La celebración del Consejo Nacional del PRD este fin de semana reflejó nuevamente la profunda crisis de identidad en la que está sumergida ese partido, así como la ausencia de liderazgos internos con peso para conducir la transformación y ofrezca certezas a la militancia.
Así, a jalones o como puedan, los cambios estatutarios -como los aprobados el domingo- o de programa y acción política, resultarán insuficientes para revivir al instituto político que en julio pasado se hundió en la votación nacional.
En una entrevista que el dirigente en Michoacán, Antonio Soto, concedió a Primera Plana Noticias en vísperas de la convocatoria al Consejo Nacional, decía que el PRD tiene la oportunidad de refundarse y volver a posicionarse electoralmente con una propuesta clara de izquierda “democrática” -no “populista” como la que representa Morena- y establecía, como una condición para avanzar, la desaparición de las corrientes internas, convertidas ya en una pesada carga para transitar hacia el nuevo proyecto partidista.
Puede que el diagnóstico sea el correcto; pero el problema no está en el análisis, sino en la falta de operadores que aseguren la unidad y el respeto a la institucionalidad interna del partido. Vaya, en el PRD no hay doctores para atender al enfermo. Así, de poco sirve tener identificada la enfermedad.
Sombrío, pues, se ve el horizonte para un partido con cuadros directivos sin identidad, en permanente confrontación y atados en una relación de desconfianza.
Ya veremos como llegan a marzo de 2019 para elegir a su dirigencia nacional. Y qué tanto son capaces de respetar el resultado de la elección para su fortalecimiento.
De eso dependerá el cambio y un mejor futuro para el perredismo.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







