Cuando no sepas qué hacer, incrementa las penas

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Historias del Tercer Mundo

Foto: Wendy Rufino

Una señal inequívoca de que un legislador o autoridad no tiene idea de cómo resolver un problema público o su voluntad política no es tan grande, es cuando propone incerementar penas de cárcel.

No obstante, es una idea efectiva para salir rápido del paso: las víctimas se sentirán esperanzadas y ante la sociedad -aparentemente-habrá cumplido; pero, ¿realmente se resolverá el problema?

En primera, esta aparente solución va en contra del Sistema de Justicia Penal de nuestro país, que en teoría fue creado para disminuir número de personas privadas de la libertad ante la sobrepoblación existente en los Centros de Reinserción Social y también porque -también en teoría- lo que se espera al enviar a los delincuentes a prisión es que se reinserten en la sociedad eventualmente.

Se supone que los centros de reclusión no son lugares de castigo para que la gente “pague” por su delito, sino que su finalidad principal es -debería ser- volver a los infractores personas capaces de vivir en sociedad de manera pacífica y digna.

Claro, sabemos que en la realidad no funcionan así, pero también sabemos que lo que más aqueja a las víctimas no es la cantidad de años que pasarán en la cárcel los agresores, sino que no pasan ninguno. Es decir, la enorme impunidad e ineficiencia que impera en el sistema tanto de procuración como en el de impartición de justicia.

Pasan meses, a veces años, para que se logre -si es que se logra- detener a quien cometió la falta y años también para que se llegue a una sentencia. Es un proceso desgastante, caro y exasperante. Esto es lo que más duele a las víctimas. Por eso la cifra negra es tan grande.

Si se trata de reparar el daño, no habría que enfocarse en que los pocos que obtienen una sentencia condenatoria pasen el resto de su vida en la cárcel, sino en que todos los que hayan cometido un delito obtengan una sentencia condenatoria.

Se habla de incrementar las penas a quienes asesinen a uin periodista ¿De qué nos sirve a nosotros saber que los sicarios que mataron a nuestro colega se pudrirán en la cárcel si la persona que lo mandó matar sigue libre y podría cualquier día mandar matar a más?

Hay otros problemas, Y dicen los representantes del Estado “nosotros no los matamos” y (tal vez) no, pero de la serie de omisiones que hicieron posible llegar a ello, sí son responsables y qué decir del linchamiento público al que son sometidos ciertos comunicadores.

Lo importante es entonces erradicar las causas y las causas de los delito son múltiples y no son, como se han cansado de decir autoridades y diputados, la pobreza y la desigualdad. Si así fuera, en las clases sociales media y alta no se cometerían delitos. Es una visión clasista e ingenua.

Claro que puede ser un factor el sistema de producción capitalista, que mantiene a mucha gente explotada en un afán de prioducir sin descanso y a costa de lo que sea, con salarios suficientes, mientras se genera una falsa necesidad de productos; pero hay otros factores: el machismo es uno de ellos y el crimen organizado es otro.

¿Cuál es la lógica de incrementar el gasto de manutención de personas priovadas de su libertad al hacer crecer las penas y no derivar gasto público en generar paz y evitar que sucedan crímenes?

Y no precisamente abrazando a los delincuentes o implementando programas sociales que ya se ha comprobado desde hace décadas que jamás errdicarán la pobreza, sino buscando qué otros elementos generan la falta de paz.

El machismo genera violencia no sólo desde hombres hacia mujeres, sino también contra los niños y entre los mismos hombres. Es una cultura que se aprende desde la casa, la escuela y los medios culturales y que llama a resolver los problemas mediante insultos, agresiones o golpes. Si esto no se acaba, difícilmente pararán los feminicidios.

El crimen organizado sin duda permea y descompone todos los sectores de la sociedad, porque al vivir ante esos despliegues de violencia, las personas entran en un estado de alerta que las hace reaccionar violentamente como en defensa propia, como respuesta al miedo.

No son los únicos factores, también están la corrupción, el discurso polarizado desde las altas esferas del poder, las injusticias sociales, los abusos de empresarios, de sindicato… Todo eso nos vuelve violentos. Tal vez la reinserción social la necesitamos todos.

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