Morelia, Michoacán
Por un reino de la impunidad, los asesinatos, robos, extorsiones, cobro de piso, amenazas y secuestros siguen siendo el pan de cada día que padece la ciudadanía de Michoacán. Regiones como Zamora y la Tierra Caliente se han convertido en escaramuzas de la muerte, expresaron autoridades eclesiásticas de la Arquidiócesis de Morelia.
“Todos estamos preocupados por la ola de violencia que vivimos, los sacerdotes que estamos cerca de las comunidades lo vemos. Hay asesinatos y todo tipo de delitos que se cometen en contra de la gente y sigue habiendo impunidad, por más denuncias que se interpongan, a veces no se aplica la ley; no hay efectividad en la persecución del delito”, indicó el cardenal Alberto Suárez Inda en conferencia de prensa virtual convocada por la Arquidiócesis de Morelia.
En ese sentido, Suárez Inda lanzó un llamado para que cada parroquia de la Arquidiócesis se convierta en un centro de escucha que brinde atención jurídica, espiritual y psicológica para las personas afectadas por la violencia.

Al respecto, el obispo de Apatzingán, Cristóbal Ascencio García, precisó que los focos rojos de conflicto que se viven en su región se centran en Aguililla (en las comunidades Dos Aguas y el Aguaje) las personas desplazadas por la violencia se cuentan por centenas; situación similar se vive en Tepalcatepec, Buenavista, Chinicuila y Coalcomán.
“Hay desplazamientos de comunidades campesinas enteras, que se ven asediadas por el crimen organizado, hay comunidades abandonadas. No puedo decir si son más de mil, pero sí son muchas familias en la desolación y abandono”.
Por su parte, el obispo de Zamora, Javier Navarro, comentó que la diócesis concentra a tres municipios que se encuentran dentro del listado de las 50 ciudades más violentas del país: Uruapan, Zamora y Jacona que se han convertido en escaramuzas de la muerte, por el choque entre grupos criminales que se disputan la plaza.

“En la región, los corredores entre los Reyes, Tingüindín, Santa Inés y Tocumbo, los ciudadanos viven entre constantes balaceras y hay que reconocerlo; desde la Iglesia no ha habido una estructura de seguimiento de la fe, quienes provocan la violencia han hecho del crimen su oficio y modus vivendi, que más bien es es un modus muriendi”.
El sacerdote fue autocrítico al señalar que desde la institución religiosa, hacen falta acciones más integrales para atajar el problema de la violencia, que si bien es una tarea del Estado, la religión tiene un peso fundamental para la construcción de paz.




