Hoy, cuando el reloj marque las 24 horas, llegará a su fin el tiempo de la teoría; de las tantas promesas; de los cálculos; de las proyecciones; terminarán también las especulaciones. Esta medianoche inicia el sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador y a partir de mañana podremos, ahora sí, saber con certeza a qué se refiere cuando nos dice que no es un cambio de gobierno, sino un cambio de régimen, y qué nos ofrece cuando asegura que el suyo será el gobierno de la Cuarta Transformación nacional.
Así es: antes de iniciar, López Obrador está convencido de que su gestión tendrá la misma trascendencia que la Independencia, la Reforma y la Revolución. De ese tamaño se ha impuesto el reto; en ese ofrecimiento basó su campaña electoral, y por esa posibilidad votaron más de 30 millones de mexicanos, de los 53 millones que salieron a sufragar en la jornada del pasado primero de julio.
Ha dicho también que tiene la “legítima ambición”, el deseo de inscribirse entre los mejores presidentes en la historia de México, como lo fueron Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas del Río, cuyas imágenes, por cierto, lo acompañan en cada una de sus presentaciones públicas desde que ganó la elección.
Para llegar a su cita con la historia se preparó 18 años, desde que en el año 2000 ganó los comicios que lo llevaron a la jefatura de Gobierno de la capital del país; desde su primer día despachando en el viejo edificio del Ayuntamiento de Ciudad de México proyectó su gran objetivo: la Presidencia de la República.
Dos veces vio truncada su legítima ambición; en 2006, en la más cuestionada elección de la historia del país, perdió con el panista Felipe Calderón; en su segundo intento, 2012, fue el priísta Enrique Peña Nieto el que se impuso en las urnas; la tercera, diría, fue la vencida. No tuvo oponentes: la mayoría de los mexicanos demostró su hartazgo por la alternancia PRI-PAN.
Frente a la desazón nacional por la inseguridad, la violencia y la enorme corrupción, entre otros males, la diferencia la marcó López Obrador y su Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Priistas y panistas fueron exhibidos y registraron sus peores números electorales de los últimos 30 años.
Esa combinación es la otra tabla para medir el enorme reto del político tabasqueño y su Morena. La confianza en él depositada es mayúscula y muchas las expectativas. Y aunque fueron muchos los votos a su favor, en realidad no tiene mucho margen para el error.
No lo tiene. Andrés Manuel López Obrador sabe que no tiene ese margen: la gente espera que cumpla con su oferta de la Cuarta Transformación y que haga realidad la diferencia que en campaña marcó -y se le creyó- con priistas y panistas.
De ese tamaño es el reto; en ese nivel está la expectativa.
Así es de que llegó a su fin el tiempo de la teoría y de las especulaciones; de los conceptos y de las explicaciones. Llegó el tiempo de gobernar.
Para López Obrador la hora de mostrar, con hechos, hasta dónde y cómo quiere alcanzar su legítima ambición.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







