A lo largo de todos los años que le dedicó a su campaña para llegar a la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador subrayó que el principal problema del país era la corrupción y responsabilizó de ella a los políticos y empresarios que identificó como la “mafia del poder”.

Nadie puede negar que ese discurso y sus promesas por hacer justicia, acabar con la corrupción y terminar con los fueros y la impunidad de esos mafiosos y mafiosas, se convirtieron en una esperanza para millones de mexicanos.

De ahí su triunfo, pero sobre todo, el castigo que los mexicanos aplicaron en las urnas a los partidos (sobre todo al PRI) que tenían el rostro de la “mafia en el poder”, a los que prácticamente desaparecieron de cargos en el Congreso de la Unión, echándolos además de municipios y estados donde también hubo comicios el pasado primero de julio.

Por lo anterior, resultan inexplicables los muchos matices a los que ahora recurre el presidente electo, generando inclusive dudas sobre si verdaderamente en su sexenio habrá justicia y se combatirá la corrupción y la impunidad, en serio, no con mensajes, discursos y medidas para el espectáculo en los medios y las redes.

Fue plausible y mereció el reconocimiento de casi todos los sectores sociales, la actitud conciliadora de López Obrador luego de su triunfo y la abrumadora mayoría que se le concedió a su partido en el Senado y la Cámara de Diputados. La gente respondió a su convocatoria electoral de “voto parejo”, para poder hacer “los cambios que el país necesita”.

Todo muy bien. Muy bueno para el país que estemos viviendo una “transición de terciopelo”… pero de eso a que el presidente electo esté regalando certificados de impunidad y exoneraciones a quienes han sido señalados o señaladas como probables responsables de descomunales saqueos al erario, hay una enorme distancia. Y no huele bien.

Porque eso es lo que ha hecho Andrés López Obrador al descalificar las investigaciones de la Auditoría Superior de la Federación (ASF) a la gestión de Rosario Robles Berlanga en la Sedeso y la Sedatu durante el sexenio que está por terminar.

No, Robles no es un “chivo expiatorio” -como dijo López Obrador- ni todo lo que se ha documentado en los medios sobre la llamada ‘estafa maestra’ es “un circo”.

O si no, que se explique y nos explique el presidente electo quién o quiénes son los responsables de “la bancarrota” en que asegura está el país.

¿A poco todos y todas son chivos expiatorios? ¿No existió entonces la “mafia en el poder”?

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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