A Enrique Peña Nieto no se le perdona ni reconoce nada. Tampoco conmueve y prácticamente todo lo que dice o hace inmediatamente gana la desaprobación y la condena unánimes.

Triste final el del presidente que ganó convenciendo con la modernidad que él y los de su generación estaban llamados a conducir para bien de la nación y de los mexicanos. Tristeza es la palabra, que quizás ningún otro mandatario en la historia ha sufrido en el tramo final de su sexenio.

Ha habido quienes se ganaron, a pulso, el rencor y el repudio de los ciudadanos. Pero el caso de Peña y su relación con los mexicanos raya en lo patológico.

Resultará ser, inclusive, el ex mandatario más rechazado por los mismos militantes de su partido, el Revolucionario Institucional, que se maravillaron con él, primero como gobernador del Estado de México, luego como su candidato en 2012 y más tarde, al principio del sexenio y la firma del llamado Pacto Por México. “El nuevo PRI”, la nueva generación, los embriagó a todos: recuperaban el poder presidencial y ahí se mantendrían por mucho tiempo. Así decían. Lo creyeron.

A seis años, todo aquello parece un espejismo. Peña Nieto es hoy —así parece ser el juicio y sentencia— el culpable, el único culpable de todos los males.

No hay perdón para él. Ningún reconocimiento.

Triste… muy triste final.

Aquí se queda… !aquí entre nos!

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