El bochornoso espectáculo que nos regalaron las diputadas y los diputados locales del partido Morena sería de risa, si no fuera preocupante: ¿son estos los personajes que ambicionan el poder protegidos por la bandera e imagen de Andrés Manuel López Obrador?
A la supina estulticia con la que se condujeron en el histórico debate para nombrar al primer Fiscal General del Estado, hay que agregar las huellas de presumible corrupción que dejaron, perfectamente distinguibles, por cierto.
Sí, que no se equivoque el defenestrado coordinador parlamentario de los morenos en Michoacán: eso no se llama traición… eso que hicieron sus correligionarios y aliados se llama corrupción. Así nomás. No le ande dando vueltas al asunto. Y es inmoral, también.
O junto todo: corrupción, traición e inmoralidad. El envilecimiento de la política, pues.
¿Así se van a conducir en los debates, análisis y votación de los temas importantes para el estado? (Por favor, Olga Sánchez Cordero, Gabriel Hernández, Yeidckol… ¡que alguien voltee a Michoacán, su partido en el estado está partido y amenaza con pudrirse! ¿O ya está?)
La elección del titular de la Fiscalía General del Estado (tema del que nos ocuparemos mañana, por la singularidad del cargo que ahora tiene Adrián López Solís) evidenció que eso de los valores de la llamada cuarta transformación no está en el cuaderno que escriben los morenistas en Michoacán.
Sus críticas a la terna que el gobernador Silvano Aureoles presentó al Congreso para la designación del fiscal y el lapsus brutus en que cayeron retomando la anayista frase del “fiscal carnal” para referirse a López Solís, hizo ver desde un principio la flaqueza de argumentos de los morenistas.
Porque además, alegar la cercanía de Silvano con López Solís como un impedimento, era como escupir para arriba, luego de que a propuesta del presidente Andrés Manuel López Obrador, la mayoría de Morena en el Senado nombrara a Alejandro Gertz Fiscal General de la Nación. Ni modo que vieran la paja en el ojo ajeno y no la tablota que tienen enfrente.
Por ahí no era el debate. Los de Morena enseñaban -hasta esta parte de la historia- falta de imaginación y una aguda atrofia politico-neuronal.
Ahí se hubieran quedado. Pero no les bastó. Y llegaron al escándalo que envilece el quehacer de los políticos: la corrupción y la traición.
Lo que siguió fue el ridículo. Un bochornoso espectáculo, preocupante: ¿son ellas y ellos los que ambicionan el poder?
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







