Morelia, Michoacán
Cada sexenio, durante la época de las elecciones, o incluso antes, los políticos de nuestro país nos ofrecen una gran cantidad de términos simpáticos y bien populares, capaces, en ocasiones, de permanecer grabados en lo más profundo de nuestra memoria y de hacerse presentes en las discusiones que se presentan entre los seguidores más eufóricos de los diferentes partidos políticos.
Tal vez, la más famosa de todas, es la voz populista, que distingue a muchos candidatos que intenta establecer su base de poder mediante adulaciones y promesas falsas con tal de hacerse distinguir.
También vale la pena recordar el término acarreado, que retrata con ironía a los individuos que carecen de criterio para tomar decisiones o tiene agujeros en los bolsillos, y le va al partido que mejor les pague. A estos sujetos casi los llevan de la manito para que sean participantes en mitin o manifestación, y por supuesto, el día de la elección tienen que darle su voto al jefazo que los compró.
Cercanos a estos figuran los llamados churros, quienes se metían en sus bolsillos una decenas de boletas con el voto a favor del candidato de su preferencia y, escondidos, los depositaban en las boletas sin muchos miramientos.
También está de moda la palabra carro completo, que se emplea cuando todos los candidatos de un mismo partido político resultan ganadores, gracias al uso de embustes, matracas y cohechos de todos los tipos y tamaños.
¿Y qué me dicen de los mapaches? Esta construcción que nos recuerda, en primer término, a esos mamíferos con apariencia de ladrones, retrata durante las elecciones mexicanas a quienes, asesorados por los llamados alquimistas, estrategas del juego sucio, se roban las urnas llenas de votos que, supuestamente, favorecen a un candidato opositor.
Por último, tenemos a la Operación Tamal, una actividad ilegal que se lleva a cabo por las mañanas, cerca de las casillas de votación, durante la cual los ciudadanos humildes del pueblo son sobornados por el coordinador seccional, o el tipo duro de la manzana, con el típico desayuno mexicano: atole y tamal a cambio de su voto por el partido que se pretende favorecer.
Como vemos, el mexicano, creador infatigable de localismos, siempre atractivos y fiesteros, se las ha arreglado para darle cuerpo a una suerte de jerga electorera que le agrega un ingrediente pintoresco al libre ejercicio de votar en defensa de nuestro sistema democrático.




