Morelia, Michoacán
Con una sala abarrotada y deseosa de ver buen cine se estrenó anoche en Cinépolis Centro el filme francés Annette, de Leos Carax, ganador de un premio en el Festival de Cannes, y bendecido de manera arrolladora por la crítica internacional.
Y conste que la narrativa de este musical no es nueva, ni siquiera novedosa, pero la manera desgarradora en que se trata el drama humano del éxito y el fracaso, el amor y el odio, conmueve a los espectadores y los conduce por un camino alucinante, excéntrico y mágico.
Con un ritmo lleno de carga emotiva, eléctrico por momentos, gracias a una excelente edición, la cinta nos retrata a una pareja de celebridades que, al principio, unen sus vidas para gritarle su felicidad a todo el mundo; las tragedias son solo para la ficción.
Henry (Adam Driver), un cómico excéntrico y exitoso está casado con Ann (Marion Cotillard), una cantante de ópera que se muere mejor que nadie en escena. Delirio, reflectores dinero, todo fluye y, entonces, llega una niña rara, que apenas habla, que vive en el misterio y en los sitios recónditos: Annette.
Sin embargo, la cinta no se ahoga en un melodrama barato: a Henry la fama se le acaba muy pronto y paga caro sus espectáculos ácidos y grotescos: los aplausos se transforman en alaridos, en aullidos de un público feroz, que lo llevan a refugiarse en la bebida. El matrimonio empieza a desmoronarse y, en un intento de reconciliación, se va al mar, a transformar el fuego en cenizas.
El resto es confusión, llanto, Ann muere ahogada tras una discusión con su marido, y cuando el mundo se desmorona para Henry, el artista descubre, por esas casualidades que solo nos regalan los ángeles, que su hija puede cantar, y lo puede hacer de manera extraordinaria, única, celestial.
¿De nuevo la flama, las lentejuelas, al apapacho del gentío con los teatros llenos? Solo al principio, la niña (que es en realidad un maniquí explotada por el padre) arrasa en fama, pero no está ciega, aprecia la maldad y el crimen del entorno que la representa y, en plena gloria, hace lo que nadie espera: denuncia.
Más allá de las actuaciones, que son estupendas, destacan en la película la escenografía y los decorados, y una dirección de fotografía de Caroline Champetier que todo lo hace grande, avasallador. El vestuario habla por si solo y la casi ausencia de diálogos es suplida por la música de Ron Mael, Russell Mael y Sparks, quienes crean canciones muy bien interpretadas por los protagonistas con el apoyo de coros que usan la gestualidad excesiva para darle mayor peso a un argumento oscuro y morboso.
El guion de Ron Mael y Russell Mael tiene un gran mérito: la brevedad, con un solo parlamento se mueve el alma de los que fuimos a ver este espectáculo lleno de glamour y tragedia.
Leos Carax tiene fama de ser el “l’enfant terrible” del cine francés. Annette es una prueba de ello.
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