Refugio Eréndira, una luz en medio de las tinieblas que viven las michoacanas

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Morelia, Michoacán

“La violencia no es normal”, reconoce María luego de 22 años de haber sido vejada por su esposo y posteriormente por su hijo, al llegar con un cuadro depresivo y deseos de suicidarse al refugio con el que cuenta la Secretaría de Igualdad Sustantiva y Desarrollo de las Mujeres (Seimujer) en Michoacán.

El caso de María es uno de los 22 de núcleos familiares que llegaron al refugio “Eréndira” durante los primeros meses de la pandemia de COVID-19.

Una pesadilla que viven millones

Mientras se frota las manos, la mujer describe cómo la violencia era parte de su día a día:

“Yo vivía bastante violencia en mi casa, así estaba acostumbrado (su esposo) desde siempre, desde que nos casamos. Yo con mi mamá vi esa violencia porque mi papá violentaba a mi mamá; eso me hizo pensar que era algo normal: ‘Es lo mismo, es normal todo lo que estoy viviendo‘. Ya cuando me sentí bastante mal, es cuando mi hijo empezó a violentar a mi hija. Ahí sí no supe qué hacer”.

Desde el inicio de su relación, María sufrió violencia física y emocional, y posteriormente al maltrato se sumó a la violencia económica ejercida por su pareja, lo que la fue sumiendo en una falta de autoestima que consideró normal, al creer que el maltrato reflejado en su propia madre, era parte de la cruz que ella misma, como mujer, debía cargar, tal como lo aprendió de niña.

“Así pensaba seguir aguantando. Es como dicen: ‘es mi cruz y la tengo que soportar, porque mi mamá así la soportó‘” relata.

La violencia machista, una herencia cultural

Como María misma lo señala, esa violencia normalizada la comenzó a ejercer su hijo de 19 años, quien a su vez comenzó a golpear a su propia hermana, lo que detonó el hartazgo de la madre, y la motivó a buscar ayuda:

“Mi hijo golpeó a mi hija; le pegó. A pesar de que ella no me dijo nada en el momento, la vi llena de moretones en los pies, y sí le pregunté, entonces mencionó que su hermano es quien le había pegado, lo que me hizo sentir muy mal. Entonces reflexioné que no podíamos vivir de esa manera, y le dije que buscáramos ayuda. Esa fue la razón por la que busqué la ayuda”.

Refugio Eréndira, una esperanza

El apoyo que recibió en el refugio, asegura, le quitó un peso de encima:

“Con la atención que he recibido me abrieron los ojos, me enseñaron a que también tengo derechos. Aunque ya sabía que tenía derechos, aquí me describieron de forma amplia lo que es en realidad, lo que uno merece, y la violencia no se merece.

“Desde que vine la primera vez, destrozada, mal, de hecho me quería suicidar, porque creí que no valía la pena, yo creía que ya si me moría no tenía nada que perder. Me sentí mal, realmente muy mal. Ahora la verdad me siento hasta más segura; me siento bien, tranquila, duermo mejor”.

El maltrato y la violencia puede comenzar desde el noviazgo, asegura, por eso, “hay que abrir bien los ojos”, saber diferenciar entre una petición y una exigencia. Reafirma que se debe de poner un alto si lo que sucede es violencia, porque desde ahí las mujeres deben valorarse.

Mujeres llegan al borde de la muerte

Rosalba Núñez Montelongo, directora del refugio Eréndira, informó que actualmente en el refugio cohabitan tres mujeres, y que en el último mes egresaron otras cuatro. De las que aun están refugiadas dos de ellas tienen un hijo, y sólo una tiene dos menores consigo.

La edad de los menores, precisa, es de entre 5 y 7 años, además de una pequeña de un año y medio de nacida.

Las mujeres que llegan al refugio, relata, lo hacen porque la violencia que viven es extrema, y su vida está en riesgo, un riesgo que suele amenazarlas sólo a ellas, ya que es frecuente que los machos agresores respeten la vida de los hijos, pero éstos, aclaró, de todas maneras viven una violencia psicológica, porque son testigos del maltrato que hay hacia su propia madre.

“Todas las violencias están coludidas entre sí, pero básicamente las que llegan al refugio lo hacen porque ya existe un riesgo de perder la vida. Por los golpes que han recibido y por la violencia emocional que sufren, llega un momento en que ellas pierden toda esperanza y lucidez”, explica.

Emocionalmente, describe, las mujeres llegan sin autoestima, sin reconocer su valor, su dignidad como personas; llegan muy deprimidas y algunas veces con cuadros de ansiedad muy fuertes, que suele ser, detalla, una de las secuelas más pronunciadas de la violencia doméstica.

“Los golpes en su gran mayoría son sumamente visibles, y al hacerles estudios se refleja el daño a los órganos internos. Algunas de ellas han llegado con intentos de ahogamiento, y las marcas en el cuello denotan la fuerza que fue ejercida en su contra”, narra.

Sus parejas, sus peores enemigos

Puntualiza que generalmente son las parejas o las exparejas las que ejercen la violencia y el maltrato contra las mujeres:

“No hay duda de que también los padres y los hermanos, pero por regla general podríamos hablar de que en un 90 por ciento son las parejas o las exparejas”.

La búsqueda del cambio desde ellas mismas

En el refugio no sólo se les brinda ayuda emocional, sino también legal, y se les mantiene durante tres meses bajo tratamientos especializados, acercándoles ropa, calzado, comida, y la atención de expertos. De ser necesario, existen prórrogas de estancia de hasta cinco o seis meses por la falta de redes de apoyo.

En su mayoría, las mujeres provienen de comunidades rurales de la zona purépecha, desde municipios como Tzitzuntzán, Cherán, Pátzcuaro o Ihuatzio, o también de la Tierra Caliente y de la misma Morelia. La gran mayoría de las victimas trabajan como amas de casa (70%), mientras que las demás son profesionistas, campesinas o comerciantes; no obstante, casi todas no tienen la capacidad económica para sentirse libres, y tienen alguna dependencia, sobre todo por las necesidades de los hijos.

Hay incluso casos de profesionistas que, a pesar de su formación educativa, de todas formas caen dentro del síndrome de la violencia y presentan todos los síntomas que “hacen que mine su creencia sobre sí mismas”, exhibe Núñez Montelongo.

La directora del refugio reconoce que hay una problemática que no se ha podido combatir plenamente, y es a dónde van las mujeres luego de su recuperación, ya que en tres meses ellas pueden empoderarse y mejorar, pero la dinámica en la que viven no cambia, por lo que en gran medida regresan con los agresores:

“Así suele suceder si no han puesto denuncia, o si dentro de la denuncia se consiguió un acuerdo, o se les dio una orden de pago de alimentos, pero no se divorcian. Hay muchas cuestiones culturales que no les permiten asumir eso.

“No obstante, si regresan (a sus casas maritales), llegan con más herramientas, empoderadas, poniendo más límites que antes; inclusive el agresor en algunos de los casos sabe que ellas estuvieron protegidas por la institución y ya respetan un poco más la situación”.

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