Angangueo, de zona devastada a Pueblo Mágico

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Angangueo, Michoacán

Angangueo es un pueblo minero que se ha negado a morir a pesar de las catástrofes que lo han azotado y, lejos de extinguirse, desde el 2012 está convertido en uno de los pueblos mágicos de México.

Su mayor tragedia ocurrió en febrero del 2010, cuando tras una atípica lluvia de cinco días, sus cerros se reblandecieron y tres enormes aludes sepultaron gran parte de esta localidad enclavada en las montañas de Michoacán.

“El suelo se cimbraba de la fuerza con la que bajaba el agua con lodo y piedras. Creíamos que todos íbamos a morir”, relata una de las sobrevivientes, a casi 12 años de distancia.

Fotos: Adán García

Las afectaciones de aquella épica tormenta se extendieron a varios municipios aledaños que, como Angangueo, crecieron junto a las montañas.

El recuento de los daños fue de 38 personas fallecidas y miles de damnificadas, al quedar destruidas mil 496 casas en toda la región -489 de éstas en Angangueo, la zona más siniestrada-, aparte de comercios, plazas, escuelas y equipamiento urbano destrozado, que desfiguraron el rostro del pueblo.

Pero lo más desgarrador y doloroso fueron las pérdidas de vidas humanas.

Fotos: Adán García

Los cerros se tragaron literalmente viviendas completas y otras las dejaron de pie, pero inhabitables; también arrasaron con las vidas de 35 habitantes, de todas las edades, incluidos niños a quienes las avalanchas de lodo tomaron por sorpresa.

Algunos cuerpos tardaron hasta tres semanas en ser recuperados, como el de la pequeña Andrea, de 14 años de edad, quien vivía en la comunidad de El Sauz, uno de los barrios que fueron desaparecidos por el desgajamiento de cerros.

La cifra de muertos incluye a tres trabajadores de la Comisión Nacional del Agua, quienes perdieron la vida ahogados cuando auxiliaban a los pobladores, moderando el flujo del agua en una presa cercana, y su lancha se volteó.

Fotos: Adán García

El pequeño cuerpo de Luis Fernando, de solo 10 años, también fue localizado tras dos semanas de búsqueda. Un día antes habían sido recuperados los cadáveres de su madre y otros dos familiares.

En un recorrido realizado por Primera Plana, el aspecto de Angangueo luce hoy totalmente recuperado después de aquel desastre natural que casi lo desaparece del mapa.

Alrededor de 460 familias fueron reubicadas a zonas más seguras, y reconstruidos y embellecidos los espacios que, en aquel febrero del 2010, quedaron devastados.

Foto: Adán García

La historia en un mural

El deslave de cerros no ha sido la única tragedia que azota a este pueblo. En 1953, un accidente en el quinto nivel de sus minas sepultó y mató a 25 obreros.

Ese episodio es uno de tantos que, el turismo que hoy llega a caudales, puede apreciar en un mural sobre la historia de Angangueo, el cual abarca todo un callejón y que fue pintado por el artista Jorge Téllez.

Dicho pasaje fue plasmado con la imagen de los mineros atrapados bajo los escombros y los nombres de cada uno de ellos, a manera de homenaje.

Foto: Adán García

Otra de las crisis que por poco termina con este pueblo creado en 1792 y elevado a municipio en 1831, fue el colapso de sus minas, las cuales eran originalmente explotadas por los españoles, seguidos de alemanes, ingleses, franceses y, ya en el siglo pasado, norteamericanos.

La American Smelting and Refining Company se mantuvo hasta 1953, pero a raíz de la tragedia en el quinto nivel, éstas pasaron a formar parte del patrimonio nacional y fueron operadas por la Impulsora Minera de Angangueo.

Así se mantuvo hasta 1991, cuando la mina fue cerrada por incosteable debido a que el precio de la plata se había desplomado en el mercado nacional e internacional y muchas familias tuvieron que emigrar.

Foto: Adán García

Jesús y Sergio, dos de los niños guías de turistas en el pueblo, narran con detalle cada uno de los pasajes plasmados en el espectacular mural del callejón, en el cual no ha sido recreada aún la inundación del 2010.

De esos deslaves, los dos pequeños guías solo conservan destellos en su memoria, pues todavía eran muy pequeños.

Ahora ya rondan las edades que tenían Andrea y Luis Fernando, quienes, al igual que los mineros sepultados, hoy son parte de la historia de un pueblo severamente azotado por la tragedia, pero también con una intensa luz y el brillo de su magia.

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