La Habana, Cuba
unque el arte del capote rojo, las banderillas, la muleta y el estoque nunca tiene en Cuba el éxito de las peleas de gallos, lo cierto es que en el siglo diecinueve surgen en La Habana varias renombradas plazas de toros que acaparan la atención de cientos de seguidores del arte taurino.
Pero, hasta aquí. Las pugnas de los cuernos comienzan a decaer y, entre 1899 y 1902 ,son prohibidas por las autoridades norteamericanas que ocupan la Isla en estas fechas.
Por fortuna, tal situación empieza a cambiar con la decisión de algunos empresarios de contratar a los célebres matadores Silverio Pérez, apodado El Faraón de Texcoco, y Armillita (Fermín Espinosa) para que protagonizaran en agosto de 1947 una auténtica reunión de toros bravos en el Gran Stadium de La Habana, actual Estadio Latinoamericano de béisbol, abierto un año antes.
Tal mancuerna, vale aclararlo, hubiera sido reclamada de inmediato por las más exigentes plazas del mundo; sin embargo, si aspiran a torear en Cuba con un mínimo de dignidad estos corajudos mexicanos van a necesitar mucho más que un nombre.

Los trajes de luces, de seda y cubiertos de lentejuelas color oro, son exhibidos durante varios días en la vidriera de la tienda La Filosofía, de Neptuno y Galiano. A la vez, los responsables del evento realizan una enorme propaganda que destaca la bravura de los ejemplares contratados en la hacienda colombiana Aguas Vivas.
Para sorpresa de muchos, los trabajos de acondicionamiento del Coloso del Cerro también se efectúan con gran prontitud: los carpinteros se afanan en preparar las puertas y los tableros de madera que llevará la plaza; los encierros se sitúan detrás de la cerca del jardín izquierdo y los chiqueros del toril dentro del propio césped, a unos cinco metros del ruedo.
No obstante, cuando ya se había vendido la casi totalidad de la boletería y el pueblo espera impaciente que el poco frecuente suceso, el ministro de Gobernación del gobierno de Ramón Grau San Martín se aparece con una noticia capaz de derribar un edificio: las funciones de los días 30 y 31 de agosto no serán oficiales, sino solo… ¡demostraciones!
En consecuencia, son vetadas las banderillas y las garrochas con puyas de los picadores, además, y como si fuera poco, ¡queda prohibido matar al toro!
Obviamente, el espectáculo resulta un bochorno, una engañifa para el público, a pesar del valor a toda prueba y la vergüenza profesional de los diestros.
A lo deslucido de una fiesta brava sin estocada se suma otro desastre: la docilidad de la ganadería del sábado 30. Elio Menéndez comenta en el Juventud Rebelde del 28 de abril de 1991 que se trataba de «toros mansos sin remedio que, haciendo caso omiso de capas y novilleros, volvían al lugar de donde salieron como si quisieran proseguir una siesta interrumpida. Parecían melancólicos y reumáticos».
Eladio Secades, por su lado, afirma en el Diario de la Marina del 31 de agosto de 1947:
“Toros en La Habana, pero nada más que a medias. Una bronca con una espada de madera adornada con papel de envolver chocolate reduce y relega la belleza de la institución al plano de la profanación… Los espectadores comprendían que faltaba algo, que faltaba mucho, que faltaba casi todo”.

Durante la corrida del domingo 31, vista por las 30 000 personas que abarrotan el Latino, los toros se sueltan un poco más y le permiten a Compadre Silverio lucirse con algunos capotazos temerarios que causan mucho furor en el respetable.
Aunque, en el momento en que aparece el cuarto y último toro, un torrencial aguacero pone fin al lance y el mexicano, inmortalizado por un pasodoble de Agustín Lara, decide torear el rumiante que falta el lunes, a fin de donar los aportes voluntarios de los asistentes a la Casa de Beneficencia y Maternidad. ¡En mala hora!

El programa de inicio de semana no se puede concretar, al parecer, por falta de autorización de la alcaldía, y cuando la multitud que se da cita en el Gran Stadium de La Habana se entera comienza a lanzar hacia el ruedo sombreros, cojines, botellas de bebida y hasta algunos ladrillos provenientes de un área en remodelación. En el incidente se reporta un joven con la cabeza rota; pero, hay muchos más heridos.

Tras el fiasco de la referida corrida de toros en la capital cubana nunca más se intenta organizar un evento de grandes dimensiones relacionado con los toros. La lección queda bien aprendida.
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