en:

1) Incertidumbre y búsqueda.
En este proceso trasciende el concepto de duelo, pues lo único en lo que se relacionan la muerte y la desaparición son el dolor, pero en la desaparición no hay un cuerpo, no hay un nombre, no hay una tumba, no hubo misa ni funeral, no hay certidumbre.

2) Confrontación.
Las personas enfrentadas a pérdidas violentas y traumáticas piensan que una vez iniciado el proceso de duelo este nunca finalizara, llegando en algunos casos a negarse a la aparición del mismo; sin embargo, es importante enfrentarse a su realidad.

3) Afrontamiento y recuperación.
Está última etapa varía mucho según lo que pase con cada uno de los casos, puesto que depende si la persona desaparecida es encontrada o no y se pueda dar el proceso natural; sin embargo, si el desaparecido no aparece, tendrá que trabajar para superarlo.

Para finalizar, es importante reconocer que como sociedad estamos viviendo difíciles momentos, que cada vez hay más desapariciones tanto de mujeres como de hombres y el juzgar el motivo de la desaparición, cualquiera que este sea nos hace ver inhumanos, casi tanto como la misma persona que secuestra, mata, viola, realiza trata de personas o las utiliza como mulas.

La invitación es a ser empáticos, a tratar de pensar en que se haría de forma personal si se perdiera a un ser querido; sin embargo, si eres tú el familiar que está experimentando está situación, ten presente que el primer paso es mantenerlo en un marco legal, echar mano de las asociaciones civiles de apoyo y comenzar un proceso terapéutico que ayude con el manejo las emociones que están siendo generadas por la situación.

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