Todo apunta a que el proceso de renovación de su dirigencia nacional —que formalmente inicia este fin de semana— profundizará la crisis del Partido Acción Nacional (PAN), que lo puede llevar a convertirse en una oposición sin credibilidad, sin rumbo ni dirección en los próximos años.
En lo inmediato los panistas primero tendrán que saldar las cuentas que tienen pendientes por el proceso interno en el que Ricardo Anaya se autoimpuso como candidato presidencial y su posterior negociación con el PRD y MC para formar una coalición electoral de la que ahora (casi) todos reniegan, aceptando que su formación fue un mal cálculo cupular.
La candidatura de Anaya y el ahora maldecido Frente abrió pleitos en el PAN que aún no terminan, y no se ve cómo puedan ponerles fin, cuando el partido está convertido en una arena de todos contra todos, sin ninguna regla y sin decoro.
Lo convirtieron en el partido del engaño, la mentira y la traición. Quién lo iba a decir.
Pero además el PAN tiene otro problema, más grave aún, de fondo: carece desde hace años de liderazgos de auténtico peso político y autoridad moral para ser escuchados y conducir un proceso de reconciliación interna.
Sus propios órganos de dirección han perdido autenticidad y pluralidad y ya no son lo que fueron en el pasado: espacios para el debate, la crítica interna, la reflexión y el planteamiento de propuestas. Hoy ya los propios panistas no tienen confianza ni en su Comité Ejecutivo Nacional ni en el Consejo Nacional, controlados, maniatados por un solo grupo y sus intereses, según la coyuntura.
Esa tendencia empezó con Manuel Espino, durante el foxismo; se prolongó durante el sexenio de Felipe Calderón, quien convirtió al PAN en un remedo de partido de gobierno, y siguió y se pervirtió con Gustavo Madero y Ricardo Anaya.
Así van a seguir. No se ve fuerza ni liderazgo entre quienes han dicho que aspiran a dirigir al partido.
Les ganarán otra vez, la mentira, la soberbia y la traición. Las puñaladas por la espalda, también.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







