Morelia, Michoacán – Melissa García
La educación es el camino para erradicar la violencia de género, destaca Lourdes Pacheco Ladrón de Guevara, doctora en Ciencias Sociales, al exponer la importancia de los protocolos al interior de la Instituciones de Educación Públicas (IES), pero no sólo la educación para quienes cursan algún grado, sino también para aquellos que enseñan y para quienes dirigen o laboran en las instituciones.
El 35 por ciento de la juventud pasa por las universidades, si desde las aulas se es capaz de transformar la manera en que hombres y mujeres se relacionan, se podrá incidir en esas juventudes posteriores, donde la igualdad prevalezca por sobre la equidad, consideró.
“Las universidades no son instancias fuera de la sociedad, en su interior se reproducen las desigualdades que existen en lo general, se trasladan las relaciones entre hombres y mujeres, sin embargo, no se llega en las mismas condiciones de igualdad, sino bajo condiciones de poder que se generan fuera, por ello, las relaciones en las universidades son de poder, asimétricas, atravesadas por jerarquías, eso es lo que ha llevado a la visibilidad de violencia que se establece en los centros educativos”, explicó la especialista.

Las universidades no se pueden purificar, no se puede apelar a que la gente sea buena porque las relaciones de poder son así, alertó.
Todas la universidades tienen un déficit de armonización de las legislaciones universitarias con la legislación local o nacional sobre la igualdad, la tarea primordial es armonizarlas, actualizar las normas con la igualdad del país, “ya pasó la época de equidad, no podemos resistirnos a la igualdad”, a las políticas que compensen los espacios en los que las mujeres no están, relacionó.
Pacheco Ladrón de Guevara dijo que mientras las universidades no revisen los contenidos curriculares, se oculta la aportación académica e intelectual de las mujeres, misma que da pie a la igualdad de género, pues aun en muchas facultades sólo se lee el pensamiento masculino, sólo se enseña a partir de lo que hombres escribieron o aportaron, esa, enfatizó, es una de las tareas pendientes que deben abordarse.

El discurso masculino se puede revisar en la biografía que se aborda en las escuelas, vertiendo diversos tipos de violencia, formuló.
Los protocolos son instrumentos para atender las violencias al interior de las IES. Sin embargo, aclaró, no existen protocolos mínimos, estandarizados que se establezcan de manera oficial en cada institución como parte de los instrumentos que cada una debe tomar como base. Cada universidad le da un tono particular a lo que considera protocolo, pero a pesar de ello, los contextos locales no se pueden disparar tanto en lo que se piensa y en lo que se debe de actuar, resaltó.
Muchos de los protocolos que existe no hablan de erradicar y eliminar la violencia, pareciera que tratan de hacer menos grave el asunto, enfatizó, en tanto que éstos sólo hablan del acoso y hostigamiento suscribiendo únicamente la parte sexual, sin embargo, también existe ese acoso y ese hostigamiento en el sentido laboral y se deja de lado.
Tal pareciera que los protocolos atienden únicamente un aspecto punitivo en las acciones y los casos. Como si en la sociedad mexicana se atendiera sólo el aspecto penal, el punitivo, por ello, la dificultad de su aplicación, se debería no sólo abordar este aspecto, sino a cambiar las relaciones entre hombres y mujeres, apreció.

Los protocolos deben de tener rutas claras de actuación en cada caso. Estos deben establecer qué debe hacerse cuando se presenta un caso, cómo se deben valorar los hechos presentados, así como definir de manera certera, las definiciones que de manera diversa se presentan sobre qué es el acoso, el hostigamiento sexual, etc. Por ende, precisó que debe haber un acuerdo conceptualizado con el que se determinen las conductas que engloban estos términos, como fotografiar a las estudiantes, citarlas fuera del espacio escolar, hacer alusión a su cuerpo, poner ejemplos sexuales, invitarlas a bares, antros, etc.
En muchos casos, la IES no contemplan medidas de protección que se den por default, algunas simplemente no contemplan nada, mientras que otras sólo si el caso lo amerita, cuando sea solicitado, en caso de proceso judicial o ante el temor de un daño irreparable.
Los principales problemas de los protocolos son que la denuncia no es parte de la cultura social; la identificación de la violencia causa dificultades; mientras que la justicia universitaria es réplica de la justicia penal inquisidora, punitiva, escrita y documental, basada en pruebas, además de ser tardado; se dan silencios y complicidades; no hay sanciones ejemplares y se carece de evaluaciones que permitan saber la efectividad.
¿Qué se tiene que hacer?, expuso. Revisar y evaluar permanentemente esos protocolos, saber reconocer la violencia para con ello identificarla y canalizarla, realizar alianzas entre grupos y colectivos al interior de las universidades, así como acciones intergeneracionales, respondió.







