Morelia, Michoacán
El segundo piso del bar parece un mundo totalmente ajeno a lo que sucede en la calle. Si afuera el frío arrecia por la tarde lluviosa, al interior sobra el calor humano. Mientras en los altavoces se hace presente Maluma con Hawai, en la terraza retumban de lado a lado los cantos y las risas.
Es jueves y el lugar está lleno. Por las mesas circulan las jarras de litro y medio de cerveza que se venden a 85 pesos. No hay cubrebocas ni sana distancia, todos conviven unos con otros y el mundo se mira feliz desde aquí, despreocupado y con ganas de pedir una más.
Luego de casi un año y medio de pandemia, en el centro de la ciudad regresaron los murmullos, la música y las botellas chocando entre sí. El pasado 25 de agosto el presidente municipal de Morelia, Humberto Arróniz, dio luz verde para que los bares y cafés del centro reinstalaran el mobiliario en portales y Jardín de las Rosas, con la condición de que el aforo de los establecimientos no superara el 50 por ciento.
Por la avenida Madero, los bares exhiben medidas más estrictas y las indicaciones respecto al covid son claras, pero en las calles que esconde esta zona de la ciudad, los descuidos son evidentes: al ingresar a un bar de las Rosas no se hace la respectiva toma de temperatura corporal, no existe la división entre mesas y si el mesero se acuerda, te proporciona una ligera dosis de gel antibacterial.

Lo mismo sucede en bares contiguos, como Minerva, sitio que ha tomado popularidad y que se encontraba atiborrado como en sus mejores días. Si la indicación era que la afluencia de bebedores empedernidos no superara el 50 por ciento, en este sitio se ha entendido como un llamado al sobrecupo.
Pero también están los otros bares, los que se miran vacíos y desolados y que hacen dudar si dentro de toda esta fiesta también existe un grado de temor y consciencia para no contagiarse. En Frida no hay ni una sola mesa ocupada y el barman pasa los minutos en aburrimiento total.
Cambia las canciones, sale a fumar, regresa y espera que caiga algún cliente que lo haga olvidar que todavía faltan un par de horas para cerrar. En el Chamoy ocurre algo similar, el fuerte ruido de la música es engañoso y por momentos te hace pensar en una gran fiesta, pero al interior solamente sobrevive el personal del lugar.
Por las tradicionales Rosas, la lluvia ha espantado a la clientela y apenas una familia se anima a ocupar una de las mesas. “No fue un buen día, el aguacero nos arruinó todo”, confiesa un mesero que no para de invitar a los transeúntes a que ingresen al bar. “Sí tenemos lugar”, oferta.

El taxista Manuel dice que la cosa ha estado medio floja en estos primeros días de reapertura, pero que espera que el fin de semana todo mejore.
“En Beer Pong los meseros me están pidiendo que el viernes y sábado los recoja a las cuatro de la mañana, pero no sé si valga la pena, mi mujer ya no quiere que trabaje en la noche y en parte tiene razón, la desesperación de la gente por la falta de dinero puede llevarlos a convertirse en asaltantes”.
De acuerdo con datos de la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y Alimentos Condimentados (Canirac), lo ideal es que los establecimientos pudieran funcionar a un 70 por ciento, pues a decir del presidente, Fernando Figueroa Silva, los dueños pueden resistir la tormenta, pero no los trabajadores.

“Afuera/ afuera tú no existes/ sólo adentro/ afuera/ afuera no te cuido/ solo adentro”, el grupo Caifanes despide la velada en los altavoces y todos se miran un poco más mareados. Una pareja se besa sin pausas y se olvidan de todo lo que hay alrededor.
No es ni la media noche, pero el bar no tiene autorización de ampliar su horario de servicio. Hay quienes se alistan para buscar otra guarida, ir en busca de más cerveza y “seguirla”. Total, mañana será otro día y la cruda puede esperar.




