Criticar a AMLO desde la izquierda (respuesta a Jorge Zepeda)

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Realpolitik

La semana pasada, Jorge Zepeda Patterson publicó un artículo que me causó confusión y extrañeza. En su texto intitulado “La urgente necesidad de una crítica desde la izquierda a López Obrador”, publicado en Milenio, Zepeda argumenta que la izquierda mexicana está en deuda consigo misma, puesto que ha sido acrítica ante las acciones y decisiones de gobierno de AMLO.

Más específicamente, el autor arguye que: “Arrollados por la abrumadora presencia de ese fenómeno político llamado Andrés Manuel López Obrador, hemos matizado, silenciado o puesto en pausa el ejercicio de la crítica. Con tal de no alimentar la estrategia de desprestigio que los sectores adversos al gobierno de la cuarta transformación esgrimen en su contra, con el evidente propósito de desbarrancar su proyecto social, hemos sido omisos”.

El argumento de Zepeda Patterson no se sostiene por tres razones: primero, por falaz; después, por generalizante; finalmente, por incongruente. La propuesta de Jorge Zepeda es falaz porque no es verdad que la izquierda haya sido acrítica. Por el contrario, muchas de las críticas más severas y atinadas al gobierno obradorista han venido, precisamente, desde esa zona del espectro político. El autor generaliza porque asume que habla por toda “la izquierda”, sin importar que en realidad hay muchas izquierdas, con distintas agendas y demandas. Y su postulado es incongruente, pues, en el mismo texto que amonesta la ausencia de autocrítica, dispensa con excusas infantiles esa supuesta falta y elogia al presidente.

Empecemos por lo primero: lo falaz del argumento de Zepeda. No sé con cuál de todas las izquierdas que hay en México esté familiarizado el periodista, pero yo he leído y escuchado un sinfín de críticas provenientes de ese flanco del espectro político. Para citar sólo algunos casos insignes (que no aislados o excepcionales):

Ana Laura Magaloni ha criticado el desprecio de este gobierno por las leyes y el desaseo del aparato de procuración de justicia. Catalina Pérez Correa ha denunciado el talante militarista de López Obraror y el fracaso de su estrategia de seguridad. Javier Sicilia ha acusado el nulo respeto por las víctimas. Lydia Cacho ha alzado la voz contra las violaciones a derechos humanos y la protección a sus perpetradores. Peniley Ramírez ha realizado investigaciones periodísticas constantes sobre la corrupción de este gobierno.

Roger Bartra caracteriza a AMLO como un populista de derecha. Carlos Illades asegura que AMLO sí es de izquierda, en tanto lucha contra la desigualdad, pero conservador en lo social: de ahí su predilección por instituciones como la familia tradicional y el ejército. Jorge Javier Romero sostiene que el gobierno de López Obrador está marcado por una “pulsión autoritaria”. Cuauhtémoc Medina ha denunciado el archinacionalismo de la posición obradorista respecto a la cultura y la historia.

Ésos son sólo algunos ejemplos representativos, aunque quizá las críticas más duras provengan del movimiento feminista, que no se ha cansado de manifestarse en contra de la violencia machista que atraviesa todo el país y a favor de los derechos de las mujeres. ¿Alguien se atrevería a tildar al movimiento feminista de derechista o conservador? Pues resulta que sí, y es el presidente de México.

Inspeccionemos, ahora, el segundo elemento que invalida el argumento de Zepeda Patterson: la generalización. Como ya se ha dicho, el autor se toma la licencia de hablar a nombre de la izquierda en su totalidad y la tacha de acrítica. Sin embargo, Zepeda debería referirse solamente a sí mismo o, a lo mucho, a la izquierda que se asume obradorista.

Zepeda ha renunciado a ejercer la crítica; el movimiento feminista, no. Zepeda ha preferido el elogio constante; Bartra, Magaloni, Illades y muchos otros han optado por el análisis y el cuestionamiento. Zepeda decidió “matizar, silenciar o poner en pausa” sus reclamos y cuestionamientos al Ejecutivo; muchos otros izquierdistas apoyaron a AMLO en las urnas, pero no vieron su voto como un cheque en blanco, sino que decidieron escrutar los actos del antes candidato y ahora presidente.

Es cierto, como Zepeda, muchos otros analistas e intelectuales de distintas posiciones izquierdistas optaron por adherirse al oficialismo. Así lo hicieron Lorenzo Meyer, Pedro Salmerón, El Fisgón, Blanca Heredia y muchos otros. Están en su derecho, pero que hablen por sí mismos: desde sus simpatías o su militancia.

Si ellos se autoasumen de izquierda, adelante; pero que no hablen por el resto de las corrientes izquierdistas. Si ellos deciden legitimar, con sus herramientas intelectuales y su capacidad argumentativa, cada acto de gobierno, que lo hagan; pero que no sostengan que la izquierda, toda, apoya al presidente.
El tercer elemento que desvirtúa la argumentación de Zepeda Patterson es la falta de congruencia. Por un lado, el autor exige una mayor autocrítica a la izquierda; por el otro, lanza múltiples excusas de por qué ha carecido de ésta: que si los conservadores se apropiaron de sus banderas y las vaciaron de contenido, que si el presidente tuvo que priorizar el combate a la pobreza por encima de cualquier otra causa, que si había que estar cohesionados en torno al proyecto obradorista.

Del mismo modo, el autor pide disculpas cada que va a esgrimir una crítica contra el presidente, como si esto fuese un pecado, o peor aún, parece creer que cada crítica debe ir acompañada de un elogio (y éste no es un rasgo exclusivo de este texto, sino que ha sido la tendencia de su columna semanal a lo largo de todo el sexenio), por ejemplo: “Pero la respuesta a ese llamado [del obradorismo] no puede ser incondicional o exigir una obediencia ciega a las decisiones del líder, por más que se trate de un político fuera de serie, por donde se le mire”.

Para finalizar, cabe establecer una breve aclaración. Yo mismo he argumentado que: “Lo peor que pudo ocurrirle a la izquierda democrática en México fue la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República. La victoria electoral de AMLO desdibujó a la izquierda democrática, menguó la fuerza de muchos de sus liderazgos y minó el arrastre social de sus diversas corrientes y manifestaciones”.

En eso, coincido con Zepeda: el gobierno obradorista ha socavado la capacidad reflexiva y la pluralidad de las izquierdas porque muchas de ellas se adhirieron felizmente al oficialismo. No concuerdo, sin embargo, en cuanto a que la izquierda, en su totalidad, ha sido acrítica. El obradorismo es lo que carece de autocrítica, no la izquierda. Quizá valdría la pena que Jorge Zepeda Patterson se asumiera como obradorista, no como izquierdista o progresista.

Urge que el obradorismo genere capacidad de autocrítica y combata el culto a la personalidad. Es legítimo simpatizar con un gobierno y, a la vez, cuestionar ciertas decisiones y acciones. Es válido militar en una corriente política, al tiempo de criticar a quien la lidera. No es un pecado criticar al presidente. No hay que pedir disculpas por hacerlo.

Zepeda fue un crítico agudo de otros gobiernos y es un periodista con probada capacidad de análisis y argumentación. Valdría la pena que siguiera su propio consejo, desempolvara esas habilidades y volviera a ejercerlas.

Twitter: @jacquescoste94

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