Dos años sin un gobierno claro

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Ágora

Jaime Martínez Ochoa

A dos años del gobierno federal, cabe hacerse la pregunta: ¿Hoy las condiciones son distintas que cuando inició la administración? O bien: ¿Yo, como ciudadano me siento más seguro, con una situación económica más estable, con perspectivas favorables de cara al presente y al futuro? La otra: ¿AMLO es un presidente diferente a los que hemos padecido?

Aquí de lo que se trata no es de que la respuesta varíe según si la emite un simpatizante o un detractor del presidente. Por el contrario, se debe hacer un ejercicio muy frío, en el que las pasiones no tengan cabida, si es que esto es posible.

Y la realidad es que por más que se diga que hoy las cosas son mejores o que ha habido un avance sustancial, que se sienta en el estado de ánimo de los ciudadanos, la verdad es que no es así. Más bien se tiene la impresión de que a AMLO le ha ocurrido lo que a todos los presidentes: Una es la realidad que ellos enarbolan, otra la que vivimos los ciudadanos.

Por ejemplo, si hemos de seguir el discurso de AMLO, en México ya no existe la corrupción ni el nepotismo, avanza la distribución de la riqueza, se respeta la libertad de expresión, ya no hay ejecuciones, se valora la lucha de las mujeres, hay crecimiento en las cifras del empleo. Si hay algo mal, esto se debe a que los enemigos del presidente, los conservadores, alimentan este tipo de percepciones.

Sin embargo, más allá de la opinión que tengan los detractores, que a la hora de criticar suelen ser tan apasionados como los simpatizantes, lo cierto es que en el país no se advierte nada que puede considerarse una evolución. Más bien se tiene la impresión de que estamos atorados en una tierra de nadie, en la que prevalecen los viejos vicios y las promesas siguen sin cumplirse.

Y esto se debe, en gran medida, a que el presidente, pese a lo que diga, ha tenido una actitud más restauradora que revolucionaria. Todas las innovaciones que ha emprendido han tenido como objetivo quitarse de encima la presión de los anteriores gobiernos, a veces sin mucho sentido, más que impulsar una verdadera trasformación, pese a que esta sea la consigna de su gobierno.

AMLO ha estado más ocupado en aliviar resentimientos, echar culpas, adoctrinar, victimizarse, que en forjar un gobierno para todos que por fin haga realidad el siempre deseado sueño del progreso. En su idea de ejercer como padre de la patria, se ha olvidado que hay necesidades apremiantes que se deben atender de inmediato.

Una de las pocas cosas que no cambian es su alta popularidad, pero esto también es su talón de Aquiles, pues es difícil que, con tantas mañaneras, con tanta exposición pública, el presidente no sea popular. Por de faul, mucha gente creerá en lo que dice no porque sea cierto sino porque lo dice él. Pero la popularidad, ya se sabe, no es garantía de nada: se puede pulverizar en cualquier momento.

Así que, volviendo a las preguntas iniciales, podemos decir que, desde la óptica ciudadana hoy las condiciones no son distintas a hace dos años, pues seguimos enfrentando los mismos problemas de antes y, en lo que respecta a AMLO, no hay hasta el momento un signo que nos indique que el presidente es mejor o diferente a los otros.

México no ha tenido su primavera, hasta la fecha. El presidente se ha limitado a quitar uno que otro tabique de la casa que le dejaron, reparando esta pared, quitando algunos colores, poniendo otros, pero, en esencia, la casa sigue siendo la misma, una casa en permanente construcción, con una democracia incompleta y con sueños y anhelos que siguen siendo eso.

¿Qué dos años son pocos? Sí, pero no para un presidente que prometió que en los primeros meses de su mandato las cosas serían diferentes. Entonces hay que lanzar otra pregunta al futuro: ¿Cuándo empezaremos a ser un país distinto, no como Dinamarca, sino como este que tenemos, pero más justo, más igualitario, más democrático y plural?

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