¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Andrés Manuel López Obrador en el caso del saqueo a Pemex? Esta fue, quizás, la pregunta más repetida desde que empezó la crisis del huachicol y trascendieron los primeros informes sobre la profunda corrupción en la empresa paraestatal. Resultó tan escandaloso lo que se dio a conocer que, a pesar de la escasez y/o desabasto de gasolinas en varias entidades, las encuestas conceden al presidente un amplio respaldo ciudadano en esta cruzada contra los huachicoleros de dentro y de fuera, de overol y de traje y corbata.
En esas estamos cuando se confirma, vía los hechos, que los contratiempos en el abastecimiento de combustibles se extenderá, probablemente, varias semanas, pues no hay condiciones para que los ductos se reabran al cien por ciento de su capacidad. No faltará la gasolina, se entiende, pero sólo el orden, la organización y la autorregulación evitará que se repitan escenas como las que vimos la semana pasada de miles de ciudadanos formando kilométricas filas para adquirir el combustible.
Lo que sigue entonces es responder a las siguientes preguntas, obligadas: ¿hasta dónde llegan los tentáculos del huachicol? ¿Hasta dónde se extiende lo que parece ser una impresionante red de corrupción y complicidad? ¿Quiénes y de qué nivel participan en el tejido? ¿Cómo es que se acabaron Pemex y la convirtieron en la empresa petrolera más endeuda del mundo? ¿Cómo está eso de que el 80 por ciento de las gasolinas que se consumen provienen de la red del huachicol?
Con perdón, pero planteado así el desastre, lo de menos es hacer filas y desvelarse para llenar el tanque del automóvil. ¡Ni hablar! A menos que se quiera seguir comprando gasolina robada, litros que no son litros y adquirir la revista del Consumidor para ver la larga lista de estaciones de servicio reportadas por vender gasolinas con agua.
Aquí viene la etapa donde el gobierno de López Obrador entrará verdaderamente a prueba y se sabrá si su estrategia tiene pies y cabeza. Debe empezar a dar luz con resultados e información clara, confiable de que el orden y la vigilancia imperará en Pemex. Deberá dar certezas de que habría ejemplar castigo a quienes hicieron del huachicol uno de los más grandes atracos en la historia del país. Tendrá que ponerle nombre y apellido a la corrupción. Nada de perdón, tampoco olvido. De todo esto hay culpables.
Y la gente está en todo su derecho de saber quiénes son, quiénes provocaron el caos y se sirvieron de él.
Algo menos no se vale, quedaría a deber el presidente.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







