Carrera de la muerte

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La Habana, Cuba

Sobre el secuestro en La Habana, Cuba, del argentino Juan Manuel Fangio por un comando del Movimiento 26 de julio de Fidel el domingo 23 de febrero de 1958, el día antes de efectuarse el II Gran Premio de Cuba de Fórmula I, se han escrito toneladas de artículos.

Sin embargo, sobre el desarrollo de dicho certamen, convocado por el régimen de Fulgencio Batista para tratar de mejorar sus índices de popularidad, no se conocen tantos detalles.

La Comisión Nacional de Deportes se vuelca por completo a la organización del torneo de Fórmula I, en el cual se inscriben los corredores más famosos del mundo, y pocos antes del 24 de febrero, día destacado del calendario patrio cubano, se colocan grandes palcos alrededor del circuito cerrado del Malecón.

No obstante, nadie se imagina que cada espacio, curvo o recto, constituye una trampa de muerte, porque la pista no es diseñada por los expertos más calificados.  

En realidad, los organizadores cometen errores garrafales en el diseño general de la competencia.

En primer lugar, es permite a los pilotos criollos competir frente a los todopoderosos Ferrari, Maserati, Porsche, Jaguar y Osca, con motores entre 1 500 y 4 900 cc., sin que antes hayan tenido una adecuada preparación, además, toman la salida una treintena de carros de distintas cilindradas cuando solo hay capacidad para 15 o 20.

Para colmo, el público se aglomera de amanera suicida en los bordes de la pista o abarrota las gradas próximas a las curvas más escalofriantes y se hace coincidir la pugna internacional con carreras nacionales de motos y autos deportivos que maltratan y llenan de aceite el pavimento.

La primera víctima de tamaña imprevisión es el puertorriqueño Diego Ismael Veguilla Verdecia, cuyo Packard reconstruido choca en las primeras eliminatorias contra una farola situada en Malecón y Humboldt y se hace añicos.

El cuerpo del joven as queda aprisionado entre un amasijo de hierro y es necesario usar varias poleas para sacar sus restos.

Por supuesto, este primer descalabro no amilana a los miembros de la novel escudería cubana patrocinada por Ferrari —con Armando García Cifuentes, Jorge Galtés y Abelardo Carreras como figuras más notables— y muchos menos a las estrellas que se han dado cita en La Habana, entre quienes figuran el británico Stirling Moss, eterno subcampeón mundial y el dominicano Porfirio Rubirosa, un playboy que hace estragos entre las actrices de Hollywood.

El galo M. Trintignat sustituye a última hora a Fangio, triunfador en el I Gran Premio de Cuba de 1957 y cinco veces ganador de la Fórmula 1. En total se inscriben 32 conductores de 12 países. Todo un éxito.

Los gladiadores del asfalto deben dar cerca de 90 vueltas hasta completar 500 kilómetros a lo largo de todo el Malecón desde la Avenida de los Presidentes al Parque Maceo. Pero, la fatalidad tiene un hambre feroz.

Cuando más reñida está la lid, el Ferrari número 54 del debutante García Cifuentes se sale de la pista en la sexta vuelta, en la calle Calzada, entre M y N, a unos 25 metros de la embajada norteamericana y, tras arrollar a un gran número de espectadores que saltan como muñecos de cuerda, se estrella contra una grúa.

Hay 6 muertos y unos 40 heridos según cifras oficiales.

Más tarde se sabe que García Cifuentes, huérfano de fogueo internacional, se presenta en esta prueba de fuego muerto de cansancio tras pelear en varios lances clasificatorios.

Jess Lozada indica en Carteles, en marzo de 1958, que tras el accidente se suspende la pugna y se da como ganador a Stirling Moss, quien en ese momento marcha primero. La ciudad se enluta al perder a varios de sus hijos y nadie aplaude los premios.

El Gran Premio de Cuba de Fórmula 1 tiene una nueva y última edición en 1960, tras el triunfo de la Revolución cubana del año anterior. Por fortuna, se usa un nuevo circuito.

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