Antonio Rojas Ávila – Morelia, Michoacán
Largas esperas injustificadas, trato déspota, desorganización; es el día a día de los pacientes de la Unidad de Medicina Familiar No 75 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), ubicado en el complejo de la avenida Camelinas de Morelia, lo que ya a nadie sorprende. Pero la humillación y maltrato a un extrabajador discapacitado fue este viernes la indignación de los ciudadanos que se encontraban en la sala de espera de la Unidad Médica Ambulatoria.
Él es Jerónimo Luis Escutia Maciel, un hombre que trabajó honradamente como chofer de camionetas de valores durante 34 años, hasta que tuvo un accidente laboral que terminó en la amputación de una de sus piernas, mientras que las largas jornadas de trabajo y un inadecuado cuidado de su salud le generaron una diabetes mellitus que actualmente lo tiene ciego de un ojo y a punto de perder completamente la vista, razón por la cual acudió al IMSS esta mañana.
Jerónimo y su esposa son actualmente personas de escasos recursos, a pesar de las décadas de trabajo, debido a que el IMSS hasta el día de hoy no ha querido darle la incapacidad total, y con el estatus de “incapacidad parcial” la labor a la que dio sus mejores años no puede resultar en una pensión sin ese diagnóstico, lo cual pone enormes dificultades a su subsistencia familiar, ya que debe movilizarse en una silla de ruedas cada vez que tiene que recibir atención médica para sobrevivir, puesto que los procedimientos institucionales del IMSS lo hacen trasladarse de una ciudad a otra permanentemente.

El paciente vive en Uriangato, Guanajuato, y ayer acudió a su médico familiar en Cuitzeo, Michoacán, para que este pudiera generarle una cita en Morelia hoy, la cual se le otorgó a las 8:30 am, esperando que pudieran aplicarle un tratamiento con láser en su único ojo útil, en la esperanza de no perderlo por los coágulos que presenta.
A las 8:05 de la mañana, como lo indica el Registro de Entrada en poder de primeraplananoticias.mx, llegó al IMSS de Camelinas con la debida anticipación que le solicitaron que arribara. Le otorgaron un turno, aunque sin decirle cuál era, y lo mandaron a la sala de espera, donde había varias personas.
Al correr de las horas, Jerónimo se encontró muy sorprendido al ver cómo uno a uno los otros pacientes iban pasando, y otros que llegaban más tarde también, por lo que al dar las 11:45 am, casi cuatro horas después de que llegaron, su esposa se acercó a la puerta a esperar que saliera la empleada que da el paso voceando a los pacientes.

Al salir, de la manera déspota y grosera que caracteriza a muchos de estos empleados públicos, le dijo que se esperara, que tenía el turno 9 y ellos iban en el 4, a lo que la mujer, confundida, contestó que cómo podía decir que iban en el 4 si ya habían atendido a alrededor de 20 personas. La respuesta fue que se sentara a esperar y se callara, para luego cerrarle la puerta de entrada al consultorio en la cara.
Indignado al ver el trato que le habían dado a su esposa, Jerónimo acercó su silla de ruedas a las puertas que permanecen siempre cerradas y tocó, y al salir la empleada le increpó que tenían 4 horas esperando, que él era diabético y no podía estar esperando sin comer porque ponía en riesgo su vida, y que su esposa no merecía el maltrato que recibió.
“¡Pues lárgate a tragar!”, fue la respuesta de la funcionaria.
Ante ello, algunos apenados ciudadanos que también esperaban intentaron traerle algo de comer, pero los empleados les prohibieron ingresar con los alimentos ya que “no estaba permitido” y, evidentemente, el paciente no podía salirse bajo la amenaza de perder su preciado turno.
En ese momento, el médico a cargo del consultorio, el oftalmólogo Rodrigo González Solís, se asomó por la puerta y le gritó al paciente discapacitado:
“Pues yo soy el que lo va a operar, y si no me da la gana no lo atiendo. ¡¿Sabe qué? Váyase usted a quejarse donde quiera, porque yo no lo voy a atender!”

El agraviado decidió entonces regresar a la sala de espera, esperando que el exabrupto del profesional fuera una cuestión momentánea. Pero al pasar de los minutos efectivamente comprobó que no lo iban a atender, cuando hablando con otros pacientes vio pasar a los turnos posteriores al suyo, a pesar de que tenían algunos cita a las 12:00 horas.
Pensando que, aun discapacitado, es un ciudadano titular de algunos derechos, Jerónimo aún no conocía la más grande sorpresa que el IMSS tenía reservada para él este viernes: en una actitud completamente grosera y despectiva (como consta en audios en poder de este medio), se le acercó la secretaria de la Coordinación de la Unidad de Medicina Ambulatoria de la UMF 75, Karina Hernández, que venía a darle un mensaje de manera oficial:
La representante administrativa de la UMF 75 le indicó oficialmente que el médico tratante, a pesar de ser un servidor público, podía decidir atender o no atender a quien quisiera.
La justificación que dio la empleada es que los pacientes que vienen a atención postoperatoria entran automáticamente, sin cita, y desplazan a los que sí la tienen, sin importar que ellos sí cuenten con esta y en qué estado de salud estén.

A esto añadió que los cuatro servidores públicos del Seguro Social que atienden el área (el doctor, la voceadora de turnos y otros dos) se juntaron para levantar un reporte en contra del paciente, arguyendo que el hombre ciego y en silla de ruedas los había agredido. Por lo tanto, al “derechohabiente“, sencillamente no se le iba a atender.
“Mi médico tiene derecho a no atender a quien quiera”, fueron las palabras de la representante de las autoridades del Seguro Social.

En estos momentos, Jerónimo sigue en espera de recibir la atención por medio de la cual pretende por fin lograr que sus mil 732 semanas de trabajo se conviertan en una pensión para vivir dignamente con su esposa. A 9 meses de haber sufrido el accidente que lo dejó sin capacidad de sostener a su familia, con una hija también discapacitada, y en medio de litigios, sueña con que todas estas humillaciones y maltratos valgan la pena, si estos vienen a cambio de la declaración de su invalidez total.
Esta vez sí podría ser el último requisito. Sin embargo, nada es seguro, ya que depende de una fila jerárquica de servidores públicos que, a pesar de tener una buena vida gracias al trabajo de los mexicanos, son en muchos casos completamente indiferentes al sufrimiento ajeno, y a la dignidad humana.
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