El día que la vida les cambió a los internos del Cefereso No. 17

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Buenavista Tomatlán, Michoacán / Daniel Mejía

La vida de Gonzalo cambió radicalmente cuando le dijeron que él podría seguir siendo un ciudadano productivo. Más que eso, Eulalia, su mujer, ya no pasará “las de Caín” para darle sustento, vestido y escuela a sus tres hijas de 6, 8 y 11 años de edad. El hombre, que lleva tres años en reclusión parece otro, cuenta su esposa Yaya.

Y es que la actual Dirección del Centro Federal de Reinserción Social (Cefereso) número 17, situado en Buenavista Tomatlán, ha iniciado un ambicioso programa de autoempleo para los internos, que les permite capacitarse y desarrollar sus habilidades y talento en distintas áreas, como la gastronomía, la elaboración de bisutería, pinturas al óleo, manualidades y decorado de sandalias.

“Mi esposo, aun cuando está preso, nos da dinero para la escuela de las muchachas. Yo tenía que trabajar en una casa de por aquí cerquita, me pagaban 150 pesos diarios y tenía que dejar solas todo el día a mis hijas y eso, la verdad, no me gustaba”, relata Yaya, ahora una mujer optimista.

El programa diseñado por el director del centro de reclusión tiene distintos fines, pues además de mantener ocupada a la población interna, les genera un ingreso y les permite vivir su situación de encierro en mejores condiciones de estabilidad emocional y mental, en virtud de que se han convertido en una comunidad participativa y productiva.

Los internos compran los insumos, desarrollan los productos y los comercializan con el apoyo de las autoridades del penal; los recursos económicos que obtienen los destinan a la manutención de sus familias, muchas de las cuales quedaron en el desamparo cuando se ausentó alguno de los jefes del hogar.

La vida de Mónica, una mujer que ronda los 40, también cambió, pese a la ausencia de su marido, uno de los internos del Cefereso 17.

“Ya hemos sobrellevado la situación de Eduardo, él se ha convertido en un padre amoroso y destina a nuestros cuatro hijos el dinero que gana produciendo sandalias”, cuenta la señora.

El programa fortalece el vínculo familiar, toda vez que la misma actividad productiva propicia que aumenten las visitas de los parientes al centro penal. Paralelamente, se estimula el desarrollo de la comunidad en esa región del estado, porque unos venden los insumos y otros los transforman en productos para que lleguen al mercado local.

Don Fausto, un comerciante de la región, también ha visto evolucionar su economía:

“Yo vendo material para que los internos del Cefereso confeccionen sandalias que se venden en las tiendas de la región, alguna mercancía se va hasta Lázaro Cárdenas y tiene muy buena aceptación entre los paseantes a las playas, es una compra venta en cadenita que a todos nos ayuda”, señala el hombre.

Foto: Semanario Zeta

El impacto económico de este programa que creó el actual director del penal ha sido medido por las autoridades del Cefereso 17 y hoy reporta saldo satisfactorio, toda vez que en municipios aledaños a Buenavista Tomatlán se ha sentido un repunte paulatino, en cadena, de la economía, derivado de la compra de insumos, lo que se traduce en un círculo virtuoso que a todos beneficia.

María Lucila, una joven de no más de 30 años, madre de unos gemelos de cuatro años y una niña de seis, comparte su historia:

“Yo doy gracias porque en los dos años que mi esposo lleva en ese lugar (el penal), no habíamos podido contarla, nuestra situación era muy precaria, a veces nos la llevábamos con una comida al día, mis padres me ayudaban pero no era suficiente. Ahora mi esposo pinta paisajes, vendemos muy bien las pinturas y ya podemos comer mejor”.

Familiares de los internos reconocen que el impulso que ha dado la actual Dirección del Cefereso 17 a estos programas ha llevado a los hombres privados de su libertad a una dinámica de inclusión y de reconocimiento que su situación de reclusos no puede separarlos del respeto a su condición humana y como ciudadanos productivos.

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