Morelia, Michoacán

“No te vayas, yo te necesito aquí”. El grito de Carolina le salió desde las entrañas. Lo recuerda. Su mirada se nubla, la voz se quiebra. Ella es una de esas mujeres a las que la violencia, les arrebató casi todo.

Al cierre de febrero, Michoacán se posicionó como el estado con más asesinatos en México, desplazando a Guanajuato, dejando a su paso cientos de viudas, madres, hermanas, hijas, mujeres como Carolina N., revictimizadas por la violencia indirecta y por las propias instituciones.

“No te vayas”, le decía y lo abrazaba a su pecho, pero Juan Berna ya no podía hablar, sus ojos intentaban decirle tanto y todo, “gesticulaba, se movía desesperado y yo me aferraba a él como ahora lo sigo haciendo”, revela con un tono que intenta ser neutral, pero que se apaga a ratos y otros se prende, en un atisbo de indignación.

Minutos antes de aquél fatídico día había llegado corriendo un amigo de su esposo y le soltó sin más: “señora, le dieron a Berna, le dieron a Berna”. Empezaba a oscurecer, pasaban de las siete de la noche.

No supo cuántos pasos recorrió desde el interior de la vivienda situada en una de tantas colonias de Morelia, hasta el jardincito de enfrente, ahí donde le mataron al amor de su vida, ahí donde “le pedí a Dios que no me lo quitara, pero ¿quién va a aguantar diez tiros en el cuerpo?”, dice en un intento de justificación.

A los doce años de edad Carolina conoció a Juan Bernardo y desde entonces no se soltaron; tuvo que llegar la muerte, violenta, a separar sus caminos, “pero sigue aquí, conmigo, con mis hijas”.

De la mano de Dios, Carolina revivió hoy para Primera Plana aquél siete de diciembre de 2019, cuando manos perversas accionaron las armas de grueso calibre y las vaciaron sobre Juan Berna, el único varón de los Medina Arreola, un hijo amoroso, consentido, apapachador y bien trabajador, al que todos extrañan tanto, sus padres, sus hermanas, sus hijas y Carolina, siempre Carolina.

La vida de Carolina se escribe a partir de aquel primer encuentro, a los doce años. Seis de novios y a los 18, zas, la fuga. Quince años de casados, dos hijas: Yeimi R. y Estefanía L, las dos a imagen y semejanza del joven delgado y moreno, risueño y de ojos brillantes, una de siete y otra de 14, sí, luego luego que escaparon, Caro “encargó”.

El 7 de diciembre de 2019 “me dañó y me sigue dañando ahora”, pero buscó y encontró refugio en Dios, cuya mano “nunca la voy a soltar”, dice.

Ese día se habían abrazado y dicho palabras bonitas; siempre se las decía. Se ponían de acuerdo sobre una fiesta. Fue lo último que hablaron.

Los recuerdos se confunden, la emoción, la desesperación, el dolor que le arrancaba gritos interminables, “lo abrazaba, lo besaba, fueron los policías los que me lo quitaron y fue cuando él falleció, pero ahí duramos todo el tiempo, hasta que llegaron los policías y se los dije, ‘¿por qué me lo quitaron?, por su culpa se murió’, y así pasó, cinco minutos después de que me obligaron a soltarlo, se fue”.

No supo cómo lo veló ni cómo lo despidió. Perdió contacto con todo y sólo dormía y lloraba hasta que su hija, la mayor, fue por ella y le pidió de favor que se levantara: “ya perdí a uno, no quiero perder a los dos”, le dijo y “me abrió los ojos”.

Desde entonces, igual que el peregrinar de los alcohólicos anónimos, Caro intenta un paso a la vez. A veces puede y otras, se derrumba, llora, le canta y se vuelve a levantar. No odia, no vive amargada, tampoco le interesa saber quién o quiénes ni por qué, eso no le devolverá a su marido; pero a veces el sentimiento le gana, con la canción de ambos, con el caminar acostumbrado o cuando descubre en la mirada de sus hijas esa chispa inigualable de Juan Berna.

Carolina ya perdió la esperanza de la justicia terrenal; le apuesta todo a la divina, “de esa nadie se salva”. Han pasado dos años y el expediente de la muerte de su marido sigue guardado, hace algunos meses incluso, en diciembre de 2021, le pidieron de la fiscalía que regresara a dar declaración, porque estaba incompleto.

No reclamó ni cuestionó. Fue y repitió lo vivido, aunque eso le costó una recaída emocional que la tuvo varios días en la lona. Los investigadores no le dicen nada más, le hablan de varias “líneas”, ninguna creíble para ella pero “no importa, nada de eso importa”.

La viudez la obligó a salir a trabajar, a dar la cara por sus hijas. Hoy tiene un empleo estable, uno donde entrega lo mejor, porque le gusta eso del servicio, cuida de sus hijas, las procura y todo el tiempo les habla de su padre, las llena de recuerdos para que nunca lo olviden.

A dos años de la partida de Juan Berna, sabe que su historia es la de muchas otras mujeres y niñas, víctimas de la violencia; revictimizadas por las instituciones y muchas, abandonadas a la buena de Dios; a ellas les pide que no pierdan la fe, que no se suelten de su mano, así el dolor es menos y la vida  un poco mejor.

Michoacán, el estado más violento

Las últimas ejecuciones registradas en el mes de febrero, elevaron el acumulado de homicidio doloso en Michoacán llegando a los 480 crímenes, un promedio de ocho asesinatos por día, de acuerdo con el reporte estadístico de las autoridades federales.

Según este conteo, son Zamora, Morelia y Uruapan los municipios con la mayor incidencia de ese delito. En 2021 la entidad acumuló 2 mil 732 crímenes, lo que situó al estado en el tercero más violento del país.

En enero, Michoacán escaló un peldaño y cerró el mes como el segundo con más asesinatos, sólo por debajo de Guanajuato, con un registro de 234 crímenes. La cantidad incrementó en 246 casos en febrero (con menos días que enero), lo que da un global de 480 muertes violentas.

Aún en la memoria del colectivo, el fusilamiento de varios hombres en un velorio que se desarrollaba en la localidad de San José de Gracia, una noticia que dio la vuelta al mundo.

Foto: Archivo.

Al llegar a la escena del crimen las autoridades investigadoras no localizaron ningún cuerpo. Los sicarios tuvieron el tiempo de lavar el área con chorros de agua y llevarse los cadáveres.

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