Wendy Rufino / ACG
Morelia, Michoacán.- Caminando de un lugar a otro con su pesada mochila, Lillian Zambrano Ceballos lleva consigo su máquina, tintas, papel hectográfico, jabón antibacterial, guantes y otros materiales. Es una tatuadora sin un estudio propio, que busca espacios para realizar sus sesiones, pues costearse un lugar fijo está más allá de sus ingresos ya que también es jefa de familia y le es difícil arriesgarse.
Recuerda que desde que tenía siete años el dibujo era parte importante de su vida, y esto la llevó a estudiar por un tiempo la carrera de Artes Visuales en la Universidad Michoacana. Más tarde decidió incursionar en el tatuaje y trasladar sus dibujos a la piel. No fue una decisión sencilla.
Compró una máquina con sus únicos ahorros y le pidió apoyo a un conocido que tenía tiempo en el oficio del tatuaje; él se mostró accesible ante su deseo de aprender.
“Mi sorpresa es que pasó un mes sin que tocara la máquina, así que abandoné el estudio. Sentía que no podía esperar más para comenzar a practicar”, narra.
Coloca sus utensilios meticulosamente en la mesa, ajusta la lámpara, revisa que todo esté limpio, esteriliza el área donde trabajará. Un amigo en ocasiones le presta un cuarto pequeño pero que tiene lo necesario para que realice sus sesiones. Lillian toma un suspiro y sonríe para ella misma.
“Mas tarde me enteré que entró otro joven con deseos de aprender a tatuar a ese mismo estudio y sin conocimiento del dibujo, comenzó a rayar a la semana.
“Entendí que el asunto iba por otro lado. Claro que me ayudó mucho trabajar en los primeros estudios. También tuve que documentarme. Gran parte de mi aprendizaje fue de manera autodidacta”, explica.
La mayoría de sus clientes son mujeres, y muchas de ellas han contado que Lillian logra despertar confianza para expresar abiertamente las historias detrás de los tatuajes. Este mismo vínculo también lo han compartido algunos clientes del sector masculino.
“Algunos clientes hombres dicen que sienten más empatía, confianza y pueden mostrarse vulnerables con ella porque es mujer.
“Dicen que les cuesta mostrase así frente al estereotipo del tatuador rudo. En realidad no creo que el género tiene algo que ver, a mí me gusta escuchar lo que me cuentan mis clientes; logramos llegar a un punto de empatía que estimula este vínculo de confianza”, comenta.
Al preguntarle si había tenido algún momento incomodo en todo el tiempo que comenzó a tatuar, contó que en los primeros estudios donde colaboró le tocó escuchar expresiones del tipo “¿A poco tú tatúas?” “¿Si sabes tatuar?” Estos comentarios eran comunes por parte de clientes que al encontrarse con ella, preferían esperar a su compañero o bien acceder pero en un sentido retador.
Su proyecto actual como tatuadora se llama Lamia Dop, que intenta fusionar el tatuaje con laterapia. El dolor y la permanencia de la tinta logran amortiguar el recuerdo de emociones complicadas.
“Muchas veces el tatuaje y el cuento se fusionan en mi trabajo. Suelo redactarles cuentos o algunas palabras a quienes se abren conmigo. Otras veces el tatuaje es la continuación de ese cuento”, comparte Lilian.
Asegura que el tatuaje es un tipo de catarsis, pues el dolor infligido durante la sesión y la conversación que en ocasiones llega hasta las lágrimas, logra que las personas salgan con una energía renovada. El tatuaje va más allá del mero gusto estético.
Lillian se encuentra entusiasmada con poder seguir tatuando sus propios diseños, seguir escuchando historias y escribir cuentos para sus clientes. Sabe que necesita más de un trabajo y no parar de tatuar para lograr establecerse en un estudio propio y continuar su proyecto.
















