Crónica: Juan y la desesperanza por la desigualdad de medidas sanitarias en Morelia

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Morelia, Michoacán

Juan arrastra con desgana su carro de Bon Ice. Luce agotado, con la gorra y el cubrebocas desalineados. Por si algo le faltara, su rostro se convierte en total fastidio cuando se encuentra de frente con una plaza Melchor Ocampo entre vallas. “¿Y ora por qué?”, pregunta al aire mientras a su espalda un grupo de turistas escucha con atención la historia del lugar que es explicada por un guía que habla perfectamente inglés.

Desde el pasado 2 de agosto, el Ayuntamiento de Morelia decidió clausurar las tres plazas públicas que registran una mayor afluencia de visitantes dentro del Centro Histórico; pero fuera de ellas, la vida sigue su curso. Los transeúntes van y vienen por la avenida Madero, siempre apresurados por la rutina.

A Juan lo del cierre de la Plaza de Armas, Melchor Ocampo y Valladolid, no le ha caído en gracia. “Con esto otra vez nos amolaron, apenas estábamos empezando a agarrar sangrita y aparte ahorita alguien del Ayuntamiento me dijo que no podía vender, que no tengo permiso”.

Pero tampoco se victimiza. Dice que no va a mentir y explica que en un buen día llega a ganar 200 pesos gracias a la venta de bolis, lo suficiente para por lo menos sobrellevar la responsabilidad de mantener a su esposa y cuatro hijos.

Lo del Bon Ice es una cosa temporal. Espera que tras la pandemia de covid, pueda ser reinstalado en su antiguo trabajo como intendente del Hospital Civil. Cuando el virus tomó por asalto al mundo, Juan asegura que él y otros 113 compañeros, distribuidos también en los centros de salud de La Mujer e Infantil, fueron “descansados” sin mucha explicación de por medio.

Pasaron meses complicados y cuando parecía que se podía dominar la contingencia, recibieron el llamado para retomar las labores. Sin embargo, la simulada tranquilidad se esfumó luego de las pasadas elecciones, cuando de nueva cuenta fueron despedidos.

“Entre comillas se sabe que ya no vamos a volver, que solamente quince compañeros se salvaron. Yo ya tenía cuatro años trabajando en el hospital, así que quién sabe, ojalá sí se pueda volver porque esto de los hielitos es una cosa de ahorita nada más”.

Todos los días Juan recorre el centro de la ciudad y entre esas horas laborales, se cuestiona por qué las medidas parecen funcionar a medias y sólo para un sector de la población. Ya lanzado en desahogo, refuta que de poco sirve que a los cafés les retiren las mesas si adentro de los establecimientos todo está saturado.

“Si nos van a encerrar, que nos encierren a todos, pareja la cosa, pues” expresa para aclarar que no está en contra de lo que dictaminan las autoridades, pero sí de que la división siga tan latente, que los locales de la periferia siempre sean los que tienen que pagar.

Juan no duda del virus, es más, fue de los primeros dentro de la fila en el centro de vacunación. Pero las cifras emitidas a diario por la Secretaría de Salud de Michoacán (SSM) no le bastan. Nada le dicen los 786 nuevos casos que se registraron en las últimas 24 horas, ni tampoco las 77 mil 433 personas que se han contagiado en lo que va de la pandemia.

Mientras Juan siga viendo la vida correr en los bares, restaurantes, cines y cafés, bajo la mirada cómplice e indiferente de los policías municipales, deja claro que insistirá en la disparidad de las medidas. Y al mismo tiempo, lanzará una petición a todos los gobiernos: “Ayúdennos a creerles”.

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