Faltan dos meses y 10 días y si las cosas siguen como van, llegaremos al primero de diciembre, todos, vueltos locos y con la cabeza y corazones hechos jirones, como decían las abuelas de más antes.

La transición que se bautizó de “terciopelo” se ha convertido en un mar de dudas, ya no para la clase política y ‘círculo rojo’ -sería lo de menos-, sino para todo un país, cuyos ciudadanos hoy tratamos de adivinar cuál será el rumbo del gobierno que entrará en funciones dentro de dos meses y 10 días.

Olvidémonos ya del sexenio de Enrique Peña Nieto. Eso ya se acabó, aunque el mexiquense, aparentemente, siga en funciones.

Tampoco apelemos a contrapesos ni mucho menos a la oposición. No hay. Simplemente no hay. No se ve. Mucho menos entre los usos y las costumbres de la democracia mexicana.

Sí, cabezas y corazones hechos jirones. Dijo el presidente electo Andrés Manuel López Obrador que su gobierno sería el de la Cuarta Transformación. Y comparó su triunfo con la Independencia, la Reforma y la Revolución.

¿Así de grande, enorme, será el cambio en el país? Por lo pronto, a dos meses y 10 días, no se por dónde ni cuándo ni por qué podrá empezar el gran día.

Aquí estamos: lluvia de propuestas de todo tipo y para todos los sectores, sin que podamos decir con certeza que alguna de ellas se cumplirá. Porque unos dicen que sí se puede y otros que no.

Así andamos: nos amanecemos con una promesa que al mediodía fue opacado por una nueva y por la tarde esas dos quedaron rebasadas por una tercera… y unos dicen que sí y otros dicen que no.

Y a ver quién da más; mercado de propuestas y promesas sin tregua, sin espacio para la prudencia y la serenidad, que tanta falta hacen.

Hechos jirones, pues, así estamos.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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