Antonio Rojas Ávila – Opinión
El velo de la ignorancia, y no precisamente el de la justicia, como lo pensó Rawls, sino todo lo contrario, se cierne sobre un tema que a todos nos concierne, y sigue limitando nuestras formas de ser (sí, de todos) aún ya bien entrado el siglo XXI.
En tiempos de discursos antidiscriminatorios, de feminismos recalcitrantes y de reivindicaciones identitarias exacerbadas mucho parece extraviarse el juicio humano de que en ningún momento se trató de ser “iguales”, sino de que si algo tenemos en común, es que todos somos diferentes.
Y tal vez el tema de la llamada “intersexualidad” sea la prueba más clara, material y biológica de este asunto, de nuestra verdadera naturaleza humana, frente a otra no tan ‘natural’, sino más bien ideológica y, por tanto, creada artificialmente.
Y esto porque los sectores conservadores de la sociedad mexicana esgrimen, y tratan de vendernos, como su principal argumento contra toda forma distinta de sexualidad a la que ellos conciben, que “todas las personas nacen hombre o mujer”.

¿Sabías que esto no es, ni remotamente, cierto?
Ni “todos los hombres nacen con un pene” ni “todas las mujeres nacen con una vagina”. Y no, todos los demás casos no son “excepciones”, y de hecho se trata de un importante porcentaje de la humanidad.
Y si hablamos de genética, no “todos los hombres son XY”, ni “todas las mujeres son XX”. Para nada. Y, de hecho, la Ciencia ya ha llegado mucho más lejos; al parecer no se trata de casos “normales” y excepciones, sino que todos tenemos elementos biológicos “femeninos” y elementos “masculinos” en nuestro cuerpo, incluso a nivel genético. Es decir, todos somos diferentes. En nuestra diversidad, todos somos “normales”.
Así, al parecer la Biología nos educa. Aunque a muchos no les guste. Como no les gustó la verdad de Galileo, a quien la Iglesia persiguió y condenó hasta su muerte, y la “justicia” encadenó a una habitación sólo para que en su último hálito de vida terminara profiriendo:
“Y, sin embargo, se mueve”.
Demos una mirada rápida, entonces, a algunas de las verdades que hoy la Ciencia restriega en la cara de la ideología de género:
No todos somos “XX’ y ‘XY’

Antiguamente se creía que el conjunto de cromosomas, o cariotipo, de cada persona debería contener uno ‘XY’ o ‘XX’, que identificara su sexualidad. Con el avance de los estudios científicos, ahora se sabe que existe una enorme variedad (posiblemente infinita) de cariotipos, y se ha encontrado que el cromosoma de la sexualidad toma muy diversas formas, entre las cuales son las más comunes:
- XX. El más común en las mujeres, pero también hay hombres con este.
- XY. El más común en los hombres, pero también hay mujeres con este.
- X. Lo lleva 1 de cada 5 mil personas (alrededor de 1 millón 540 mil personas en el mundo).
- XXY. Se presenta en 1 de cada mil (7 millones 700 mil personas).
- XYY. Lo tiene 1 de cada mil (7 millones 700 mil personas).
- XXXY. 1 de cada 50 mil (154 mil personas).
Pero eso no es todo, sino que existen personas “mixtas”, es decir que en algunas células presentan el cromosoma XY y en otras el XX. A esta condición se le llama ‘mosaicismo’.
Tomando en cuenta que son los cromosomas los que determinan la forma que toma el cuerpo en su desarrollo, y se cree que también muchas características psicológicas y de personalidad (que nosotros solemos asociar con lo “masculino” y lo “femenino”), pues no cabe en la imaginación la variedad de cuerpos y mentes que, por causas biológicas, existe en el mundo.
No todos los niños nacen con pene, ni todas las niñas nacen con vagina

Como la antigua Esparta quedó unos 2 mil 500 atrás, y a los niños “defectuosos”, es decir a los que se considera diferentes a los estándares sociales, no se les condena al matadero, tenemos entre nosotros a millones de personas con genitales distintos a los que por siglos se ha enseñado son los “adecuados”.
Esta verdad es un alivio, en esta era de la pornografía, para millones y millones de hombres que viven convencidos de que su miembro es “demasiado pequeño”, o para otras tantas mujeres que encuentran que su vulva tiene una “forma extraña”.
Durante la etapa embrionaria, son los mismos genes los que van determinando la forma que toman los genitales de cada individuo, en un extraño equilibrio entre testosterona y estrógenos. En la mayoría de los casos la abundancia de la primera sustancia determina la formación de los testículos (y todo su aparato complementario) y la de la segunda la constitución de los ovarios, trompas, útero y vagina.
Lo interesante es que esto no sucede en todos los casos. Por ejemplo, hay muchas ocasiones en que el cromosoma XY le da al embrión (y por tanto, al cuerpo que la persona llevará durante toda su vida) las características de un hombre, pero las células de los genitales desarrollan una especie de inmunidad a la testosterona y se forman como una vagina.
De la misma manera suele suceder que personas con cromosoma XX (y a todas luces sociales, vistas como “mujeres”) se les forma en esta etapa los testículos y el pene; el cual, por cierto, puede ser tan digno, funcional y “viril” como el del negro del Whatsapp.
Pero estas sólo son dos de las muchas posibilidades, pues también podemos encontrar personas con ambos aparatos reproductores, o con una porción de cada uno, en casi infinitas combinaciones que les dan su unicidad y particularidad, como a cualquier otro, pero de una forma más materialmente visible.
La investigaciones en el área biológica genital actualmente identifican más de 70 tipos de intersexualidad. Para que te des una idea.
No existe el cerebro masculino y el cerebro femenino

Debido a que los experimentos científicos hasta entonces se habían realizado exclusivamente en roedores, hasta hace algunos años se creía que existía un cerebro “femenino” y otro “masculino”, lo cual se utilizaba para justificar que las mujeres son “menos inteligentes” que los hombres, debido a que las ratas hembras presentan un encéfalo más pequeño y menos desarrollado que sus contrapartes machos, y se observó algo similar en rasgos generales en humanos.
También existía la creencia popular de que los gays tenían un cerebro “de mujer” atrapado en un cuerpo “de hombre”.
Con los avances neurocientíficos y la experimentación con cuerpos humanos, se ha desvirtuado que el tamaño del encéfalo tenga alguna relación con la capacidad mental de los individuos, y todos los indicios apuntan a que el cerebro se va desarrollando durante la vida, es decir que el esfuerzo intelectual o físico de las personas las va haciendo más capaces o “inteligentes” para ciertas tareas que practican y perfeccionan.
Lo cierto es que ahora se sabe que todos (sí: todos) los cerebros tienen porciones “femeninas” y porciones “masculinas”, combinadas en un maravilloso mosaico que hace a cada encéfalo único e irrepetible.
La enorme complejidad de las estructuras cerebrales, y cómo se van interconectando y desarrollando durante la vida es un interesantísimo misterio que día a día los neurocientíficos tratan de desentrañar y que, por supuesto, escapa, desborda y trasciende a las arcaicas clasificaciones dualistas de los dogmas de algunas religiones, y las ideologías de género derivadas de estos.
A nivel neuroquímico, estas transformaciones están asociadas a la acción de una sustancia llamada estradiol sobre el cerebro, la cual tiene un papel preponderante en la neurogénesis (creación de neuronas y estructuras neuronales), en la duración de la vida de las neuronas y en el desarrollo diferenciado de unas y otras. Y no, la dinámica del estradiol no es dual.
¿Transexuales, intersexuales, pansexuales u homosexuales?

Ante esta situación, muchas de estas personas con órganos sexuales atípicos, comúnmente identificadas como “intersexuales”, recurren a tratamientos quirúrgicos y/o hormonales con el fin de poder asimilarse por completo a una de las sexualidades socialmente admitidas. Cuando las características físicas son cambiadas mediante estos tratamientos y no hay rasgos “hermaforditas” o intersexuales en su cuerpo, se suele clasificar a las personas como “transexuales”.
Pero esta necesidad de encontrar una categoría especial para cada “tipo” de persona que escapa a las clasificaciones hombre-mujer admitidas, no es más que una creación social, pues la realidad biológica es tan compleja que no se puede encontrar a un solo individuo con rasgos, características y células puramente “masculinas”, o “femeninas”.
Y muchas de estas personas, especialmente las que no tienen necesidades médicas para hacerlo, no recurrirían a estos tratamientos, y se aceptarían tal como son, si la sociedad lo hiciera.
En realidad, lo único que cabría aceptar es que las “identidades” nada o poco tienen que ver con la sexualidad, y que la sexualidad misma es demasiado compleja como para clasificarse. No hay “bisexuales”, “transexuales” ni “pansexuales”, pero tampoco hay “heterosexuales”. Sólo sujetos con cuerpos, mentes y espíritus completamente diferentes, y diversos en su unión y conviviencia.
Regresando a Rawls

John Rawls, uno de los padres del liberalismo moderno y de los más importantes filósofos de la democracia, pensaba que para diseñar las políticas y las leyes bajo las cuales convivimos los ciudadanos no podemos partir de nuestras identidades y roles asumidos socialmente, ya que esto equivaldría a partir de nuestras ideas sobre lo que es “normal” y lo que es “diferente”.
Al contrario, deberíamos comenzar por dejarnos tapar por el velo de la ignorancia, es decir olvidar todo aquello que la sociedad nos fue enseñando sobre los unos y los otros, y partir del recuerdo de nuestra posición de partida, cuando éramos iguales en nuestra inagotable disimilitud, cuando no juzgábamos, cuando no conocíamos lo que la lotería genética nos había otorgado, pero sabíamos bien que teníamos las mismas infinitas posibilidades de terminar siendo cualquier cosa, que cualquier otro.
Así, y sólo así, pensaba Rawls, podremos aspirar a la justicia.
——————————————————–El autor es politólogo doctorante y maestro en Políticas Públicas, e investigador académico de políticas de construcción de la paz.







