Con toda seguridad, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador se lanza contra las organizaciones de la sociedad civil “que representan el conservadurismo”, por su mente pasan historias como la de Vamos México, de Martha Sahagún; Juntos Podemos, de la hoy senadora panista Josefina Vázquez Mota, o de la asociación civil Alto al Secuestro, de Isabel Miranda de Wallace.

Esas organizaciones y quienes las encabezan, entre otras, efectivamente han dado la nota por su inclinación ideológica y partidista, así como por la escasa transparencia con la que reciben millones de pesos del erario para un trabajo que realizan igualmente muy poco claro.

Seguramente nadie ha olvidado los 900 millones de pesos que el gobierno de Enrique Peña Nieto dio a la organización de Vázquez Mota dizque para la ayuda de familias de trabajadores migrantes mexicanos.

Vistos así los ejemplos -que insistimos, seguramente son muchos más-, los señalamientos del presidente López Obrador son irrefutables e incontrovertibles; más todavía, cuando es tema en los corrillos políticos de que las organizaciones de la sociedad civil “proliferaron y crecieron como hongos” en los últimos 20 años, convertidas en negocio de sus fundadores, con financiamiento público y privado.

Fundar una asociación civil o fundación o ONG -se dice- se convirtió un asunto de empresa. Y si hay suerte, hasta más lucrativo, menos riesgoso.

Grandes empresarios y políticos y funcionarios encumbrados han abusado de ellas, ni duda cabe. En eso tampoco le falta la razón al mandatario.

No obstante, creemos, López Obrador se desvía del tema (que no debería ser otro más que el combate a la corrupción y el abuso del erario) cuando dice que esos grupos se han hecho propietarios de “la bandera” de la sociedad civil, y que no hay organizaciones así identificadas con “la izquierda”.

Entonces, el jefe del Ejecutivo Federal se descubre: ya no se trata de un tema de principios, de valores, de combate a la corrupción; es un tema ideológico y de partido. Un tema, otra vez, de su capitulada guerra (sin fin) entre liberales y conservadores.

El presidente, pues, quiere organizaciones de la sociedad civil “de izquierda”. Y las preguntas: ¿si son de “izquierda” no hay bronca? ¿Ser de “izquierda” dará el derecho de piso para la corrupción y abuso en el gobierno de la cuarta transformación?

Más deseable sería que el presidente se concentrara en el combate a la corrupción, sí, pero sin sesgo partidista ni ideológico. No es lo justo.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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