Corre…  ¡se te va la GUAGUA!

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La Habana, Cuba

Es verdad que las guaguas cubanas pasan de manera irregular, vienen llenas, no son limpias, emiten ruidos y, en general, están lejos aún de ser un medio de transporte cómodo y eficaz, a pesar de las frecuentes inversiones que ha hecho el Estado en ese sector en los últimos lustros.

De todas formas, nadie puede negar que estos “monstruos rodantes”, como las bautizó un humorista muy popular, nos llevan para el trabajo, la escuela y el hospital, bien de mañana, y en la tarde, nos retornan a nuestros hogares a costa de lo que sea y nos salvan de los careros almendrones, como llamamos nosotros a los taxis callejeros.

Por añadidura, los ómnibus nos permiten conocer a una impresionante galería de tipos populares que abarrotan a diario ese medio de transporte y tienen un rol protagónico en las discusiones y aglomeraciones que a cada rato se producen en las paradas.

En principio, hay que hablar de los llamados “velocistas”, los que al sospechar las intenciones del cuatro-ruedas de detenerse fuera de su lugar de recogida, empiezan un trote desenfrenado que termina domando a la fiera. Una vez adentro, estos corredores de distancias cortas se abren paso por el pasillo con codazos y apretones, listos para acercarse a la puerta, bajarse, y seguir rompiendo récords, porque casi siempre hacen trasbordos.

Y a propósito, alrededor de las salidas nace una segunda figura: los “porteros”, quienes se atrincheran allí con los dientes apretados. No vale que los pisen, los empujen, les halen la camisa y les pasen literalmente por encima, ellos, de forma valiente, resisten todos los ataques con tal de ser los primeros en poder descender tras emitir un alarido o un silbido.

No obstante, conozco a algunos muchachos que se detienen allí por pura gimnasia: les encanta subir y bajar del autobús en las paradas más bullangueras y ser los verdaderos protagonistas del show.

En materia de circulación hay en los autobuses dos figuras bien conocidas: los «despiertos», que desde mucho tiempo antes comienzan a pedir permiso para acercarse a los accesos de salida, y los “pasmaos”, que abren los ojos cuando ya están en su lugar de bajada y empiezan a dar gritos y a empujar a malanga.

Próximos a estos, están los “hombres piedras”, quienes contraen sus anatomías y ponen caras de leones cuando alguien trata de pasar por detrás de ellos o se aproxima más de lo necesario.

No podemos dejar de reseñar, igualmente, a “los celosos cuidadores de la propiedad privada”, unos sujetos que se colocan estratégicamente detrás de su dama para que esta “no pueda ser rozada ni con el pétalo de una rosa”, y ni hablar de los “dormidos”, quienes en cuanto se instalan se ponen plácidamente a soñar, como santos angelitos, y la vez, dejan caer sus cabezas sobre el hombro de la linda jovencita (llamada pepilla) que tienen sentada a su lado o sobre algún desgraciado.

Los “percusionistas», por su lado, arremeten a golpe limpio contra la carrocería, cuando el chofer se lleva la parada, mientras que los “hombres-bolsos” suben con tantos bultos que a ratos transforman el pasillo en una pista de una carrera con obstáculos.

En la parte de atrás de las guaguas, a cualquier hora del día, podemos conocer a los «locuaces», quienes, acompañados por sus amigos, van revelando, a plena voz, las intimidades de sus hogares con tremenda lengua suelta. Aquí, las damas superan a los hombres por un pelín: “Mi hijo tiene una novia que a mí no me acaba de gustar, porque…”, “figúrate, mi marido ya no trabaja y…”, “no, mi amiga, ya no me vuelvo a casar, hombres sí, pero no en la casa”.

Bueno, ¿y qué me dicen de los “melómanos”? Estos, casi siempre jóvenes, invaden los ómnibus los sábados en la noche con bocinas portátiles capaces de romperles el tímpano a los más orejudos… ¡Y vaya la música que llevan! Van del rock duro al reguetón y acompañan los compases musicales con chillidos, palabrotas, salticos y traguitos del ron más barato. ¡Los ciudadanos más pacíficos les tienen pánico!

Sobre las guaguas se ha hecho ya un retrato perfecto: atiborramiento, calor, sudor, claustrofobia, tembladera, choferes poco educados, la música arrabalera; sin embargo, aún se ven a personas entregarles sus asientos a los viejos, embarazadas, mujeres con niños e impedidos físicos y también a ciudadanos que no tienen miedo de pronunciar palabras o frases poco usuales en nuestra sociedad como “permiso”, “gracias”, “un saludo”, “buen día”.

¿Será que algún día los autobuses van a competir con los trencitos de la felicidad? Bueno, al menos hay esperanzas…

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