Morelia, Michoacán

El poder del perro (1921), australiana, con la dirección de Jane Campion, no tiene mucha acción, más bien es una de esas películas de atmósfera, de mundo interior, de desgarre, de reflexión que, enseguida, atrapa a los espectadores que no temen los temas duros y ven en el cine una posibilidad más de diversión y crecimiento personal.

Es, en pocas palabras, un western, una cinta capaz de retratar con singular maestría el duro y agreste modo de vida del medio oeste norteamericano de los años 20 del pasado siglo: los establos, las montas, el vaquerío, el bar, el piano, la cerveza espumosa, las prostitutas, los primeros autos que parecían de cartón.

En este ambiente árido, de soledad y desamparo, viven, en un rancho en Montana, los acaudalados hermanos Phil (Benedict Cumberbatch) y George Burbank (Jesse Plemons) quienes se mueven encarados en un tablero de ajedrez.

Phil es un joven soberbio, agresivo, hiriente y mordaz mientras que George es elegante, genial, ambicioso, cruel y, sobre todo, impasible y amable. La convivencia en principio no es mala, viven en mundo apartes y se toleran, sin amarse.

Sin embargo, todo cambia cuando George logra conquistar a la viuda del pueblo cercana, Rose (Kirsten Dunst), exesposa de un suicida y con un hijo, Peter, amanerado. El matrimonio es un relámpago y esta mujer se adueña del enorme caserón de la familia patriarcal perdido en medio de la nada.

Aquí es donde empieza, realmente, esta película de “vaqueros”. Phil, sorprendido y furioso, se siente rebasado y le declara una guerra sádica a la dama durante la cual se aprovecha de su debilidad más notoria: es alcohólica, insegura y mediocre en el piano, su mayor refugio.

Pero lo peor de todo es que el dueño de casa usa a Peter en contra de la madre. Lo atrapa en una fina madeja de intrigas y dobles lecturas y lo convierte en un aliado, en un incondicional, en un peón.

El guion se luce con diálogos bien hilvanados y profundos que contribuyen a lo que será el mejor acierto del filme: el diseño de personajes profundos y conmovedores, sin menospreciar el formidable diseño de época que se logra y el trabajo del director de fotografía, Ari Wegner, quien retrata a lomo de mulo las ásperas montañas que rodean el lugar.  

La escenografía, el vestuario, todos los elementos accesorios, se conjuga para darle autenticidad a un producto audiovisual que termina seduciendo a los amantes del buen cine, quienes gustan de las pasiones fuertes que dan lecciones.

Si algo se le puede reprochar a la cinta, que ya puede ser vista en Netflix, es su final. El director nos engaña y cuando todos esperábamos que se marchitara la relación entre George y Rose, el amor, la necesidad de comunicación que tenemos los humanos, terminan venciendo a la maldad y al odio.


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