Morelia, Michoacán.- El Foro Escucha para la Pacificación y Reconciliación del país realizado en la capital michoacana habló por sí mismo. Los ciudadanos conocen el antídoto para la violencia que se ha apoderado de nuestro país: menos política, más soluciones; menos promesas, más trabajo; menos conflictos, más acuerdos. En una palabra: diálogo.

Diálogo útil. Entre todos. Sin excluir a nadie. Uno que no se quede en un foro, que no se agote en las arengas de los políticos, ni se apague con los mandatos de los gobernantes.

En otros espacios como este seguramente se hablará de una sensación general de desorganización, de un cierto sabor a caos generalizado. A esto yo no tendría nada que rebatirle, pero sí debemos advertir dos cosas:

  1. Que en estos tiempos estamos acostumbrados a prender la televisión, sintonizar el Netflix o poner un DVD y dejar que lo demás pase por sí solo, o pagar para sentarnos en la butaca de un cine y esperar que la magia haga luz, cámara y acción, mientras no nos ocupamos de más que de mantener los ojos abiertos.
  2. Que al evaluar el evento de manera global, queda clara la intencionalidad de dar el protagonismo a los ciudadanos. Era su No de los políticos. No de las autoridades. Y por esto cuando seis jóvenes ‘rechazados’ entraron a vista y paciencia de todo mundo con sus cartulinas a pedir más espacios en Medicina, de la UMSNH, no solamente no fueron detenidos por algún guarura y pudieron llegar al centro del evento, sino que el representante del presidente electo interrumpió su discurso para responderles y asegurarles que se atenderán sus demandas. Exactamente lo mismo pasó con los que fueron a protestar por la designación ‘exprés’ del fiscal general del estado, y aún mayor fue la libertad que se tomó el público cuando decidieron no dejar hablar al secretario de Seguridad Pública estatal, hasta que tuvo que dejar el púlpito.
FOTO: ACG

El evento era de los ciudadanos, y ellos debían ser los protagonistas, tan así que el propio Alfonso Durazo nos comentaba que quería ‘robar cámara’ lo menos posible, mientras invitaba a los asistentes a formar parte de las mesas de diálogo y “¡a trabajar!”, ya que “para eso es el foro”.

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Es así como, sin guía, sin arrieros y sin vallas de seguridad, los asistentes se movían en completa libertad por la sede del Foro Escucha. La Universidad Michoacana dispuso de diversas viandas y bebidas durante todo el evento para los asistentes, así que todos comían, bebían, platicaban o paseaban con total libertad, mientras el evento discurría en un ambiente de total relajación.

 

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‘Este foro es una farsa’

El escenario, así como lo pintamos en estas líneas, parece confirmarse como una total anarquía y una herramienta estéril en cuanto a su utilidad social. Pero no nos adelantemos, porque ahí es donde surge el grave error de subestimar a los ciudadanos de a pie, de fundamentar las tesis paternalistas en la idea de que ‘la gente es un desmadre’, y nada puede hacer por sí misma.

Así como la parte política del foro sólo atrajo la atención de la prensa, de algunos manifestantes y de un puñado de entusiastas, y así como los participantes disponían de completa libertad para ir y venir a su gusto, pues de esa misma manera, con toda relajación y espontaneidad, ya estaban de repente cientos de ciudadanos organizados en grupos, dialogando, abordando los temas, en una dinámica de respeto, orden y camaradería.

Y esto a pesar de la mínima intervención de los organizadores, a pesar de que las instalaciones del CIAC de la UMSNH no resultaron nada adecuados para las labores, y a pesar de que la afluencia al foro superó las expectativas e hicieron falta los materiales básicos para conducir las conversaciones, y escasearon los moderadores de grupos.

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Las personas sabían a lo que iban. Sabían lo que tenían que hacer y cómo hacerlo. Y se dedicaron a la tarea sin coerciones, sin guías y sin pautas restrictivas.

Líderes sociales, políticos, funcionarios, militantes partidarios, abogados, defensores de derechos, académicos, víctimas y todo tipo de ciudadanos estuvieron unas horas fundidos en el diálogo espontáneo. Pláticas naturales, no forzadas, es lo que se observaba en los círculos de 15 a 20 personas cuando pasabas a su lado, continuando muchos de ellos aun cuando el evento parecía haber terminado, y mucho rato después de haberse entregado las relatorías de sus mesas.

Tal vez si el doctor José Manuel Mireles se hubiera armado de un poco de paciencia, hubiera podido observar que el foro era algo más que ‘charlatanería y política’. De repente si la importancia –así fuera sólo simbólica- del llamado a un proceso de reconciliación nacional, hubiera sido mayor a su reactiva necesidad de exhibir su pataleta, pudiera haber admirado la orquesta de voces que, una vez superados los compromisos institucionales, llenó el ambiente de la localidad universitaria.

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El propio organizador del foro, Darío Izcóatl Rojas, nos comentó en privado que “había que cumplir con las formas políticas”, pero que ‘el verdadero evento’, lo que vinieron a hacer, empezó una vez que las autoridades y la mayoría de las cámaras se retiraron.

 

Los mexicanos quieren hablar

El evento mismo resultó ser el diagnóstico. Una vez más el mensajero es el mensaje.

¿Qué es lo que los ciudadanos proponen para lograr la paz? El diálogo. Punto.

Pero un diálogo productivo, no uno simulado ni estéril. Quieren que su voz se convierta en acciones. Quieren participar. Sueñan con un Estado que no sea de ‘otros’, que se encuentre al servicio de los mexicanos, para entre todos lograr solucionar las mismas vergüenzas que estamos obligados a arrastrar como nación: La desigualdad, la violencia, la corrupción y el machismo.

Y los ponemos en ese orden porque así es como se vive, así es como se cuenta. Esos son los problemas de México. Y la violencia se ve como el resultado de la incapacidad de casi todos por poder solucionar nuestros problemas, ante la falta de oportunidades de un sistema social capturado por un gobierno corrupto y gandalla.

Pero los ciudadanos no creen que la solución fundamental sea la cárcel para los corruptos, la persecución armada del crimen organizado, la desmilitarización del territorio nacional ni aún la legalización de las drogas o la amnistía.

La gente piensa que la única manera de avanzar, es sentarnos a dialogar. Que deje de haber ‘buenos’ y ‘malos’, que podamos comprender la forma en que actúa el otro, aunque no nos convenga, y que este a su vez escuche la forma en que sus acciones nos afectan y, en ese ejercicio, comprendernos, y llegar a un acuerdo.

“Ojalá existieran más espacios como este para que, por ejemplo, el empresario pudiera entenderse con el maestro que cierra carreteras”, dijo una voz ejemplar al respecto.

“Si más gente visitara las cárceles, se darían cuenta que más de la mitad de los que están ahí son también víctimas”, intervino alguien más, con mayor profundidad.

“Yo quisiera que nos pudiéramos sentar con los narcos y ponerlos de acuerdo para que acabe la matadera y no vivir con miedo. No es tan difícil”, consideró una mujer que ha habitado toda su vida en Tierra Caliente.

El diálogo es primero

El diseño de las mesas de diálogo incluía una consulta abierta sobre si la ciudadanía aprobaría l política de amnistía a criminales y la legalización de las drogas. La respuesta fue clara:

“Primero hablamos, y luego vemos qué hacemos; de nada sirve que otro venga a imponer la solución”.

En el parecer de los michoacanos, no son las ‘grandes ideas’ de los políticos las que nos sacarán del estado de guerra en que vivimos, sino las medidas que surjan del acuerdo entre personas y grupos específicos, según la realidad de cada lugar, de cada territorio.

¿Pactar con los narcos? Sí. Es una posibilidad abierta para la voluntad ciudadana, que considera que narcotráfico y crimen organizado son cosas muy diferentes.

“El narcotráfico es un negocio que siempre existió y siempre existirá”, sintentizó con gran precisión la voz de un michoacano.

Y esto en realidad no suena tan descabellado si tomamos en cuenta la revelación que hace unos días hizo el arzobispo de Chilpancingo, que al dialogar con capos locales del narcotráfico le aclararon que este no es el país que quieren para sus hijos, y que están dispuestos a buscar la forma y poner su parte para que la violencia termine.

En cuanto a los objetivos, un éxito

El Foro Escucha para la paz en Morelia tuvo mil deficiencias, imprevisiones, desatinos, pifias, torpezas e incluso algún escándalo. Sin embargo, funcionó. Pese a quien le pese.

Y no hay que malentender. Esto se trata de nuestra gente. No se trata de Morena, ni de Andrés Manuel López Obrador, o ni siquiera de si estos Foros no son más que simulación y una forma de legitimar al nuevo régimen.

Lo que importa, y lo que no es simulación, es este fenómeno (del diálogo) en plena ebullición. El hecho de que “toda esa gente que eligió a AMLO” no son la turba furibunda y enardecida con los pecados de los “políticos tradicionales” que los más mediáticos líderes de opinión describían.

Resulta que no. Resulta que son ciudadanos de toda clase, de diversa proveniencia, condición y clase social, pero todos esperanzados (se ve en sus palabras, en sus rostros) de que esta su hora, de que haya llegado un gobierno que abra el Estado y vuelva a incluir a todos, en el que su opinión sea escuchada y las decisiones no las tome un iluminado mandamás desde su encierro en Los Pinos.

Si ese es el ánimo de México, de los mexicanos, entonces será más bien decisión de Andrés Manuel y sus allegados si quieren ser parte de este proceso, que los supera, pues a decir de las enseñanzas que estos Foros Escucha van dejando, el cambio social ya inició, y este se materializa en la voz de los ciudadanos, que quieren hablar, conciliar, escuchar, pero ya no quieren más violencia. Y aquel gobernante que no lo sepa entender, morirá en el olvido.

Mientras más profundo sea ese diálogo que todos buscan, mientras más capaces sean los nuevos gobernantes de transformarlo en acciones concretas, respetando la opinión de los ciudadanos, y mientras más capacidad tenga el Estado mexicano de trascender con audacia hacia un nuevo sistema social que convierta la participación ciudadana en políticas públicas que den soluciones inmediatas a los problemas más graves que nos aquejan, más cerca estaremos de ser un país en paz.

Una paz activa. No una paz impuesta. Una paz al servicio de todos.

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