Los niños: orgullo de la economía capitalista

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OPINIÓN – Omar Carreón Abud

Amigo Pedro, viejo Maestro y compañero, atrevido y valiente Pedro Zapata Baqueiro, una vez más me acordé de ti. No porque me esté haciendo viejo, no, desde hace mucho tiempo, con mucha frecuencia me acuerdo de ustedes mis modelos y mis asombros y ahora, impactado por las noticias terribles, se me atravesaron tu imagen y tu voz diciendo “El mundo del niño” de Rabindranath Tagore, estremecedor cuento que te escuché haciendo grandes esfuerzos para no llorar. No tengo duda, ayudó, ayudaste a que en tiempos aciagos fuera más humano.

“¡Ah, si yo pudiera entrar hasta el mismo centro del mundo de mi niño para elegir allí un placentero refugio! Sé que ese mundo tiene estrellas que le hablan, y un cielo que desciende hasta su rostro y lo divierte con sus arcoíris y sus fantásticas nubes. Esos que parecen ser mudos e incapaces de un solo movimiento, se deslizan en secreto a su ventana y le cuentan historietas y le ofrecen montones de juguetes de brillantes colores. ¡Ah, si yo pudiera caminar por el sendero que cruza el espíritu de mi niño y seguirlo aún más allá, más allá, fuera de todos los límites! Hasta donde mensajeros sin mensaje van y vienen entre Estados de reyes sin historia, donde la razón hace barriletes de sus leyes y los lanza al aire; donde la verdad libera a las acciones de sus grilletes”.

Dijo el gigantesco Rabindranath Tagore.
Omar Carreón Abud

No existe el placentero refugio en el centro del mundo de mi niño ni del niño de casi nadie, en este mundo ya no hablan las estrellas ni persona alguna le ofrece montones de juguetes de brillantes colores, están ausentes los lugares donde la razón hace barriletes de las leyes, lanza al aire a los reyes y la verdad libera a las acciones de sus grilletes. Los habrá. Lo sé. Lo juro. Pero, por lo pronto, se enseñorea la casa fétida, ardiente en el verano, helada en el invierno, abarrotada siempre, la madre tensa y explosiva, ahora ausente, el padre también, el hambre, no. La educación, un lujo al que llegan pocos, y la salud, un privilegio.

Cómo no acordarnos del cuidado extremo que necesitan y merecen las nuevas generaciones de seres humanos, cómo no tener presentes los modelos estremecedores de los animales que cuidan a sus crías a costa de su vida porque en ello les va la sobrevivencia de la especie, ahora, precisamente ahora que, no el género humano, sino los beneficiarios del modelo económico neoliberal capitalista, precipitan a la sociedad a una caverna negra en la que se sacrifica a casi todos y especialmente a los hombres y las mujeres del mañana. A lo más delicado que tenemos. “La pandemia crea una “epidemia” internacional entre menores”, cabecearon varios diarios en días pasados, reproduciendo un despacho de la agencia Associated Press. “Cuando sus padres lo llevaron al hospital, Pablo, de 11 años, apenas comía y había dejado de beber. Débil tras meses de privaciones, su corazón se había ralentizado y sus riñones estaban fallando. Los médicos le inyectaron fluidos y lo alimentaron a través de un tubo, los primeros pasos para sanar a otro niño deshecho en medio del tumulto de la crisis del coronavirus”. Eso, dice el reportaje, en París. Pero no sólo en París, ni a causa del coronavirus. La tragedia ya estaba en marcha en todo el mundo, sólo se ha agudizado de manera espantosa.

Reiteremos que vivimos en el régimen de la ganancia, en el que la inmensa mayoría de la humanidad vende su energía vital, su fuerza de trabajo a cambio de lo indispensable para sobrevivir y regresar al nuevo día solamente a tornar a vender la energía renovada. Y reiteremos que esa energía vital, esa fuerza de trabajo, produce durante la jornada y jornada tras jornada, toda la vida, cantidades inmensas de riqueza retratada en los paisajes urbanos llenos de edificios suntuosos y vehículos sofisticados o en los bellísimos paisajes rurales cultivados con esmero prodigioso, riqueza inmensa, inimaginable para nuestros antepasados, y que no la disfrutan los que la crean. Ese es nuestro mundo: riqueza en un extremo, privaciones en el otro. Así estábamos antes de la pandemia, ahora estamos peor.

¿Y los que se van y nunca vuelven? La migración ya es vieja en el mundo, en el capitalismo se ha vuelto espantosamente masiva y universal. Ahora, para orgullo del capital y su modelo de sociedad, se van lejos los niños solos de muy corta edad. “La llegada incesante de miles de inmigrantes indocumentados menores de edad no acompañados a la frontera estadunidense (una mitad de ellos mexicanos en 2020) amenaza con empantanar las intenciones del gobierno de Joe Biden de promover reformas migratorias”, se escribió en varios diarios en días pasados. “Las autoridades interceptaron a más de 100 mil migrantes indocumentados en febrero pasado -se completó- entre ellos más de 9 mil 400 menores de edad no acompañados”.

A ver amigo, lector, ¿qué habría sido de usted, dónde estaría ahora, si a los 10 o 12 años de edad hubiera tenido que cruzar solo la frontera con Estados Unidos y entrar a un país ajeno a buscar una casa y la forma de ganarse la vida? No nos acostumbremos a leer las noticias de lo que pasa con la humanidad con indiferencia. México es un país que sobrevive de los que emigran, eso no es novedad, hasta el presidente de la república pregona y festeja que la crisis no se ha hecho más devastadora por la acción salvadora de los mexicanos que se sacrifican y envían remesas sin falta. Esto está pasando mientras escribo, mientras usted se toma la molestia de leerme.  

Esta es la realidad. Sólo que muchos de nosotros tendemos a considerar que se trata únicamente de lamentables excepciones, de desgracias que hay que lamentar y dar gracias a Dios de que no nos haya tocado a nosotros. La verdad cruda no es así. La mayor parte de los habitantes del mundo y de México, viven en condiciones de grave sufrimiento. La pobreza inunda al mundo y al país. Urge remediarlo y el régimen de la 4T no hace nada, no está en sus prioridades. Se necesita llevar adelante un proyecto de transformación en el que toda la gente tenga empleo, tenga un salario digno, tenga servicios médicos, educación y servicios urbanos a su alcance. Eso lo conquista el pueblo consciente y organizado, no un individuo solo.

Cito para terminar: “Para los doctores que los atienden, el impacto de la pandemia en la salud mental de los menores es cada vez más alarmante. Desde septiembre, el hospital pediátrico de París donde está Pablo ha duplicado el número de niños y adolescentes en tratamiento por intentos de suicidio. En otras partes del mundo, los médicos reportan problemas similares, con niños, algunos de solo 8 años, lanzándose de forma deliberada al tráfico, tomando una sobredosis de pastillas o autolesionándose de otra forma. En Japón, los suicidios en esta franja de edad alcanzaron niveles récord en 2020, según el Ministerio de Educación”.

¿Y si la criatura que se va al extranjero para siempre o se quita la vida, fuera suya o mía?

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